El blocao constituyó la construcción militar más característica de las campañas españolas en Marruecos entre 1909 y 1927. Su finalidad consistía en asegurar el terreno conquistado, proteger las líneas de comunicación y servir como punto permanente de vigilancia y defensa frente a los continuos ataques de las cabilas rifeñas. Durante la Guerra de Melilla de 1909 comenzó a emplearse de forma sistemática, convirtiéndose posteriormente en uno de los elementos más representativos de la Guerra del Rif y en un símbolo de la presencia permanente del Ejército español en el Protectorado.
Aunque el concepto de puesto fortificado aislado era conocido desde la Antigüedad y había sido utilizado en numerosas campañas militares, el blocao empleado por el Ejército español encontraba su antecedente más inmediato en los blockhouses utilizados por británicos y bóeres durante la Guerra de los Bóeres (1899-1902). Aquellas pequeñas fortificaciones permitían controlar amplios espacios con reducidas guarniciones y proteger las líneas férreas frente a la guerra de guerrillas. El éxito del sistema llamó la atención de numerosos ejércitos europeos, que adaptaron este tipo de posiciones a sus campañas coloniales. España hizo lo propio, aunque introduciendo importantes modificaciones para adecuarlas a las particulares condiciones geográficas y tácticas del Rif.
El relieve montañoso, la escasez de caminos, las dificultades logísticas y la capacidad de las fuerzas rifeñas para desplazarse con rapidez obligaban a mantener una presencia permanente sobre el terreno. Las columnas de operaciones podían conquistar una posición, pero si no quedaba inmediatamente ocupada por una guarnición estable, el enemigo recuperaba el control del territorio en muy poco tiempo. De ahí que el blocao pasara a convertirse en el elemento esencial de la estrategia española de ocupación progresiva.

Tras el desastre del Barranco del Lobo, el alto mando comprendió que no bastaba con realizar operaciones ofensivas periódicas, sino que era imprescindible consolidar cada avance mediante una cadena continua de posiciones fortificadas capaces de garantizar el dominio permanente del terreno. A partir de entonces, cada nueva ocupación iba acompañada de la construcción de varios blocaos enlazados entre sí, formando auténticas líneas defensivas que protegían tanto las tropas como las comunicaciones con la retaguardia.
El blocao cumplía múltiples funciones tácticas. Vigilaba amplias zonas del terreno, protegía caminos, convoyes y líneas telegráficas, garantizaba el abastecimiento de otras posiciones, impedía la infiltración de las guerrillas rifeñas y proporcionaba apoyo a las columnas de operaciones. Su sola presencia obligaba al enemigo a modificar sus itinerarios y dificultaba considerablemente sus movimientos. Además, representaba el ejercicio efectivo de la autoridad española sobre el territorio ocupado, convirtiéndose en un punto permanente de referencia para las operaciones militares.
Habitualmente varios blocaos permanecían enlazados visualmente entre sí, permitiendo la observación mutua y el intercambio de señales mediante banderas, heliógrafos o, cuando existían, líneas telefónicas. Este apoyo mutuo resultaba fundamental, ya que ninguna posición debía quedar completamente aislada. La experiencia demostró que un blocao solo tenía auténtica eficacia cuando formaba parte de un sistema defensivo organizado.
La elección del emplazamiento constituía una de las fases más importantes de su construcción. Los oficiales del Arma de Ingenieros estudiaban cuidadosamente las cimas, lomas y espolones montañosos que ofrecían mejores condiciones defensivas. Los principales criterios eran el dominio visual sobre valles y caminos, la amplitud del campo de tiro, la posibilidad de establecer enlaces con otras posiciones, la existencia de agua cuando ello era posible y la facilidad para recibir abastecimientos desde la retaguardia. Un error en la elección del emplazamiento podía convertir una fortificación aparentemente sólida en una posición extremadamente vulnerable.
Durante la campaña de 1909 los primeros blocaos fueron obras relativamente sencillas, levantadas con rapidez por las propias tropas, muchas veces bajo la protección de una columna de combate. Era frecuente que infantes, zapadores e ingenieros trabajasen simultáneamente mientras otras unidades aseguraban el perímetro frente a posibles ataques rifeños. En numerosas ocasiones la construcción debía realizarse en pocas horas para evitar que el enemigo recuperase la posición recién conquistada.
Los materiales empleados eran, por regla general, los disponibles en el propio terreno: piedra local, mampostería en seco, sacos terreros, troncos, vigas de madera, chapas metálicas onduladas, tierra compactada y abundante alambre de espino para la defensa perimetral. Cuando la situación logística lo permitía también se utilizaban ladrillo, cemento y mortero, aunque su transporte hasta las posiciones avanzadas suponía un considerable esfuerzo debido a la escasez de carreteras y a los continuos ataques sobre los convoyes.
La construcción seguía normalmente varias fases perfectamente definidas. En primer lugar se realizaba el reconocimiento del terreno y la delimitación del perímetro defensivo. Posteriormente se despejaba el entorno eliminando vegetación, rocas y cualquier obstáculo que pudiera facilitar la aproximación del enemigo. Después se excavaban los cimientos y, en ocasiones, un pequeño foso exterior. A continuación se levantaban los muros con piedra y sacos terreros, alcanzando habitualmente entre metro y medio y dos metros de altura. Finalmente se abrían las aspilleras, se colocaba la cubierta y se completaban las obras exteriores mediante alambradas, parapetos y refugios auxiliares.

