El 13 de Julio de 1936 un grupo de personas llamaron a la puerta de un ciudadano que también era político, y por ende, aforado, por lo que no podía ser detenido a no ser que el congreso diera su autorización. Le comunicaron que debía salir de su casa para prestar una declaración en una comisaría cercana. Su mujer, asustada y atemorizada ante lo inusual de lo acontecido, se opuso a la detención, pero ese ciudadano, creyente y defensor del estado de derecho, al ver entre los hombres el uniforme de un Guardia Civil, no temió acerca de la supuesta ilegalidad de la detención y acompañó a los hombres fuera de su casa.
Dicho ciudadano nunca regresó, sino que fue asesinado a las afueras de Madrid, días después España se vio en vuelta en la terrible Guerra Civil cuyas funestas consecuencias son por todos conocidas.
“Para que triunfe el mal solo hace falta que los buenos no hagan nada”, refirió Edmund Burke. En un estado de derecho con leyes que regulan nuestra conducta y nos permiten vivir en Libertad hay comportamientos que no deben ser tolerados ni permitidos de raíz. El ataque a un ciudadano en su domicilio, sea quien sea, independientemente de su partido político y su ideología, es un quehacer que transgrede cualquier práctica democrática.
Vivimos en una democracia, que sin duda puede admitir mejoras, pero de ahí a permitir ataques totalitaristas por parte de aquellos que no están de acuerdo con el sistema hay un gran trecho. Este sistema únicamente puede desarrollarse y madurar desde el respeto al propio sistema. Vivimos la mayor crisis económica y política que ha existido en la España democrática y los más débiles son los que están soportando las consecuencias más graves de la misma. Ha de llamarse la atención de los que gobiernan a través de los cauces establecidos para ello -las urnas- en aras de que se acabe la panacea que para aquéllos supone el bipartidismo, pero nunca desde el terror y la atemorización de sus vidas, ya no sólo públicas sino también privadas.
La actual e intolerable situación de crisis, que se ha fraguado porque aquéllos que han estado en el poder no han sido capaces de gobernar bien el barco, permite distinguir la voluntad de los ciudadanos de otra realidad, de manera que sean los ciudadanos quienes cada cuatro años elijan a otro líder u otra forma de gobernar.
En todo momento de cambio los más radicales aprovechan para entorpecer, ensuciar y atemorizar a aquéllos que quieren y exigen un cambio desde la moderación, y el resultado ante tal contrapeso es una época de inestabilidad y terror mucho peor a la que queremos cambiar. Los Jacobinos y Robespiere son el más claro ejemplo de esta radicalización en dónde el radicalismo, lejos de la virtud y el equilibrio, lo único que aportaron fue una época de terror para la humanidad. Así se hicieron con el poder los regímenes totalitaristas del S. XX que crecieron gracias a la coacción y el miedo a los demócratas que sucumbieron ante su miedo, con un resultado nefasto para la humanidad, el odio solo fomenta odio y el terror más terror.
Esta vuelta al radicalismo en la España en la que vivimos no es de recibo. No seamos víctimas ni protagonistas de nuevo de nuestro oscuro pasado, y respetemos la democracia que tenemos que sí es mejorable, pero desde el respeto y teniendo presentes las reglas de juego.
No nos engañemos con el terror totalitarista de los que atemorizan a los que nos legislan con gritos y amenazas, porque esto, no va a producir que las injustas leyes con las que convivimos cambien. Las leyes no se promulgan con gritos en la calle, sino con autoridad en el parlamento. Si algún ciudadano de esos valientes que atemorizan con escraches a la ciudadanía desea ir a un congreso a defender su opinión ante la escucha libre de todos los ciudadanos en un ejercicio de democracia con gratitud y simpatía le escucharemos, pero nunca, bajo ningún concepto, se puede permitir que la falta de respeto a la democracia sea tan avasallante como para que algunos no respeten la autoridad depositada en el Congreso. Con piedras, gritos y amenazas no se hacen leyes en la Democracia, sino en sistemas más propios de los más oscuros momentos del S. XX. Respetemos y reivindiquemos la mejora del sistema desde el propio sistema, porque otro camino es posible. No debemos caer en viejos errores, de forma que el terror atemorice a la Democracia y denunciemos estas prácticas, porque el resultado ejemplificado por nuestro pasado no ha podido ser peor. Exijamos entre todos los ciudadanos un cambio democrático, apostemos por nuevos líderes, exijamos una democracia real, con elecciones primarias en los propios partidos, congresistas elegidos directamente, o un sistema en el que no sea el parlamento el que soporte al gobierno con el fin de garantizar la tan desmejorada división de poderes. Hemos de democratizar nuestro sistema por el bien de la ciudadanía, ya que sin estabilidad política jamás habrá estabilidad económica.
La exigencia de un cambio nunca puede ser iniciada desde el terror, porque entonces dejaría de ser Democracia para convertirse en totalitarismo.
“El pueblo no renuncia nunca a sus libertades sino bajo el engaño de una ilusión”, dijo Edmund Burke.





