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La Biblioteca Pública

Por Redacción
12/05/2013 - 08:55

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Este escrito  tiene por objeto celebrar la próxima apertura de la nueva Biblioteca Pública de Ceuta. Según el primer diccionario de la lengua Castellana o Española, compuesto por Sebastian de Cobarruvias en 1611, celebrar valía comúnmente por engrandecer alguna cosa que se ha hecho. En nuestros tiempos, una de las acepciones de esta palabra es la de alabar o aplaudir algo. Y en ambos significados quiero pronunciarme sobre un acontecimiento tan especial e importante para la ciudad, porque la nueva biblioteca supone un aporte de modernidad para impulsar activamente el nivel cultural de sus habitantes; un motor que disipe la mediocridad.
Si bien Ceuta ya contaba con archivo-bibliotecario desde mediados del siglo XIX, no fue hasta los años de la Segunda República que se inauguró la denominada “Biblioteca de los Jardines de la Alhambra”, de corta vida, pues tras la guerra civil sus fondos se trasladaron a la biblioteca del Instituto Hispano-Marroquí y no se constituyó un nuevo centro hasta 1977, con la biblioteca del Centro Cultural Municipal, en la plaza de Rafael Gibert. Luego, en 1987, se creó la actual Biblioteca Pública de Ceuta en la Avenida de África, fusionándose en ella los fondos de la Biblioteca Municipal, la del Palacio Municipal y la del Instituto entonces denominado Siete Colinas. Un único servicio para un censo de población de 82.376 habitantes en 2011. Lo que, por tener un referente, podemos compararlo con los datos del propio Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, que a grandes rasgos señala que en España, en 2010, existían 5.072 bibliotecas públicas para 45.882.116 habitantes, el 97% de la población española. Aunque en la realidad las bibliotecas se ajustan a concentraciones determinadas de la población, un promedio de estos datos nos darían en bruto la existencia de una biblioteca por cada 9.046 habitantes. Demasiada descompensación para nuestra ciudad. Y este es el primer dato que vamos a resaltar: que el desequilibrio territorial ha tardado muchos años en compensarse.
El viejo Estado centralizado no era un estado ni perfecto ni equilibrado, sino que estaba plagado de graves desequilibrios territoriales, y no solo para Ceuta, lo que, al descentralizarse, obligó a diseñar unos criterios viables y rigurosos para redistribuir los servicios proporcionalmente al número de habitantes. Este principio llevó a aplicar con severidad la metodología de traspaso de los servicios del Estado a las Comunidades Autónomas, valorándose proporcionalmente por el coste de los mismos. Si bien el montante de lo que el Estado redistribuía no siempre era suficiente, la metodología garantizaba un reparto equitativo. Es cierto que donde el número de población era pequeño, ese coste podía ser exiguo y, a veces, hasta ridículo, pero existía la garantía de un reparto equitativo entre todos los territorios, cualquiera que fuese el momento en que se llevase a cabo el proceso de descentralización.

