Pasada la una de la tarde, los trabajadores del cementerio enterraban al joven subsahariano cuyo cadáver fue encontrado en el entorno del Desnarigado el pasado miércoles. Lo hacían en soledad, con la única presencia de los operarios de la Funeraria Curado y el sacerdote encargado de implorar por su alma y darle una despedida cuando menos digna. Algo que no tuvo en su muerte, perdiendo su futuro y sus sueños en el mar, el mismo lugar que atrapa ya a cientos de sin papeles que han perecido en su escapada de África.
Su cuerpo reposa ya en uno de los nichos de Santa Catalina, junto al de otros sin papeles a los que nunca se pudo identificar y que han terminado en una Ceuta convertida en trampolín entre el mundo que los inmigrantes buscan dejar atrás y el que quieren conseguir.
La falta de documentos ha imposibilitado el recuperar la identidad que para siempre perdió en esta travesía. Cuando la Guardia Civil sacó su cuerpo del agua sólo pudo recuperar el flotador que, de manera artesanal, se había fabricado. Aquello no fue el salvavidas prometido, y terminó acompañándolo, como si de una broma macabra se tratara, en su paso a la muerte.
Desde ayer Santa Catalina acoge a otro inmigrante más que viene a engordar el sin sentido de fallecimientos que, siempre de forma violenta, viene a marcar la sangría de jóvenes que, a su manera, está sufriendo África. Mañana llegarán otros, pasado serán deportados más, pero siempre intentarán llegar al otro lado porque, sencillamente, lo que dejan atrás debe ser digno de olvido. Mientras haya miserias se repetirá esta historia. Aunque sea sin nombres.






