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“Perdonadme, por favor, pero no voy a volver”

Por Silvia Vivancos
03/04/2013 - 10:58
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Le llaman el cacereño, porque nació hace 16 años en la provincia extremeña mientras sus padres habían decidido ir allí a trabajar y a ahorrar dinero. De una familia modesta que vive a los pies de Príncipe Alfonso y cuarto de sus cinco hijos, Nordin centra ahora los pensamientos de unos padres desesperados desde que el pasado lunes les llamó por teléfono pidiéndoles perdón e informándoles de que estaba en Turquía y se iba a Siria a luchar por la yihad. Ahmed y Turía dicen que no va a volver. “Quizá porque se están mentalizando y se ponen en la peor”, dice Fatima Zhora, la segunda de sus hijas que mantiene la calma pero tampoco encuentra explicación a la marcha de su hermano. “Cuando nos llamó por teléfono estaba tranquilo, sereno, parecía un hombre mayor”, explica su padre. “Me dijo que lo perdonáramos varias veces, que estaba en Turquía y se iba a Siria y que ya no iba a volver”.
El sábado pasado no durmió en casa. Era la primera vez que hacía algo así desde que Ahmed y Turía lo trajeron al mundo el próximo mes de julio hará 17 años. “Comimos todos juntos, como de costumbre, en la mesa de la cocina y él se duchó y se fue a ver a su abuela”, explica su madre reprimiendo el llanto. “Tortilla, ensalada y pimientos...como llovía dijo que dejaba aquí la moto... y no le volvimos a ver”. Su padre trata de hablar sin que se le quiebre la voz y cuando se les escapan las lágrimas, se va del salón y regresa más calmado. “Le dimos unos guisantes para que llevara a su abuela y salimos a dar un paseo, luego volvió a casa más tarde y estaba su hermana pero dijo que se marchaba, algo normal, era sábado, iba a dar una vuelta con los amigos...”. Pero cuando el domingo por la mañana su madre llamó en la puerta de la habitación de Nordin y no contestó, al abrirla se encontró la cama aún hecha. Alarmada, fue a buscar a su marido y corrieron al hospital por si le había ocurrido algo, a comisaría... “Pero nada... en comisaría nos fijaron que esperáramos, que quizá estuviera con alguna novia, pero ni siquiera tenía, o eso creemos...”. Sienten que ya no saben nada. Su mundo se ha derrumbado. “Aquí están las mantas, hemos intentado dormir en el salón, no podemos comer... Dios Mío, le hemos perdido”.
Ahmed pone la mano sobre la rodilla de la mujer y le pide que se calme. Esa noche denunciaron y el lunes por la tarde recibieron su llamada. “Contesté yo el teléfono. Le pregunté dónde estaba y cuando me dijo que en Turquía le dije que qué hacía ahí, que viniera a casa y me dijo que no”. Entonces habló con su padre. “Le pedí que volviera a casa, me pidió perdón y dijo que ya no iba a volver y que iba a luchar por el camino de Alá”. Ahmed no se lo podía creer. También les dijo que se había ido con un chico de Marruecos de 21 años. “Pero ni siquiera le conocemos. A veces se iba a pasar la tarde a Castillejos, pero como cualquier otro chico, a comprar ropa o a comer un bocadillo y nunca llegaba a casa más tarde de la una, nunca habló del conflicto de Siria... si es un niño”. Dicen que ni siquiera veía la tele ni nunca comentó nada de esa guerra en la que no pueden imaginarse que esté inmerso. “Es un chico tranquilo, que nunca se metió en problemas, se podía razonar con él, era obediente, siempre sonreía y muy pacífico”. Se preguntan si ya habrá pasado a Siria, qué va a hacer en una guerra y piden que por favor cese ya un conflicto al que cada vez son más los musulmanes que se suman.
Desde el pasado lunes los padres de Nordin no se separan del teléfono. Bien sea para obtener noticias de las fuerzas de seguridad a las que les comunicaron todo pero sobre todo para escucharle. Pero ¿y si la llamada que reciben es la que no quieren de alguien que les anuncie que su hijo ha muerto? Responden que lo han perdido. Que no va a volver. Y prefieren vivir en ese supuesto sumidos en la tristeza y buscando porqués. Tan solo encuentran uno: la Operación Duna, donde se acusaba de terroristas a varios vecinos del Príncipe que pasaron dos años y medio en la cárcel y donde posteriormente quedaron el libertad al no poder probarse nada. Ahmed, el padre de Nordin, fue uno de ellos.
