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Medio Ambiente, medio

Por Redacción
12/06/2011 - 08:52

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Es domingo. Ayer me propuse no madrugar, dejar que el sol fuera el que me despertara.
Pero no. Imposible. En el silencio de las calles dormidas, y todavía oscuras, el griterío insoportable de las gaviotas, dichosas gaviotas, convierten en imposible mi relajado plan. Las peleas por conseguir plaza de anidamiento sobre cualquier azotea de cualquier edificio, junto con la estridente proclamación de titularidad de las que ya lo han conseguido, hacen de nuestro entorno inmediato un escenario ruidoso, extravagante y equivocado, por cuanto reúne una colonia de aves que no tiene nada que ver con un escenario urbano, y nada que envidiar a las que ocupan los acantilados del Hacho o del Recinto.
Medio ambiente, medio. Y más que medio, mediocre.
Pero no el medio ambiente, mediocre su gestión.
Son varios los temas que, relativos a este área, me vienen a la cabeza; temas que, por una pésima gestión de su responsable, o responsables, en los últimos años, nos vemos ¿abocados a padecer?. Parece que sí. En este, como en tantos otros, sí.
Podríamos hablar del monopolio del Vertedero de Inertes de Piniers, de su razón de ser, de cómo se fraguó y de las consecuencias económicas para el sector afectado; del particular Vertedero de Aceite de Freidoras que el chiringuito de la explanada de la feria (próximo a las pistas de padel) tiene en la cuneta de enfrente; de los miles de gatos callejeros que pululan por toda la ciudad  –sin que parezca que ello importe absolutamente nada a los que, por el contrario, con tanto celo impiden la propagación de la rabia en la cabaña perruna-; del abandono que sufren los montes de Ceuta y que han conseguido que en pocos lustros los zarzales hayan colonizado la mayor parte de ellos, tragándose todos los caminos y acabando –por dominantes- con muchas otras especies de plantas; de los depósitos de chatarra/desguace de vehículos que, manifiestamente ilegales y contraviniendo todas las legislaciones medioambientales, existen en Ceuta; de la cantidad de chatarra y escombros que se arrojan en muchos puntos de sus montes (cosa que tiene algo que ver con el citado Vertedero de Inertes, y de sus tasas);  de la total inacción que la Consejería de Medio Ambiente demuestra para con los pescadores marroquíes que faenan en nuestras aguas en tiempos de parada y con artes prohibidas; de la inexistencia de Ordenanza de Telecomunicaciones en esta ciudad, lo que la convierte en una “viña sin vallar” para el único operador que se atreve a venir aquí , Telefónica, quien coloca torres, antenas y cuantos elementos tiene prohibido en otras Comunidades que han sabido preservar a sus ciudades de una inadecuada o perniciosa acción comercial/ingenieril de estas compañías;  o de tantos otros temas que parecen invisibles a ojos de los que gestionan el, menos que medio, ambiente de Ceuta.  
Pero hoy vamos a hablar de gaviotas y palomas.
Cualquier simple aficionado a la ecología, como yo, sabe que circunstancias excepcionales tienen su directo reflejo en la modificación del censo y comportamiento de la especie animal afectada. Esto ha venido ocurriendo durante muchos lustros con la existencia del vertedero abierto de basuras de Santa Catalina.
La abundancia de localizada comida fácil disparó la población de gaviotas. Esto ocurre en todos los vertederos abiertos, sí, pero el problema es que nuestra ciudad se ubica en estrecha inmediatez tanto con el clausurado muladar como con el litoral que le debería servir de hábitat natural. En Ceuta todo es “especificidad”.
Una vez clausurado el vertedero nos encontramos con dos problemas generados por el hombre: una población de gaviotas muy superior a la que, naturalmente, debería existir; y la supresión de la fuente de alimentación que venía sustentándola.
Los resultados: la pavanas han colonizado todos los edificios, grúas, farolas, peruétanos, y cualquier elemento elevado en el que puedan sentar sus reales, y han modificado su comportamiento hasta el punto de convertirse en depredadoras de otras aves     –fundamentalmente palomas-, perder el temor al hombre llegando a distraerle cualquier alimento que se deje en una ventana a descongelar, o hacerle la competencia a rebuscadores sobre contenedores desbordados de basuras.
