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Confiados mirlos que ven el cielo

Por Ana Isabel Espinosa
09/02/2013 - 09:48

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Hay cosas que se nos escapan, aunque no queramos, recuerdos suculentos en nuestra memoria, que se pierden en el tiempo, para luego, reverdecer  y mostrarse en plenitud solo un instante. Yo en ocasiones veo muertos, veo muertos andando por las calles, tomando cafés y viendo la televisión a mi lado. No son muertos de cerrar los ojos y de morirse, son muertos de mortandad huérfana de ilusiones, de chonismo en zapatillas y mente.              
A los quince era más fácil vivir, mas fácil renegar cuando tus amigas tenían novio antes que tú o incluso a los veinte, cuando las primeras se casaban y tú aún estudiabas y cambiabas de amor como de sostén, porque te crecía el alma, porque nunca, hasta parir, le acompañaron los pechos.                                                                                                         Las amigas van ligadas a una página concreta de calendario, van ligadas a los consejos de la señorita Pepis que nos metían en la radio, que no escuchábamos con vocación obtusa, porque jugábamos en la arena de la playa y “simplemente María” no era un folletín en el que lloraban nuestra madres, sino una petardada que no entendíamos.   
Hay una generación que se está quedando en la calle con cincuenta tacos, una generación que no tiene adónde virar porque el barco está sin remos, sin gasolina para el motor y con el fondo de madera haciendo aguas.                                                                       
Esas niñas que vestían el uniforme azul, con zapatos gorilas, que iban a escuchar misa y clases de religión, para no hacer matemáticas o ciencias naturales, que cosían agujereándose los dedos y que dieron besos de papel a los poster colgados de la pared , de  regalo dentro del vientre novedoso de una revista de pop, ahora son señoreadas matronas que se reúnen y toman un café y le echan ovarios a la vida.                               
El estado social no importa, tampoco las cuentas bancarias, ni la situación laboral, solo importa que siguen vivas, porque la mortandad de almas se recoge en casa y se deja viendo la televisión o en mitad del pasillo, aguardando su regreso, penitenciando por los rincones, haciendo crecer el polvo estático y repartiendo penas y debilidades, entre la lavadora y la almohada.                                                                                                                 
Hay cosas que se nos escapan aunque no queramos, trabajos que se van en fuga, contratos que se acaban, hijas en la universidad y cuerpos esbeltos que se desmadejaron en los ochenta, perdiendo elasticidad y acumulando paciencia.                                                    
Mis amigas de páginas de calendario, de fotos de fin de curso, de consejos revenidos de la señorita Pepis andan sin trabajo, matronas aprobadas por la vida, madres de hijas espabiladas, hijas de madres ya difuntas, que sembraron en ellas prejuicios de épocas pasadas y ansias de volar hasta sin alas.                                                                                   
Se pierden en el tiempo los crujidos de los nuevos uniformes de las carmelitas, lo rasposo de su tacto contra la suave piel de niñas que se hacían mocitas, que despuntaban pezones e ideas, de vellosidades hirsutas de besos prohibidos y caricias, que, al ser pecado, eran aún más deseadas y temidas.                                                                                
Se muestran ahora, pasados los años, en plenitud de esplendor, sorbedoras de cafés en el “don pan” de la Avenida, al módico precio de unas risas con hijos fugados, maridos dejados o vueltos  a recoger, ante la pantalla de un televisor o en la puerta de al lado. Matronas polvorientas que nos usaron y usamos, que el tiempo enlustró nuestros lomos y abrió nuestras páginas, para que nos leyeran, tomos perdidos en alguna biblioteca que nos usó y olvidó devolvernos, etiquetadas por años, días y meses, por nombres y apellidos y aún así combativas con la vida que nos tocó vivir, presumidas de nuestro pasado y deseosas de nuestro futuro, con manos en llamas para pedir por nuestros hijos, madres a la fuga de prohibiciones.                                                                                          
En ocasiones veo muertos, mirlos lejanos que confían en una matrona, desvaída caminante a la que cercan a menos de un metro, mirlos soñados, mirlos eternos.

                                                                                                                  

 

 

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