La subida de Petrarca el monte Ventoux, el 26 de abril de 1336, y su posterior descripción en forma literaria, se considera el primer testimonio de una contemplación estética del paisaje. Lo hizo acompañado de su hermano y sus respectivos criados. Un viejo pastor, con el que se cruzaron en el ascenso, intentó persuadirles para que abandonaran tan arriesgada empresa, pero no logró que desistieran de su empeño. Al alcanzar la cima cuenta Petrarca que permaneció “como privado de sentido” y al reconocer con la mirada el impresionante paisaje que tenía ante sus ojos se amplió, al mismo tiempo, la perspectiva temporal. Recordó sus tiempos de estudiantes y su conversión cristiana y, acto seguido, comenzó a proyectar su futuro.
En verdad no hace falta subir a una montaña tan escarpada y peligrosa como el monte Ventoux para ampliar nuestra perspectiva espacial y temporal. Yo suelo hacerlo sentándome a escribir en el Monte de la Tortuga o en las inmediaciones de la fortaleza del Monte Hacho. Resulta estimulante e inspirador ver los lugares y reflexionar sobre el pasado, el presente y el futuro desde una posición elevada. Nuestros quehaceres diarios nos obligan a cerrar el diafragma de nuestra visión y pensamiento para concentrarnos en nuestro trabajo y obligaciones personales. Por eso conviene ampliar la perspectiva para que tomemos plena consciencia de lo que somos, del lugar en el que vivimos y de la posición de la tierra en el infinito cosmos.
A mí me sucede, con relativa frecuencia, cuando estoy inmerso en la naturaleza, que me elevo imaginativamente hasta el firmamento y contemplo la tierra. Me estremece la imagen de nuestro planeta iluminado por el sol, que enciende el azul del mar, el verde de los bosques y el blanco de las nubes. A este tipo de experiencias, diversos autores, como Goethe o Mircea Eliade, lo llamaron el “vuelo mágico”. Creo que todos somos capaces de volar con las alas de la imaginación si subimos a lo alto de una montaña y, desde su cima, dejamos que en el más absoluto silencio se escuche la voz de “nuestra” alma. Entrecomillo lo de “nuestra” porque estoy cada vez más convencido de que lo que escuchamos, en determinados momentos, es la voz divina. ¿De dónde provienen sino ciertos pensamientos que nos sorprenden a nosotros mismos? ¿A qué mundo remiten nuestros sueños?
Pienso que es un ejercicio saludable mantener presente en nuestra mente la imagen de la tierra mostrando toda su magia y belleza. Una belleza y una salud que los seres humanos estamos deteriorando desde hace, aproximadamente, doscientos años. El impacto de la acción humana sobre la faz de la tierra ya es visible desde el espacio exterior, tal y como ha declarado recientemente la astronauta Christina Koch durante la misión Artemis II a la tierra. Entre estos cambios se aprecia una alarmante disminución de la capa de hielo en los polos y alteraciones significativas en la cubierta vegetal.
La mencionada astronauta destacó que lo más impresionante no era nuestro planeta en sí, sino la inmensa negrura que lo rodea. Esta imagen refuerza la idea, expuesta hace década por el mitólogo Joseph Campbell, de que la tierra es un frágil oasis de vida en el desértico y oscuro cosmos. No hay nada parecido a la tierra en nuestro entorno cósmico. En términos probabilísticos, los expertos consideran que puede que la vida haya surgido en otros puntos del universo, pero nadie puede aventurar que haya alcanzado la diversidad y complejidad de las formas de vida en el planeta tierra.
Nuestra especie ha superado los límites planetarios para explorar el cosmos, pero ha descuidado el conocimiento de nuestro mundo interior. El desarrollo científico y tecnológico que ha hecho posible pisar la luna, duplicar la esperanza de la vida humana o desarrollar la inteligencia artificial ha avanzado mucho más rápido que el imprescindible contrapeso ético y moral. La abundancia en unos pocos países desarrollados contrasta con el hambre generalizada en muchos países. Se calcula que nueve millones de personas mueren cada año en el mundo por causas relacionadas con el hambre y la desnutrición.
Además, se estima que hasta 733 millones de personas padecieron hambre a nivel global, con más de 295 millones enfrentando inseguridad alimentaria aguda debido a crisis económicas y conflictos bélicos. Estos últimos provocan la muerte de unas 245.000 personas al año y el desplazamiento de 117 millones de personas. Sin embargo, cuando los líderes de las naciones más poderosas del mundo se reúnen, lo hacen para incrementar sus gastos militares y así satisfacer el ego desbocado del actual presidente de EE.UU. En la cabeza de Donald Trump solo caben dos clases de personas y países: los ganadores y los perdedores. Principios como la solidaridad, la igualdad, la justicia, el apoyo mutuo o la empatía no existen en su podrido corazón por efecto de la soberbia, la codicia y la avaricia. Por desgracia, él encarna una ola ideológica reaccionaria que se está extendiendo por el mundo a la misma velocidad en la que se cumplen los peores pronósticos sobre el agotamiento de los recursos naturales y el cambio ecológico global.
La mayoría de las personas que se dejan arrastrar por el tsunami ultraderechista lo hacen movidas por el miedo ante unos cambios que superan nuestra capacidad de asimilación. Miedo a perder su trabajo, por las sucesivas crisis económicas; miedo a no encontrar una vivienda a su alcance económico; miedo a las pandemias, que se llevan muchas vidas; miedo a una tercera guerra mundial; miedo a los millones de personas que huyen de la pobreza para encontrar una oportunidad en los países ricos; miedo a los sacrificios que debemos hacer para frenar el cambio global, incluyendo el climático; miedo, en general, a un futuro para cada vez más incierto. Los retos a los que se enfrenta la humanidad son tan graves que ha cundido el miedo generalizado y la desesperanza. La gente demanda certidumbres y simplicidad y confía en los mensajes populistas que prometen un futuro en el que no tendremos que renunciar a nada ni compartir con nadie los escasos recursos que van quedando para mantener una población humana mundial sobredimensionada. La tendencia demográfica es hacia una notable desaceleración del crecimiento de la población mundial, que supera en la actualidad los 8.200 millones de habitantes.
La única manera de combatir el miedo del que se alimentan los populistas es la valentía para difundir y defender la verdad. No podemos correr un velo de mentira para cubrir la realidad de la profunda crisis ecológica, económica, social, política y espiritual que planea sobre la humanidad. No es acelerando el motor de la economía, y con ella la explotación de los recursos naturales y la contaminación de la naturaleza, como vamos a superar la grave crisis medioambiental que atraviesa la tierra. No queda más remedio que levantar el pie del acelerador. Puede que de esta manera volvamos a prestar atención a los paisajes que solemos transitar a toda velocidad sin fijarnos en su belleza. El sentimiento de pertenencia a la tierra y el milagro que supone la vida en nuestro planeta es el primer paso en el camino de la emoción trascendente, el pensamiento elevado y la capacidad para imaginar un mundo construido sobre la sabiduría del pasado y el conocimiento presente.
Como escribió Henry David Thoreau, “si has construido castillos en el aire, tu trabajo no está perdido. Ahí es donde debe estar. Ahora ponles los cimientos”.





