Cuando se habla de Ceuta en las últimas semanas, muchas conversaciones giran en torno a las fronteras, la inmigración o la tensión que vive la ciudad. Sin embargo, mientras la actualidad ocupa los titulares, hay personas que continúan haciendo posible algo tan sencillo (y tan importante) como que la vida siga adelante.
Carmen, Tamara, Chaima y Anisa son cuatro de las más de 200 auxiliares de Clece, empresa que gestiona el servicio de ayuda a domicilio del IMSERSO y del que dependen más de 550 personas. Mientras la ciudad se adapta a una situación excepcional, ellas siguen recorriendo sus barrios para garantizar la atención de sus vecinas y vecinos. En sus historias también se refleja la diversidad que siempre ha caracterizado al servicio de ayuda a domicilio: proceden de distintos entornos, culturas y creencias, pero comparten una misma misión: cuidar.
Hablamos de personas
Carmen Obispo lleva 14 años trabajando como auxiliar de ayuda a domicilio. Habla de su trabajo con la serenidad de quien ha dedicado media vida a cuidar de los demás. Atiende a usuarios con movilidad reducida y sabe que, con el tiempo, la relación va mucho más allá de un servicio. "Después de cuatro años que llevo con algunas personas, siento que soy como una más de la familia", cuenta. Lo que más le gusta de su trabajo es acompañar. "Muchas personas necesitan que hable con ellas y valoran ese tiempo incluso más que cualquier otra atención. Algunas están solas y mi visita es la única compañía que reciben durante el día. Siento que estoy haciendo un bien".
Natural de Ceuta, asegura que siempre ha convivido con vecinos y compañeros musulmanes sin ningún problema. "Siempre ha existido respeto, pero lo que vivimos ahora no lo habíamos visto nunca". Admite que ahora realiza algunos trayectos con miedo y también observa cómo la inquietud se ha instalado entre muchas de las personas mayores a las que atiende. "Una de mis usuarias no sale a la calle. Yo la aseo y me quedo acompañándola en casa". Y, aun así, no contempla dejar de acudir a los domicilios. "Mi trabajo es un servicio esencial y no puedo dejar de prestarlo. Lo hice durante la pandemia y sigo haciéndolo ahora".

La experiencia de Carmen la comparte Tamara Hernández. Ceutí, casada y madre de dos hijos, asegura que siempre ha convivido con personas de distintas culturas y religiones. Sus usuarios musulmanes, dice, la tratan "como si fuera su nieta". Sin embargo, durante las últimas semanas algo ha cambiado. Trabaja hasta las diez de la noche y acude andando a algunos domicilios situados en la periferia. Lo hace con nerviosismo, aunque no le ha llegado a pasar nada, “hay muchos migrantes por la calle, algunos te llaman o te piden ayuda porque nos confunden con enfermeras, pero tengo que ir porque hay una persona depende de mí". A última hora del día atiende a una mujer de más de 80 años. "Si yo no voy, ¿quién le da la cena y la medicación?". Durante las primeras semanas dejó de salir a pasear con uno de sus usuarios, pero ahora han recuperado esos ratitos porque, como ella misma dice, "hay que volver un poco a la vida normal".

Llegó a esta profesión después de formarse como auxiliar de enfermería y en ayuda a domicilio, donde descubrió su verdadera vocación. "Entro en sus vidas, en sus hogares y les ayudo en esta etapa de sus vidas, y eso es lo más gratificante".
La misma preocupación aparece también en el relato de Chaima Mohamed. Aunque pertenece a una generación más joven, comparte con sus compañeras la sensación de estar viviendo una situación inédita. Como muchas familias ceutíes, la suya tiene raíces a ambos lados del Estrecho. Sus abuelos llegaron desde Marruecos buscando un futuro mejor para sus hijos y ella ha crecido en una ciudad que siempre ha vivido la diversidad como algo natural. "Aquí hay hebreos, musulmanes, católicos, hindúes, matrimonios mixtos... Lo vemos en el colegio, en el instituto, en los trabajos y nunca habíamos visto lo de ahora".
Un rayito de sol
A sus 26 años, Chaima ha encontrado en esta profesión una auténtica vocación. Lleva un año en Clece y, cuando habla de las personas a las que atiende, lo hace con una mezcla de ternura y responsabilidad. "Viven situaciones muy difíciles, tienen mala calidad de vida o están solos. Somos un rayito de sol en su día a día, la única persona a la que ven en muchas ocasiones". Por eso está convencida de que este trabajo exige algo más que formación: "Tienes vocación o búscate otro empleo".
Por eso sigue adelante a pesar del estrés de este último mes. Acostumbrada a recorrer barrios como El Príncipe, admite que ahora siente inquietud en algunas calles. "A veces se acercan, te miran o te dicen algo y te sientes acorralada, aunque hay de todo. También entre ellos hay quien te defiende o te mira con respeto. La realidad es bastante compleja porque hay casos y casos". Este nerviosismo ha terminado influyendo incluso en su forma de trabajar. "Estoy siempre en alerta, aunque haré todo lo posible para que a las personas usuarias no les pase nada y perciban esta situación lo menos posible ".
Por último, la historia de Anisa Clavache aporta una mirada más sobre lo que significa cuidar cuando más se necesita.

Anisa trabaja como auxiliar de ayuda a domicilio desde 2016. Antes desempeñó puestos de asistencia en hospitales, pero encontró en la atención domiciliaria una profesión que la transformó. "Este trabajo te hace ver la vida desde otra perspectiva, con empatía". Ceutí de varias generaciones, hija de padre cristiano y madre musulmana, ha crecido en una ciudad donde la convivencia es “lo normal”. Por eso no puede evitar emocionarse cuando habla de los miles de migrantes: "nunca imaginé que Ceuta pudiera llegar a verse así. No paseamos, andamos entre una multitud".
Recuerda las primeras semanas como uno de los momentos más difíciles de su vida. "Salía de casa llorando porque no sabía cómo afrontar lo que estaba ocurriendo ni cómo proteger a nuestros hijos y mayores". Durante los primeros días, su marido la acompañaba hasta el coche para ir a trabajar, e incluso las propias auxiliares se organizaron para ayudarse entre ellas. "Nos protegemos unas a otras". Lo que más le duele es la sensación de pérdida de normalidad. "No quiero que mi ciudad se deteriore y ahora está todo sucio, ellos malviven en las playas, en los jardines…". A veces siente ansiedad al desplazarse a zonas donde antes nunca tuvo problemas, pero hay algo que no ha cambiado: "A pesar de todo, no he dejado de trabajar. No lo hice durante la pandemia y no lo voy a hacer ahora".
Carmen habla de compañía. Tamara, de responsabilidad. Chaima, de vocación. Anisa, de empatía. Cuatro historias distintas que coinciden en una misma idea: seguir estando cuando más falta hace.







El servicio deja mucho que desear.
Estas muchachas tienen el cielo ganado pero que pena que no se las atienda a ellas como se atiende a nuestras personas mayores
Estas fotografías deben de ser antiguas y de funcionar bien ls organización lo dejamos para otro día.Ahora se llama Adente