Para qué sirven hoy las obras de los clásicos antiguos? A esta pregunta que, quizás, nos hayamos hecho algunos lectores, nos responde Mary Beard de manera clara y detallada: Para interpretar las raíces de problemas personales, familiares y políticos actuales que, en cierta medida, también entonces se cometieron y se denunciaron. “No creo –afirma ella- que hoy pudiera reflexionar sobre los conflictos de género de la manera en la que lo hago si no me hubieran alentado a pensar detenidamente acerca de la figura de Medea en la obra de Eurípides, que asesinó a sus propios hijos para vengarse de su fiel y despreciable marido”.
La profesora Bear muestra por qué los textos clásicos griegos y latinos deben seguir siendo leídos en la actualidad, partiendo del supuesto de que la vida, el arte y la literatura de la antigua Grecia y Roma no son santuarios intocables ni clubes reservados a una minoría ilustrada. Tampoco son colecciones de estatuas inmaculadas destinadas a la veneración, sino que, aunque sean territorios incómodos, nos hacen propuestas fascinantes que nos obligan a cuestionar nuestras certezas actuales, a enfrentarnos a la violencia y a las contradicciones del mundo antiguo, y a mirar críticamente nuestro presente.
En Clásicos sin filtros Mary Beard desmonta los tópicos sobre la Antigüedad, evita el fetichismo lingüístico del pasado y nos invita a contemplarla sin excesos de solemnidad ni de nostalgia. Recorre las conexiones de Grecia y Roma, y nos invita a preguntarnos sobre los revolucionarios y dictadores de nuestro tiempo, los debates sobre democracia y la cultura pop, desde Bob Dylan a Beyoncé. Los clásicos –afirma rotundamente- no son reliquias muertas, sino legados que siguen moldeando nuestra imaginación política y cultural.
Reconoce cómo Mussolini fue uno de aquellos dictadores que miraron el pasado clásico para crear sus imágenes a semejanza de los gobernantes de la antigua Roma. Y también parte del supuesto de que, en nuestro entorno global en el que se elude la verdad, se dan informaciones inexactas, teorías conspirativas, noticias falsas y mentiras descaradas que exigen el desarrollo de destrezas para leer e interpretar textos que exigen esfuerzo y disciplina.
Ella está convencida de que una de las tareas de la educación en Humanidades es estimular y acompañar en el proceso de enfrentamiento con la complejidad de los textos y de la vida. Aunque acepta que no es posible leer los textos de los autores antiguos con la misma fluidez que lo hacemos con los de nuestra propia lengua, y que algunos pasajes son casi intraducibles”, reconoce que sus palabras pueden enriquecernos si insistimos en hurgarlas.