El Estatuto de Autonomía
A partir de 1995, una vez aprobado el Estatuto de Autonomía, se puso en marcha el proceso de traspaso de los servicios estatales para Ceuta. Ya se había realizado el desarrollo autonómico en sus dos grandes fases para el resto del territorio español y solo quedaban entonces Ceuta y Melilla. Mucho del desequilibrio existente era imposible de compensar si no era a través del capítulo de inversiones nuevas, que en la metodología de traspasos, entonces, aún no se había transferido a las Comunidades Autónomas. Ahí residía el meollo de la negociación: garantizar para el futuro que se corrigieran los desequilibrios. Y en cada materia este punto de equilibrio habrá tenido su propia historia y sus específicos resultados, pero esta cuestión no es materia de este artículo.
Respecto a las bibliotecas públicas del Estado, a principios de los ochenta, existía un mapa muy incompleto y desequilibrado. La cultura no estaba entre las predilecciones del régimen franquista y, al igual que pasó en Ceuta, fue a partir de la democracia que hubo de abordarse la tarea de equipar servicios que contribuyeran al desarrollo cultural de toda la población. Como la materia cultura figura constitucionalmente entre las que comparten el Estado y los entes autonómicos, la Administración estatal diseñó el proyecto de encomendar la gestión de las pocas bibliotecas públicas existentes a las Comunidades Autónomas donde radicasen, complementando el correspondiente convenio con un acuerdo de traspasos donde se valoraba el coste del mantenimiento y la inversión de reposición para dichas bibliotecas. Y a medida que se fue creando la actual red de bibliotecas estatales se actuó de la misma manera.
El momento de proyectar la biblioteca de Ceuta se ha demorado en el tiempo. No solo por el retraso que ya tenía desde su origen el proceso de descentralización aplicado a la ciudad, sino por las propias vicisitudes de la ejecución de los presupuestos estatales, que no contemplaron hasta hace unos años la inversión en esta Biblioteca Pública. Así, el retraso, paradójicamente, ha traído cosas buenas y ha prescindido de otros elementos de equilibrio que antes existían. De lo primero, hablaremos a continuación; de lo segundo, se constata que no habrá acuerdo de traspaso para financiar el coste de mantenimiento del edificio cuya gestión se encomienda a la Ciudad. Pero la época de desarrollo autonómico dio paso a otra etapa en la que las reglas del sistema de financiación variaron. Ahora es la propia institución autonómica ceutí la que recibe sin finalidad su participación en los ingresos estatales y, por tanto, es ella la que habrá de decidir qué parte de sus ingresos destinará a la Biblioteca y de donde lo reducirá.
Pero, volviendo a la celebración, resulta que el centro edificado, aunque tardío, es un magnifico y moderno establecimiento, con una gran capacidad para prestar los servicios y dotado de todos los adelantos necesarios para gestionar una biblioteca del siglo XXI. Seguramente el mejor edificio público de la ciudad, si dejamos a un lado el nuevo hospital. Se yergue, representativo, en el centro de la ciudad, sobre el yacimiento arqueológico en la zona de Huerta de Rufino, al que envuelve y protege, integrándolo en una simbiosis interactiva de la que mutuamente se benefician. Resalta de esta forma el carácter emblemático que tiene el organismo.
Cuatro mil años de historia han consolidado el papel fundamental que las bibliotecas cumplen para la civilización. Las primeras nacieron en los templos de las ciudades mesopotámicas, con una función sagrada y de conservación, que aún no han perdido. Aunque ya no solo se trata de preservar, o de proveer a un público de eruditos y estudiosos, sino de difundir y extender el conocimiento, de facilitar el tránsito cultural entre generaciones, de dinamizar el saber y estimular el talento de todos aquellos ciudadanos que quieran acceder al entendimiento. Es un servicio público que deberíamos considerar esencial. Sin ese motor, la sociedad se empobrece, carente de un catalizador que active el nivel cultural de la población. Ganar el futuro requiere de esa pieza primordial.
Son muchos los elementos en los que se podría hacer hincapié para destacar la importancia de una buena biblioteca. Todos sabríamos aportar algún detalle significativo, una muestra de su validez, alguna experiencia reveladora de su necesaria existencia. Por mi parte elijo un caso ejemplar: en Florencia, la ciudad que dio origen al movimiento renacentista, surgió un modelo de ciudad que superó el oscurantismo de la Edad Media. Este nuevo tipo no se concebía sin la existencia de una gran biblioteca, porque el renacimiento consistía en una oleada de investigación artística, literaria y científica. En este contexto, a finales del siglo XIII comenzó la construcción de su catedral – el Duomo-, destinado a ser el templo católico mayor del mundo. Hasta la segunda mitad del siglo XV no se remató su cúpula, para cuya construcción, por su tamaño, existían muchos problemas técnicos. Aunque en Roma aún permanecía erguido un templo de la antigüedad cuya cúpula había resuelto el problema para su construcción y tenía tamañas dimensiones – el Panteón de Roma -, pero se habían olvidado los conocimientos técnicos que la hicieron posible. La conservación de ancianos documentos sobre los secretos de ese templo propició a Brunelleschi basarse en esa construcción y ganar el concurso que se había convocado para resolver el problema. Su innovadora contribución fue la invención de máquinas elevadoras especiales y de grúas para izar las grandes piedras. La revisión y estudio de la antigüedad clásica había surgido como una fuerza impetuosa que desde Florencia fue transformando a la Europa Occidental. Este movimiento junto con la invención de la imprenta cambiaron la idea de biblioteca. Me gusta recordar que Florencia, que había llegado a tener en la primera mitad del siglo XIV una población estimada de 80.000 habitantes, en los tiempos que rememoramos, asolada por la epidemia de peste negra de 1348, apenas alcanzaba los 60.000. Una ciudad algo menor que Ceuta.
Da que pensar. Existen motores en la vida de las sociedades que proyectan impulsos desde el pasado hacia un futuro mejor. Son dinámicas cuyas causas resultan complejas, pero que tienen como referente común la existencia de catalizadores significativos que reclaman la participación cuantitativa de un grupo humano que se activa y da un salto cualitativo en aras de un conocimiento siempre superior. Las bibliotecas públicas siempre están en el trasfondo de estos avances de la humanidad.
Volviendo a nuestra futura Biblioteca, constatada la magnificencia de su continente y lo valioso de su contenido, resulta muy probable que el centro se convierta en el núcleo esencial de una dinámica cultural que vaya más allá de su servicio de lectura. Exposiciones, conferencias, debates, investigaciones, participación activa… Cualquier iniciativa puede encontrar allí su caja de resonancia y una plataforma eficaz. Para ello cuenta no solo con los medios necesarios, sino con un equipo de gestores de experiencia técnica reconocida, dirigidos por José Antonio Alarcón, quién además de esos requisitos posee el entusiasmo preciso para hacer realidad un proyecto de esta envergadura. Celebremos, pues, lo que está por llegar.

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