Era una temprana mañana de otoño fría y de fuertes lluvias torrenciales, cuando me disponía para hacer un rato de oración y como de costumbre, a ofrecer el día a Jesús de la Divina Misericordia, y a su vez a la Santísima Virgen Inmaculada. Y de hecho, “afloró en mi corazón la inquietud, llamada de lo Alto”, a fines de apostolado y proselitismo, a los jóvenes y menos jóvenes. “Vayan sin miedo a anunciar el Santo Evangelio, Cristo nos enseña el camino”. Puede que alguno piense: “No tengo ninguna preparación especial, ¿cómo puedo ir y anunciar el Santo Evangelio?”. Queridos amigos, tu miedo no se diferencia mucho del de Jeremías, cuando fue llamado por Dios para ser Profeta: “¡Ay Señor Dios mío! Mira que no sé hablar, que solo soy un niño”. También Dios les dice a ustedes lo que le dijo a Jeremías. “No les tengan miedo, que yo estoy contigo para librarte” (Jr, 6.8). Él está con nosotros. No tengan miedo cuando vamos a anunciar a Cristo.
Es él mismo el que va por delante y nos guía. Al enviar a sus discípulos en misión, ha prometido “Yo estoy con ustedes todos los días (Mt. 28.20)”. Y esto es verdad también para nosotros. Jesús no nos deja solos. Nos acompaña siempre. Además, Jesús no dijo “Anda”, sino “Vayan”, somos enviados juntos. Queridos jóvenes, sientan la compañía de toda la Iglesia, y también la comunión de los Santos, en esta misión. Cuando juntos hacemos frente a los desafíos, entonces somos fuertes, descubrimos recursos que pensábamos que no teníamos. Jesús no ha llamado a los apóstoles para que vivan aislados, los ha llamado a formar un grupo o una comunidad.
¡Amigos lectores!, meditemos y reflexionemos en el silencio de nuestro corazón el contenido del texto. Pues bien, el mundo se nos va de las manos por la “codicia y la lujuria del pecado”, “y muy particularmente de nuestra amada España”, de ello hemos de rendir cuentas, en virtud del incumplimiento: de la Parábola de los talentos (San Mateo 24, 51, 35, 30) ( y la de las vírgenes necias y prudentes Lc 12, 35, 38).
De ello sugiero el recordarles, con mi mayor estima, a mis amigos los sacerdotes que aprovechando la Santa Navidad se les hablase del Sacramento de la confesión a las parroquias y del gran peligro que cometen al recibir “la Santa Comunión sin pasar por el sacramente de la confesión”. “De alerta advertencia”, lo que nos dice en su diario, la escogida Santa María Faustina. “¡Pero qué horror! Pues el infierno está lleno de condenados en el fuego eterno”.





