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¿Hasta cuándo vamos a fingir que esto es normal?

Por Diego Manuel Fernández de la Torre
09/08/2026 - 16:45
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El Faro

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Hay imágenes que indignan.

Y luego están esas otras que, además de indignar, duelen porque uno empieza a preguntarse en qué momento hemos decidido acostumbrarnos a lo que jamás debería parecernos normal.

Ver una playa de Ceuta convertida progresivamente en un asentamiento improvisado, con chozas, refugios y estructuras levantadas para permanecer allí, pertenece sin duda a esa segunda categoría.

Y, al parecer, debemos contemplarlo con absoluta naturalidad.

No protestemos demasiado. No levantemos demasiado la voz. No preguntemos qué está haciendo la Administración. No vaya a ser que exigir simplemente que se cumpla la ley se haya convertido también en algo políticamente incorrecto.

Soy linense. Piojoso, como decimos con orgullo quienes hemos nacido en La Línea de la Concepción. Pero llevo veintidós años viviendo en Ceuta. Veintidós años trabajando aquí, paseando por sus calles, disfrutando sus playas, sufriendo sus problemas y defendiendo esta ciudad como defendería mi propia tierra.

Después de tanto tiempo uno termina siendo una extraña mezcla difícil de explicar.

Medio Piojoso  medio Caballa y completamente incapaz de mirar hacia otro lado cuando siente que una tierra a la que quiere está siendo abandonada por quienes tienen la obligación de protegerla y gestionarla.

Porque aquí conviene llamar a las cosas por su nombre. Una playa pública no puede convertirse en un asentamiento permanente. No importa quién lo construya. No importa de dónde proceda. No importa cuál sea su nacionalidad.

Si mañana cien españoles decidieran levantar quince, veinte o cincuenta chabolas en una playa de Málaga, Cádiz, Valencia o Barcelona, ¿alguien cree seriamente que las autoridades permitirían que aquello se consolidara? Imaginen por un momento a un grupo de ciudadanos montando un poblado improvisado en plena playa. Maderas, plásticos, colchones, refugios, estructuras y permanencia indefinida.

¿Cuánto tardaríamos en ver Policía, técnicos municipales, servicios de limpieza y una orden de desalojo? Probablemente muy poco.

Pero ocurre en Ceuta y parece que debemos desarrollar una repentina vocación antropológica y observar tranquilamente cómo evoluciona el asentamiento. Hoy quince chozas. Mañana veinte. Pasado treinta. Quizá dentro de unas semanas podamos organizar visitas guiadas.

Perdonen el sarcasmo.

Pero cuando las instituciones convierten lo absurdo en cotidiano, la ironía termina siendo una de las pocas formas que quedan para denunciarlo. Y no. Esto no va contra las personas que se encuentran allí.

Quienes lleguen a Ceuta merecen un trato digno, humano y ajustado a derecho. Siempre y cuando lo hagan de forma legal, como en cualquier otro lugar del mundo

Quienes tengan derecho a protección deben recibirla. Quienes deban ser atendidos por los servicios correspondientes deben ser atendidos. Quienes tengan que seguir un procedimiento administrativo deben hacerlo con todas las garantías. Eso se llama Estado de Derecho. Pero el Estado de Derecho también significa otra cosa que algunos parecen olvidar últimamente:

Las normas se cumplen.

Y los espacios públicos se protegen. La solidaridad no puede consistir en dejar a centenares de personas viviendo indefinidamente en una playa. Eso no es solidaridad. Es abandono.

No gestionar el problema no lo convierte en humanitario. Simplemente lo convierte en un problema más grande. Y mientras tanto, los ciudadanos asistimos a ese extraño espectáculo tan habitual en Ceuta en el que todos parecen esperar a que otro haga algo.

La Ciudad mira al Estado. El Estado mira a la Ciudad. Algún responsable mira a Madrid. Madrid posiblemente mira un mapa para recordar dónde está Ceuta. Y mientras todos miran, las chozas siguen allí.

Extraordinaria estrategia administrativa. Sólo tiene un pequeño inconveniente:

El problema continúa creciendo.

