La falta de civismo puede tener un coste de 800.000 euros para las arcas de la Ciudad, que son las arcas de todos los ceutíes. Ésa es la cantidad de dinero del presupuesto local que será necesario invertir en la adquisición de contenedores de apertura automática para sustituir a los actuales, que se abren de manera manual.
Se trata de acabar de este modo con el problema que está generando la presencia de las numerosas gaviotas que han acabado por trasladarse al casco urbano para alimentarse con los restos de comida que encuentran en los contenedores de basura.
Si quisiéramos evitar la autocrítica, lo fácil sería responsabilizar de este problema a las aves: si las gaviotas no revolvieran en la basura en busca de alimento, no sería necesario gastar 800.000 euros en nuevos contenedores. Sin embargo, si somos justos con nosotros mismos (y con las gaviotas), tendremos que reconocer que no parece sensato ni es un ejemplo de sentido común exigir a estos animales que se comporte con el civismo que nosotros, seres racionales, no somos capaces de poner en práctica. Y menos aún cuando sólo se nos pide que arrojemos las basuras dentro de los horarios establecidos.
La consecuencia de esta carencia de conciencia cívica en una parte importante de nuestros vecinos (y quizá también de nosotros mismos) nos va a resultar muy cara a todos. De hecho, ya la estamos pagando. Nos cuesta dinero cada vez que hay que reparar algún elemento del mobiliario urbano que aparece destrozado, cuando hay que reponer las plantas que desaparecen misteriosamente de los jardines, cuando arrojamos comida a la calle y favorecemos la presencia de animales que acaban convirtiéndose en auténticas plagas, cuando no utilizamos las papeleras y es necesario reforzar el servicio de limpieza para adecentar zonas que no debería de estar sucias.
Es tanto lo que nos cuesta la falta de civismo que para golpear nuestras conciencia bastaría con que la Administración local ofreciera el dato de cuánto suman las distintas partidas económicas con las que suple esa falta de educación ciudadana. Tal vez así, señalando al bolsillo, consigamos algún día que todos seamos conscientes de que los recursos públicos no son infinitos y que la falta de civismo obliga a ‘malgastarlos’ es inversiones que se podrían evitar si demostráramos algo más de sentido común.