(Y, ¡como éramos pocos …! el Ayuntamiento encarga la confección de no sé cuantas réplicas de estas gaviotas y las coloca estratégicamente diseminadas por el pueblo, como señuelos propagandísticos de un político efecto llamada que maldita la falta que hace. Muy oportuno. Sí señor.)
Constatado aquello por todos los ciudadanos de a pié, y, puede que incluso, por el político responsable, parece que lo procedente sea disponerse a controlar esta población anormalmente elevada. Y este control, a saber, solo puede producirse de dos formas: reduciendo su índice de natalidad y/o disminuyendo su población actual.
O sea, en román paladino -lenguaje que el político no acostumbra a usar-: destruir sus nidos (puesto que no creo que a ningún lumbreras se le ocurra la idea de esterilizarlas) y/o matar a las que sobren del número que se estime proporcionado y sostenible.
Esto, señores responsables políticos, es su misión, les guste o no. Ustedes –teóricamente-cobran, y no poco, por gestionar el dinero del pueblo en beneficio del pueblo. Y sin que ello suponga afección perniciosa del medio, que no lo es.
A esto se le llama gestionar las poblaciones animales que un determinado territorio es capaz de soportar.
¿No han oído ustedes hablar de los planes cinegéticos? Estos son planes que las Consejerías de Medio Ambiente de las Comunidades Autonómicas obligan a redactar, y cumplir, a los gestores de cotos de caza, y que ellas mismas están obligadas a llevar a cabo en los que están bajo su gestión directa, como los parques Nacionales. En estos se determina, técnicamente, el número de reses que un área, en función de la alimentación de que dispone, puede mantener. El resto, todos los años, hay que eliminarlas. Y eso es así si se quiere que esa área sea sostenible y biológicamente sana. Nos guste o no.
Bueno, pues, salvando las distancias, es lo mismo. Y en el caso de las gaviotas hay que introducir otra variante: la de las molestias o perjuicios causados a la población humana en su propio territorio, esto es, la ciudad.
Pero parece que la toma de postura en este sentido les resulta incómoda ¿no?. ¿Matar gaviotas? ¿Destruir sus nidos? Quita, quita. Mejor mirar para arriba y silbar.
Total, si el respetable (público) ya está bastante atribulado con todo lo que le está cayendo, ¿qué más da que a ello se le sume la versión ceutí de “Los pájaros” de Hitchcock?.
Que soporten sus gritos, bombardeo continuado de metralla blanquecina, amagos de ataque e invasiones puntuales ¿Qué más nos da?. Total, una más.
¿Y las palomas? ¿Qué me dicen de las palomas?. Sé que este es un problema que afecta a todas las ciudades ricas occidentales que, con análoga cortedad de capacidad de sus responsables de atajar este desequilibrio propiciado por el hombre, miran para arriba y silban, igualmente, y su solución es cubrir monumentos, estatuas, e incluso edificios, de redes para impedir que sobre ellos posen, aniden y defequen las palomitas. ¡Qué esperpéntico disparate!. Dios nos asista.
No señores políticos responsables. No.
Se trata de controlar las poblaciones animales que el hombre, con un comportamiento inadecuado, ha desequilibrado, al objeto de que ello no afecte a los ciudadanos, y no afecte igualmente a su patrimonio monumental y arquitectónico.
Caso análogo se estaba produciendo con la población de jabalíes, a la que la Consejería responsable no supo/quiso regular durante todo el tiempo transcurrido desde la construcción de la valla en el perímetro fronterizo, y que por ello se estaba desmadrando fuera de límites de seguridad, salubridad, e incluso posibilidades de pervivencia de la propia especie. Ante esa dejación de funciones, fue el furtivismo el que, fuera de ley, reguló de alguna manera el crecimiento demográfico de esta especie. Ahora, con el traspaso de competencias de gestión a la Sociedad de Cazadores de Ceuta se ha quitado una responsabilidad que no ha querido o sabido asumir todo este tiempo, con la seguridad de que la nueva gestora sí que lo hará.
No cojan el rábano por las hojas. Asuman su responsabilidad y actúen eficaz y coherentemente. Esto es: con respeto al medio ambiente, al ciudadano, a su patrimonio, y a su economía.

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