Por eso creo que ha llegado el momento de pedir públicamente la intervención de las administraciones competentes y, cuando corresponda legalmente, de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Con proporcionalidad. Con respeto. Con garantías. Pero también con determinación. Que se identifique a las personas. Que se estudie cada situación administrativa. Que se derive a quien corresponda a los recursos habilitados. Que se tramite lo que legalmente proceda. Y que se desmantele el asentamiento. Sin dramas, sin discursos grandilocuentes, sin convertir el cumplimiento de la ley en una batalla ideológica.

Exactamente igual que se haría ante cualquier otro asentamiento ilegal en cualquier otra ciudad de España.

Porque ésa es la pregunta que realmente deberíamos hacernos:

¿Por qué Ceuta debe soportar aquello que no aceptaríamos en ningún otro lugar? ¿Tenemos menos derechos? ¿Nuestras playas son menos públicas? ¿Nuestros vecinos merecen menos seguridad? ¿La legislación tiene una cláusula invisible que dice que en Ceuta puede aplicarse con un poquito menos de entusiasmo? Porque si existe, quizá sería conveniente que alguien nos la enseñara.

Hasta donde yo sé, Ceuta sigue siendo España.

Aunque algunas veces la gestión de determinadas situaciones consiga hacernos dudarlo. Y ahí reside buena parte del dolor. Los ceutíes estamos acostumbrados a vivir en una ciudad singular. Frontera europea. Frontera española. Puerta entre continentes.

Una ciudad que diariamente soporta presiones que desde determinados despachos de la Península apenas se comprenden.

Precisamente por eso Ceuta necesitaría más Estado. No menos. Más presencia institucional. Más planificación. Más capacidad de reacción. Más medios. Y, sobre todo, menos costumbre de dejar que los problemas se pudran hasta que resolverlos resulta diez veces más difícil.

Porque conocemos perfectamente el procedimiento. Primero algo es provisional. Después se tolera. Luego nos acostumbramos. Más tarde se consolida. Y finalmente aparece algún responsable explicando con enorme solemnidad que la situación es ya demasiado compleja para solucionarla fácilmente.

Magnífico.

Quizá podríamos probar algún día el revolucionario método de actuar antes.

No pido persecuciones. No pido violencia. No pido humillar a nadie. No pido nada extraordinario.

Pido que el Estado ejerza de Estado. Que proteja sus fronteras. Que gestione a quienes llegan. Que garantice sus derechos. Que haga cumplir sus obligaciones. Que preserve los espacios públicos. Y que no permita que una situación excepcional termine convirtiéndose por pura dejación en permanente.

Porque defender Ceuta no consiste en enfrentarse a quienes llegan. Defender Ceuta consiste también en exigir responsabilidades a quienes gobiernan.

Y yo, después de veintidós años aquí, siento esta ciudad suficientemente mía como para hacerlo.

Soy de La Línea. Y quienes somos de allí sabemos bastante bien lo que significa querer una tierra a la que demasiadas veces otros miran desde lejos mientras quienes vivimos en ella afrontamos los problemas de cerca.

Quizá por eso Ceuta terminó calándome tan profundamente.

Hay lugares que uno elige. Y después hay lugares que terminan eligiéndolo a uno.

Ceuta ya es uno de los míos. Por eso me duele verla así. Por eso me indigna el silencio. Y por eso me niego a aceptar que la resignación sea la única respuesta que nos queda.

No quiero una Ceuta acostumbrada a lo inaceptable.

No quiero una ciudad donde cualquier problema termine normalizándose simplemente porque nadie se atreve a resolverlo.

Y tampoco quiero que dentro de unos meses alguien pregunte cómo hemos llegado hasta aquí.

Las fotografías ya nos están dando la respuesta. Hemos llegado hasta aquí mirando hacia otro lado.

Ya va siendo hora de mirar de frente y actuar.

Un Piojoso que, después de 22 años en Ceuta, ya tiene también mucho de Caballa.

Diego Manuel Fernández de la Torre

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Comments 1

  1. Micht comentó:
    hace 35 minutos

    Un abrazo muy fuerte a la gente de Línea. Estuve viviendo allí desde los 21 a los 48. Y muy bien..

    Responder

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