Nos hallamos en la mayor crisis económica y social que ha existido nunca en los últimos cincuenta años. Sin embargo, como ejemplo de democracia el Gobierno quiere promulgar una Ley de Transparencia. Parece que nuestras instituciones guardan tanto oscurantismo que hace falta una Ley para regularizar aquello que por lógica y por razón debiera de ser innato y natural. Cierto es que los ciudadanos merecemos y exigimos que se nos diga a dónde va nuestro dinero, su uso y su fin, pero no como una exigencia normativa, sino como una obligación de ser.
Aquel que usa el dinero ajeno (y público) está obligado a dar cuenta de él. Son los ciudadanos los soberanos de este sistema que entre todos, con nuestro trabajo y sacrificio, a través de nuestros impuestos sostenemos. Por ello me pregunto: ¿acaso es una Ley necesaria para regularizar un principio que en Democracia debiera ser fundamental? Toda institución que se nutra o utilice fondos públicos debería detallar de manera pública y transparente su fin, de manera que todos los ciudadanos tuvieran acceso a dichos datos.
Por la propia naturaleza del sistema que se levanta gracias a nuestros impuestos, debiéramos de conocer el origen y destino de los mismos, pero no como un favor que nos ofrece el poder legislativo, sino como una exigencia que al ser hombres de bien debieran hacer por razón de sí.
Con asombro encuentro que el Parlamento esté preparando una Ley de Transparencia cuando, por esencia, en una Democracia la transparencia debiera ser un dogma y no un sustantivo que como tantos otros queda en papel mojado. Será por hipocresía con la ciudadanía que esta Ley necesita de un largo articulado para ser promulgada, o quizá ello se deba a la falta de democratización política de nuestro sistema. En esta dirección no sería extraño encontrar una Ley de Democratización o Ley de Justicia para ser más demócratas o más Justos.
La Transparencia es la esencia de una Democracia, por lo que si no hay Transparencia no habrá Democracia. El debate parlamentario no debiera centrarse en la supuesta transparencia que de por sí debiéramos de ya tener los ciudadanos hacía mucho tiempo, sino en garantizar que el sistema que tenemos sea realmente demócrata. Una Democracia en la que los tres poderes del estado están controlados por el mismo ente de poder nunca debiera ser llamada Democracia, y esto hoy es una triste realidad. Un Estado dónde el Gobierno controla al legislativo y el legislativo controla el Poder Judicial se carece en definitiva de Justicia y por ende de Libertad, puesto que el sometimiento de la Ley queda sumido a los colores e intereses políticos.
Una Ley de Transparencia que no tendría que ser necesaria por ser la misma de por sí una condición sine qua non en toda Democracia, genera serias dudas sobre si lo que nos hace falta es un sistema político alternativo al que actualmente llamamos o conocemos como Democracia. La actual crisis económica sólo se solucionará con una profunda reforma que ponga fin a nuestra crisis política, y esta no se terminará con una Ley de Transparencia, sino con una profunda reforma estructural de nuestro sistema, en el que los tres poderes del estado moderno dibujados por Montesquieu sean realmente independientes y transparentes entre sí con el fin de su correcto interactuar, puesto que, “sin transparencia, no hay democracia y sin democracia no hay Libertad”.