La cubierta se construía con vigas y troncos sobre los que se disponían chapas metálicas y una gruesa capa de tierra. Este sistema ofrecía una razonable protección frente a la metralla y contribuía además a reducir los efectos del intenso calor durante el verano. En los modelos más evolucionados comenzaron a emplearse elementos de hormigón armado y refugios semienterrados, incrementando notablemente la resistencia de la posición.
Aunque existieron numerosos modelos, un blocao tipo disponía normalmente de una única entrada, fácilmente defendible, una estancia para la tropa, un pequeño depósito de municiones, almacén de víveres, aljibe cuando era posible, puesto de observación y aspilleras distribuidas en todas las direcciones. Su superficie rara vez superaba los treinta o cincuenta metros cuadrados, por lo que las condiciones de habitabilidad resultaban muy austeras.
La guarnición variaba según la importancia de la posición. Los blocaos más pequeños estaban ocupados por entre doce y veinte hombres; los puestos normales contaban con entre veinticinco y cuarenta efectivos, mientras que las posiciones de mayor entidad podían albergar hasta ochenta soldados. Habitualmente se encontraban al mando de un sargento o de un teniente, quienes asumían tanto la responsabilidad táctica como la administración diaria del destacamento.
La vida cotidiana en un blocao estaba marcada por el aislamiento, la disciplina y la constante sensación de amenaza. Los centinelas permanecían de servicio de forma ininterrumpida, especialmente durante la noche y al amanecer, momentos preferidos por los rifeños para sus ataques. El resto de la guarnición alternaba los servicios de vigilancia con tareas de mantenimiento, reparación de alambradas, limpieza del campo de tiro y mejora continua de las defensas.
El abastecimiento constituía uno de los mayores problemas. Agua, alimentos, municiones y material sanitario llegaban mediante convoyes escoltados que recorrían caminos frecuentemente sometidos a emboscadas. Cuando las comunicaciones quedaban interrumpidas, la situación podía deteriorarse rápidamente, obligando a racionar el agua y los víveres. El intenso calor estival, unido a la escasez de agua potable, favorecía además la aparición de enfermedades y aumentaba considerablemente el desgaste físico de las pequeñas guarniciones.
El sistema defensivo se completaba mediante alambradas, campos de tiro perfectamente despejados, parapetos exteriores y comunicaciones ópticas o telefónicas con las posiciones vecinas. En algunos blocaos llegaron incluso a instalarse focos para la iluminación nocturna, dificultando las aproximaciones enemigas durante las horas de oscuridad.

Desde el punto de vista táctico, el blocao no estaba concebido para combatir de manera aislada. Formaba parte de una red de posiciones enlazadas cuyo objetivo era impedir la infiltración del enemigo y facilitar el apoyo mutuo. Cuando una posición era atacada, las vecinas podían abrir fuego sobre los asaltantes, mientras las columnas móviles acudían desde la retaguardia para levantar el asedio. La eficacia del sistema dependía, por tanto, tanto de la solidez de cada fortificación como de la coordinación entre todas ellas.
A pesar de sus numerosas ventajas, estas fortificaciones presentaban importantes inconvenientes. El aislamiento de las pequeñas guarniciones, la dificultad para recibir abastecimientos, la escasez de agua, las extremas temperaturas, la vulnerabilidad frente al fuego concentrado y el desgaste físico y psicológico de sus defensores constituían algunas de sus principales debilidades.
Estas limitaciones quedaron dramáticamente patentes durante el Desastre de Annual, en julio de 1921. El rápido derrumbamiento del dispositivo español dejó numerosos blocaos completamente aislados, sin posibilidad de recibir socorro ni abastecimiento. Muchas guarniciones resistieron durante días hasta agotar las municiones o el agua, mientras otras fueron evacuadas precipitadamente. La caída sucesiva de aquellas pequeñas posiciones evidenció que un blocao, por sólido que fuese, resultaba insuficiente cuando desaparecía el apoyo mutuo y se rompían las líneas logísticas que lo sostenían.
Las enseñanzas extraídas de Annual impulsaron una profunda revisión del sistema defensivo. A partir de entonces se incrementó el empleo del hormigón armado, aumentó el grosor de los muros, se construyeron refugios subterráneos, mejoraron las comunicaciones telefónicas y se reforzó la coordinación entre posiciones mediante reservas móviles capaces de acudir con rapidez allí donde fuese necesario. Estas mejoras alcanzaron su máxima expresión durante las campañas finales del Rif y especialmente tras el desembarco de Alhucemas de 1925.
El blocao constituyó, en definitiva, una solución eficaz para consolidar el terreno ocupado con escasos efectivos y garantizar la continuidad de las operaciones. Su verdadero valor residía en formar parte de un sistema defensivo escalonado, donde cada posición apoyaba a las restantes y todas quedaban integradas en un dispositivo operativo coherente. Cuando este principio se respetaba, el control del territorio resultaba mucho más sólido; cuando se ignoraba, las posiciones quedaban expuestas a ser destruidas de forma aislada.
La experiencia adquirida en Marruecos ejerció una profunda influencia sobre la doctrina española de fortificación de campaña durante buena parte del siglo XX. Muchas de las enseñanzas obtenidas acerca del emplazamiento de posiciones, la organización del terreno, el apoyo mutuo y la importancia de las comunicaciones continuaron presentes en la instrucción militar española durante décadas. Más allá de su sencilla apariencia constructiva, el blocao representó una de las principales herramientas con las que el Ejército español intentó adaptar su forma de combatir a las difíciles condiciones de la guerra colonial en el norte de África.






