El 11 de Septiembre de 1973, el comandante en jefe del ejército chileno, el general Augusto Pinochet, llevó a cabo con el respaldo del gobierno estadounidense de Nixon y el apoyo de la derecha chilena, un golpe de estado militar que acabó con la democracia del país e instauró una cruel dictadura basada en el terror y la represión.
Nada más finalizar el golpe, miles de personas fueron asesinadas de inmediato; otras fueron conducidas a estadios de fútbol para ser torturadas antes de aplicarles la pena capital, como en el caso del cantautor Víctor Jara; otras fueron encarceladas por sus ideas políticas y otras muchas desaparecieron.
Se privatizaron las empresas que habían sido nacionalizadas por Allende, se destruyó la clase media aumentando así las diferencias entre pobres y ricos, se acabó con las reformas agrarias asesinando a muchos de los dirigentes que las llevaban a cabo y se inició un modelo económico neoliberal a gusto de Estados Unidos.
Gracias a documentos desclasificados, es sabido por todo el mundo que el golpe no se diseñó en un cuartel de Santiago, sino en el Despacho Oval de la Casa Blanca y que los principales ideólogos del plan fueron Richard Nixon y su entonces Secretario de Estado Henry Kissinger. Ninguno de ellos, al igual que Pinochet, pagó jamás por este crimen contra la humanidad. Muy lejos de esto, Nixon fue enterrado con honores de estado y Kissinger, que sigue vivo, es hoy por hoy un respetado conferenciante que hasta tiene en su haber un premio Nobel de la paz. Tampoco hay minutos de silencio ni homenajes mundiales a Allende, ni a Víctor Jara ni a ninguna de las víctimas que la brutalidad norteamericana ha dejado durante tantos años en América Latina.
Por otro lado, hablando del 11 de Septiembre de 2001, yo lo asocio sobre todo al acto que le dio la excusa perfecta a EEUU para llevar a cabo cientos de “onceeses” basados en mentiras sobre dictadores, armas, cobijos a Al Qaeda y ejes del mal que según los expertos han costado la vida a más de un millón de personas. Bush, Blair y Aznar, el famoso trío de las Azores, decidieron invadir Irak argumentando que poseía armas de destrucción masiva.
Más tarde, tras cientos de miles de vidas perdidas no sólo se supo que no había armas de destrucción masiva sino que se supo que siempre se había sabido que no había armas de destrucción masiva. Bush, Blair y Aznar, al igual que Nixon, Pinochet y Kissinger tampoco han pagado nunca por sus crímenes.
Y es que parece que si llevas detrás la bandera de las barras y las estrellas te está permitido realizar cualquier masacre. Bueno, no lo parece, es obvio.





