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La decadencia de España en el exterior

Por Redacción
05/11/2013 - 11:09

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La frase preferida de un eurodiputado alemán es “el fracaso no se improvisa, sino que muy a menudo se gana a pulso”. Esta frase se puede aplicar y referirse perfectamente al gran desprestigio y a la creciente pérdida de credibilidad e influencia de España en la Unión Europea y en América Latina. Desde el año 2000, año de la mayoría absoluta de José María Aznar, España empezó a ser un país arrogante, que daba lecciones de crecimiento económico en los países nórdicos, en el año 2000 empezó lo que el profesor español Ignacio Molina describe en un interesante artículo de la Fundación Elcano como “ensimismamiento español”: la pérdida de prestigio e influencia de España es más fruto de una fatal arrogancia interna que de una conspiración externa: en este sentido, anécdotas como el cabreo de Schröder con Aznar porque le daba lecciones de crecimiento económico (Schröder le reprochó que España crecía gracias a los fondos alemanes y europeos) son muy indicativas de una clamorosa falta de estrategia europea de los últimos gobiernos españoles: de decision maker en el pasado España hoy es un simple decision taker, que no tiene ni ideas ni buenas prácticas para ofrecer a otros socios y que debe aceptar reformas crecientes a cambio del dinero europeo en forma de rescates que recibe. Con Aznar comienza la década perdida de autocomplacencia española en la Unión Europea hasta el punto de que hoy España se descubre sin poder ni influencia dentro de la Unión Europea ampliada y menos en América Latina, de donde venia su fuerza política.
Veamos algunos ejemplos recientes de la decadencia española: España ha perdido hace pocos meses su plaza en el Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo que tenía desde hace muchos años y, aunque pedir compensaciones a cambio (presidencia del Eurogrupo, del Mecanismo Europeo de Rescate o de alguno de los diferentes supervisores financieros europeos...) no ha obtenido ninguna compensación. España fue el único país en votar en contra de Holanda al Eurogrupo, ya que Luis de Guindos quería ocupar la presidencia en lugar de Jeroen Dijselbloem: él mismo reconoció amargamente después de que España “tocaba fondo” en su presencia en las instituciones comunes.
El European Council on Foreign Relations, en su clasificación anual de países, ha vuelto a situar a España en el último grupo de países europeos con Grecia y Rumanía, muy lejos de los tres grandes (Alemania, Francia e Italia) o de los países medios influyentes (Austria, Bélgica, Dinamarca, Polonia, Suecia, República Checa y Holanda). Y aún más hiriente y lacerante para España: países como Portugal e Irlanda, que son países hoy rescatados por la Unión Europea, ostentan hoy cargos mucho más importantes que España: presidencia de la Comisión Europea y una vicepresidencia del BCE en el caso portugués y gran influencia en la política exterior de la UE en el irlandés (controlan el Servicio Europeo de Acción Exterior).
Países como Holanda y Suecia, que tienen un número de votos muy inferior a España en el Consejo Europeo y que disponen de muchos menos eurodiputados en el Parlamento Europeo, superan claramente España en número de dossiers (reports o informes) asignados a los eurodiputados para la tramitación parlamentaria de las regulaciones que la Comisión envía al Parlamento. Según el profesor Ignacio Molina hoy las voces de estos países y la de Polonia, por ejemplo, son escuchadas con mucha más atención en Fráncfort, Bruselas, París, Londres y Berlín, y en este sentido, recomienda “mejorar la calidad de los representados españoles” que es “manifiestamente mejorable”: un ministro español de Economía, por ejemplo, debería estar más preocupado por la unión fiscal europea que de la liberalización del suelo en España. E incluso un país pequeño como Finlandia osó, ahora hará un año, pedir a España “garantías reales (inmuebles del Estado)” para avalar su parte del rescate bancario español, insinuando un posible default de la deuda pública española, que sería el número 18 de su historia.
El expresidente José María Aznar se equivocó en 2000 despreciando el eje París, Berlín y Roma, un eje mucho más resiliente de lo que él pensaba, lo mismo del otro lado del charco mostró arrogancia al eje Buenos Aires, Brasilia y Ciudad de México, y Zapatero abandonó Polonia, República Checa y Rumanía en 2004 (Polonia, la “Suecia del siglo XXI”, según Merkel, que la visita muy a menudo) a favor de su pomposa Alianza de Civilizaciones con Turquía. Del otro lado, abandono Bogotá, Lima y Santiago de Chile. José María Aznar bloqueó de manera antipática la Constitución Europea, y  José Luis Rodríguez Zapatero siempre viajó con mucha desgana a las reuniones del Consejo Europeo.
La incapacidad de pensar y articular un eje con Italia y Portugal, con quien España defiende intereses comunes en la mayoría de los dossiers, es clamorosa y España se queda muy a menudo sola, aislada y amargada, como han sido las recientes rabietas de rechazar en solitario la patente europea por motivos lingüísticos y de enrocarse en el no reconocimiento de Kosovo: una posición, por cierto, que en la Unión Europea se interpreta como una muestra de la debilidad de España.
De la misma manera, PP y PSOE culpan a la UE de los recortes de manera sistemática, cuando los Estados son los únicos responsables en materia fiscal, laboral, judicial y en tantos otros ámbitos, causa estupor en la Europa comunitaria: esta actitud todavía alimenta más la sensación de que el europeísmo de España es de cajero automático, un europeísmo que sólo durará mientras España sea receptora neta de fondos europeos y que no tiene interés en imitar e implementar las mejores prácticas europeas en los ámbitos mencionados. En la UE no se percibe que Europa conviene a España y aún menos que se defina una estrategia europea que sobreviva a los cambios de gobierno: en este sentido, la poca convicción apuesta española por el corredor mediterráneo (ahora el PP vuelve a pedir la inclusión del corredor central del Pirineo aragonés) es un síntoma clamoroso.
La autoridad de un país en Europa no se mide por los habitantes o por el PIB, sino por la capacidad de cada país de pensar y de generar propuestas atractivas para todos, es decir, de proponer buenas prácticas internas que puedan ser asumidas e imitadas en beneficio de la unión. Este no es el caso, ciertamente, de la España actual, derrumbada económicamente y diezmada moralmente.

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