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Denominación de origen sin ombliguismo

Por Redacción
29/10/2010 - 13:27
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Aquellos que conocen la sensación de vivir a muchos kilómetros de distancia de  su ciudad saben mucho de la desazón de la lejanía, de la dureza de la ausencia del escenario donde nos criamos bajo el amor a una tierra que nos vio nacer y crecer. Volver siempre supone el reencuentro de aquel que partió pero que su mente quedó varada al umbral de su vida. Emigrar es la consecuencia de la búsqueda de una vida mejor para el crecimiento familiar, significando en muchas ocasiones la renuncia a nuestra tierra de origen por alcanzar un porvenir que se hace imposible en nuestro entorno.
Somos muchos aquellos que hemos visto deshacerse la silueta del Monte Hacho en el horizonte con los ojos llenos de lágrimas por no saber cuando sería la vuelta, aquellos que partimos en nuestra infancia y supimos pronto el amargo sabor de no disfrutar de tu cercanía, aquellos que una visita a nuestra ciudad era casi una peregrinación a la tierra prometida, muchos que tuvimos que separarnos de los nuestros para prosperar…Pero  seguramente nos valió la pena y la recompensa a ese tren de nostalgia y melancolía que tuvimos que tomar nos hizo más fuerte, enseñándonos a apreciar en su justa medida valores y actitudes humanas de distinto calado.
Saber crecerse ante la adversidad y sobreponerse a la transcendencia de elegir un camino alejado de nuestros límites geográficos, da como resultado una visión más objetiva de nuestra realidad, forjada por distintas experiencias vitales que nos indica en muchas ocasiones las formas pueriles de muchos de los nuestros que comieron de la sopa boba de la comodidad y los favores.
Podríamos diferenciar dos posturas, por un lado el amor localista, provinciano y sin medida (nunca desprovisto de un falso chovinismo, un alto grado de demagogia y aderezado con la cobarde simulación de lo políticamente correcto) y por otro lado la clarividencia para analizar la realidad de una tierra apartándose de falsos sentimentalismos. Curiosa dicotomía, inapreciable para aquel que no tuvo que marcharse apartándose de sus orígenes y, por otra parte, significativa, notoria y evidente para aquel que lo ve desde un prisma mucho más universal y no acotado por dos bahías y una frontera que cercan tantas veces la razón y el entendimiento.
Es ridículo quedarse en silencio o ser palmero de actitudes artificiales, intolerantes y asumidas por sujetos que no tuvieron más valor que el descrédito de la conveniencia, pudiendo ser muy estimado en un contexto reducido, pero obligados a pagar el peaje de la caducidad de sus palabras siempre orientadas a un fin.
El emigrante toma distancia y no pierde tiempo en banalidades, razón de la existencia para tantos que hacen de sus vidas un cajón de miserias, dimes y diretes, pululando y acusando sólo a quien le marquen para poder mantenerse (escarnio que puede volverse en su contra, siendo el protagonista de una decadencia ganada a pulso).
Los ceutíes obligados a vendimiar por un sueldo o por hacer crecer su empresa en tierra extraña no puede más que detestar al reducto de indeseables moradores de su pueblo, que se meriendan sueldos millonarios a “caraperro” sólo aportando incompetencia y servidumbre al amo que los mantiene.
La distancia nunca puede ser el olvido y sí una manera única de amar, apreciando los matices y la belleza de un enclave distinto, pero alejándose de los golpes de pecho de personajes que pronuncian tu nombre en busca de una recompensa.
La exigencia de dar una imagen les convierte en marionetas humanas, mostrando una sonrisa ingrata y burlesca a los que tuvieron que buscar cobijo y futuro más allá de la bocana del puerto.
Abrirse al mundo y descubrir nuevas formas de vivir una misma realidad nos enriquece y no nos condena a un equilátero cerrado lleno de gallitos con envenenados espolones marcados y fácilmente persuasibles e influenciables.

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