Lo sucedido en Francia en estos tres últimos días marcará un antes y un después de esa necesidad que tienen los países occidentales de darse cuenta, de una vez por todas, que hay fanáticos que buscan por encima de todo destruir los pilares que Occidente se ha dado a sí misma desde hace siglos.
El respeto a la libertad individual, la libertad de expresión o los derechos humanos son conquistas de muchas generaciones que no pueden ser puestas ahora en solfa por los extremistas, se llamen como se llamen. Pero en esa lucha legal contra el terror y el fanatismo los ciudadanos también tienen un papel muy importante por jugar y es el papel de la calma, de la serenidad, de no alimentar con rumores o falsas noticias las redes sociales, en una época donde los medios de comunicación se han globalizado y todos, pero todos, nos convertidos en transmisores de la realidad más inmediata. Alimentar esos rumores, propalar los bulos es, en definitiva, hacer el juego a los fanáticos, a los extremistas, se llamen como se llamen. Los ciudadanos de Occidente debemos estar convencidos de las ideas y de los valores que defendemos y que ese proyecto de convivencia que nos hemos dado tendrá defectos, pero los solventamos por la vía del diálogo, nunca por la vía de ir dejando un reguero de cadáveres por donde pasamos.





