La cantaora onubense ofrece un soberbio recital que reivindica la razón de ser una cultura, la del flamenco, tan hermosa como poco apoyada.
Que si la revolución de las tecnologías. Que si la revolución de la moda, de las costumbres, de la cultura. Que si la revolución de las masas. Es el siglo XXI, la era de la prisa, del despropósito, de los valores incendiados. La era de las redes sociales. Y en medio de esta vorágine surge una cantaora onubense, joven, esbelta, sentida, que toma la bandera de una causa que parecía perdida en las nuevas generaciones: mantener la esencia del folclore popular, de la música de siempre andaluza, de una cultura seglar y de los hombres que fueron.
Sucedió anoche, en el Teatro Auditorio, como sucede cada vez que Argentina sale a escena: ahí, sobre un escenario que es, en realidad, el alero del que pende la vida o la muerte, defiende un género, sí, pero, sobre todo, lucha por una cultura que hoy está en fase de muerte incluso en su propia cuna, esa Andalucía incapaz, ¡ay!, de mantener parte fundamental de la razón de su ser.
Así, viajando por peteneras, por serranas, por soleás, por fandangos de Huelva, recordando a grandes del género, la cantaora fue erigiendo un espectáculo sobrio y soberbio; hermoso y emocionante. Un recital que honra la memoria colectiva de un pueblo y, de paso, desnuda la miseria que habita en el mismo: qué cosas tiene la revolución de la esencia.







