Empieza a ser abundante la información sobre ciudadanos españoles que se van a Siria a luchar por Alá. Desde que Al Qaeda aterrizó en la guerra y empezó a dominar el territorio, la valiente oposición siria al dictador se fue desdibujando a favor de los guerreros de Alá. Para desgracia de todos, pero sobre todo de ellos mismos, los sirios están ahora entre la espada de Al Assad y la pared del totalitarismo islamista.
Y el goteo de personas que, viviendo en Occidente, se sienten seducidas por la guerra santa no para. Hace poco, por ejemplo, se supo de la muerte de unos canadienses. El King’s College de Londres ha hecho público un informe que habla de una horquilla de hasta 600 musulmanes europeos que se han apuntado a la yihad en Siria, pero el número puede ser mayor. Y sólo en España se conocen varios casos, aunque la Policía cree que es la punta del iceberg.
Desde la muerte en Siria de los ceutíes Mustafa Mohamed, de 24 años, e Ismael Piti, de 30, han sido muchos los casos conocidos, entre otros el de un taxista padre de familia y el de un joven de 16 años que acaba de huir hacia Siria y cuyo padre estuvo implicado en la operación Duna de Garzón, en el marco de la lucha antiterrorista. El delegado del Gobierno en Ceuta, Francisco González, reconoce no tener una idea “ni siquiera aproximada” del número de musulmanes que han sido captados, lo cual no es tan extraño porque Ceuta y Melilla le han dado la vuelta a la historia y, después de siglos, la identidad musulmana ya es la mayoritaria. La última noticia sobre estos yihadistas sitúa el escenario en Barcelona, desde donde partió el comerciante marroquí Abu Adam el Magrebí para luchar y arengar por la yihad. Se le puede ver en algunos vídeos de internet explicando la bondad de dar su vida por Alá. Finalmente la ha dado.
Con todo, el grueso de combatientes que parten hacia Siria viene de países musulmanes, especialmente Somalia, Pakistán y Afganistán, y ya son el auténtico ejército de la oposición al régimen. Al otro lado, Al Assad cuenta con el ejército de Hezbollah y la ayuda iraní, lo que refuerza la impresión de que esto de Siria es un desastre colosal, difícilmente analizable y aún más difícil de tomar partido. Los cristianos de Siria y los colectivos feministas, por ejemplo, como pasaba con los coptos de Egipto, prefieren al dictador que a estos “libertadores”. Y visto el invierno en que se ha convertido la primavera árabe, ¿quién puede culparlos? De manera que están entre la realidad de un infierno y la promesa de un paraíso que es infernal, lo cual nos recuerda que estos países han pasado de los sueños soviéticos al delirio islamista sin intermedio democrático. ¿Cómo acabará? Probablemente con un país dividido y en guerra de trincheras durante años, inestabilizando aún más la zona. Quien piense que el conflicto sirio está en fase final no ha entendido nada. Justo está empezando.
Artículo publicado en ‘La Varguardia’ el pasado viernes 12 de abril