Operación Duna
“Aún me pregunto cómo terminé ahí, en la cárcel... y ahora que tratábamos de salir adelante olvidándonos de todo sucede esto”. Los padres de Nordin se conocieron con doce años en la barriada de Príncipe Alfonso, de donde eran sus padres y se casaron cuatro años después.
Tuvieron a sus tres primeros hijos y decidieron irse fuera a trabajar como agricultores, en Cáceres. “Allí ahorramos dinero para tener nuestra casa y regresamos al barrio”. Ahmed trabajaba entonces como ferrallista y en el momento de su detención arreglaba la mezquita de Darkawia. “De repente, una noche, a las cuatro de la mañana, entraron en nuestra casa con pistolas y linternas, nos sacaron de la cama y me llevaron”. Pero aquella escena, donde su hija pequeña tenía un año y Nordin diez, les quedó marcada para siempre. “Al niño le pusieron una pistola en la cabeza y nuestra hija mayor, que gritaba que a dónde se llevaban a su padre, se volvió loca”. Es un tema muy duro para ellos. Ahmed se derrumba. “La adoraba y ella a mí y de pronto comenzaba a actuar raro y la fuimos perdiendo, ahora está en la península en un centro especializado y solo queremos que regrese, al igual que Nordin”. Cuando se probó la inocencia de Ahmed, las cosas habían cambiado mucho en su casa. “Los niños habían ido abandonando sus estudios y la mayor sacaba en todo sobresalientes... Nordin también”. Fatima Zhora, que está junto a sus padres, explica que “te señalaban como la hija de un terrorista, no queríamos ni ir al instituto y todo el mundo hablaba de tí incluso al subir al autobús”. Pero sobre todo a Nordin le afectó lo de su hermana mayor a la que estaba muy unido y le dolía mucho ver a sus padres sufrir por eso.
“Cuando regresé después de estar preso prohibí en mi casa hablar de esas cosas porque era algo que nos hacía mucho daño”, reconoce Ahmed. Trataron de comenzar de nuevo y lo estaban consiguiendo. Sus dos hijos varones le ayudaban con el negocio de material de construcción. El mayor se acaba de casar. Pero con el semblante serio, sigue sin creerse que su hermano se haya ido a Siria. Al recordar a los otros ceutíes fallecidos en Siria y la celebración por parte de algunos círculos de haber “cumplido la misión”, todos dicen que “eso no es motivo de celebración sino una verdadera desgracia”.
Son musulmanes y practicantes, pero en su casa nunca se habló de radicalismo, terrorismo o yihadismo. “Aquí, lo que hay realmente es porrismo, en una barriada que cada vez está peor y donde los jóvenes se matan a tiros entre ellos. Esto nunca ha existido y les lavarán la cabeza, pero Nordin ni fumaba, ni bebía, practicaba como cualquier otro musulmán pero nunca podríamos pensar en esto”, reconoce Turía. Él decía que se quería casar algún día y habían comprado una habitación nueva que él arreglaba “porque era muy curioso y muy manitas e incluso la pintó y decoró”. Cuando abren su puerta sus hermanos y sus padres se vienen abajo. “Así la dejó, tal cual, no se ha llevado nada, tan sólo una tablet. El vaquero con el que se fue y una cazadora y un bolso con la documentación, que siempre llevaba consigo. Dejó las llaves de casa, de la moto y ya está”. Piden que regrese. Y maldicen una situación en la que no se vive la fe de manera sana y a la que tratan de buscar explicaciones de como uno de sus hijos decidió irse a hacer la yihad. “Hacemos nuestras oraciones, nuestro Ramadán y tratamos con respeto a los demás”, explica su hija, que ha sido educada de la misma manera que él. “Discutíamos de cachondeo sobre quién se quedaría la casa, siempre estábamos peleándonos y riéndonos”. Nunca tuvo un mal comportamiento. Su madre recuerda una vez que fue al Instituto Clara Campoamor, donde abandonó los estudios, a hablar con su tutora y le dijo que “su comportamiento era bueno pero era como un mueble en la clase”.
Ahora se lo imagina como una “hormiguita en medio de una guerra que si finalizara, nos haría infinitamente felices porque regresaría”. No saben ni cómo se fue, ni cómo lo planeó, ni por qué en su cabeza se le metió esa idea, pero sí que puede derivarse de la Operación Duna. Una operación “que ha traído estas consecuencias”, lamentan admitir.

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La madre muestra las llaves que dejó sobre la mesa. Las de casa y las de su moto.
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