Ayer tarde se vivió en el Palacio Real el fin de un reinado de treinta y nueve años. Don Juan Carlos I refrendó su última ley, precisamente, la de su abdicación.
El fin de una etapa, pero la etapa más fructífera de nuestro país en toda nuestra historia, porque nunca habíamos vivido tanto tiempo disfrutando de un régimen democrático. Pero aunque el principal logro del reinado de Juan Carlos I fue la instauración de un régimen democrático en menos de dos años de su subida al trono, no solamente nos podemos quedar con ese punto. En estos cuarenta años España ha dejado su tradicional aislamiento exterior y es uno de los socios más importantes dentro de la Unión Europea. Igualmente, desde el punto de vista de crecimiento económico hemos estado en cabeza de Europa durante las décadas de los ochenta y los noventa.
Su Majestad el Rey fue el inspirador de esa transición democrática, cuando el monarca tenía todavía un poder ejecutivo importante. A partir de la aprobación de la Constitución, pasó a convertirse en la clave de bóveda del Estado, en el árbitro entre las instituciones tal y como establece la Constitución. Se ganó el trono y el respeto y la simpatía de todos los españoles en la noche del 23-F, cuando vestido como capitán general compareció ante todos los españoles y desmontó el intento de golpe de Estado.
Los españoles, a lo largo de estas cuatro décadas, se han definido siempre más como juancarlistas que como monárquicos. Un reconocimiento a la persona que en su primer discurso manifestó que pretendía ser el rey de todos y cada uno de los españoles y lo cumplió a la perfección.
Ayer fue su último día de reinado. Hoy será su hijo quien le sucederá como Rey y como jefe del Estado, además de cómo jefe supremo de las Fuerzas Armadas. Entendemos que hoy es un día para decir: ¡Gracias, Majestad!





