Tarde, demasiado tarde, acabo de tener la dolorosa información de que ha fallecido María del Rosario Moya Ramírez, compañera y amiga, una mujer tenaz y sensible, que, además de esposa, madre y abuela, era profesora e investigadora. Siempre me sorprendió su amplia capacidad para estar pendiente de las múltiples -y, en apariencia opuestas- ocupaciones en las labores domésticas, en las tareas escolares de los hijos, en las entregas de los resultados de los análisis clínicos del marido, en sus clases de inglés y hasta en los detalles de las reuniones con los amigos.
Recuerdo que ella culminó la carrera de Filosofía y Letras sin descuidar ninguno de sus quehaceres familiares, y que elaboró la tesis doctoral sobre la obra de Fernando Quiñones, al mismo tiempo que atendía las clases de inglés en el Instituto Columela. En mi opinión, lo más llamativo de esta mujer sencilla -además de esos irreprimibles deseos de “seguir aprendiendo para seguir viviendo”- era su singular sensibilidad para escuchar las demandas de ayuda de los que la rodeaban y la generosidad con la que ofrecía su auxilio. A veces recibía la impresión de que se había impuesto la obligación de luchar con el fin de lograr la felicidad posible proporcionando el bienestar a los demás.
La profesora María del Rosario era, además, una mujer que había decidido ocupar un discreto lugar y que no comprendía a quienes gastaban tiempo, energías e, incluso, dinero, para satisfacer sus ansias de reconocimiento y sus necesidades de honras y de honores. Ella prefería saborear los alicientes de las experiencias íntimas y concentrarse en las tareas interiores de su espíritu, en los quehaceres familiares y en las faenas de su hogar. Modesta, paciente, abnegada y fiel aliada de las oportunidades que le proporcionara cada tiempo, era consciente de que, con su vida -con su naturalidad, con su simpatía, con su alegría y con su laboriosidad-, prolongaba las existencias de los miembros de su familia y continuaba la historia de sus mayores.
Impulsada, sobre todo, por una profunda devoción familiar, estaba permanentemente ilusionada y manifestaba unas insaciables ganas de vivir, unos deseos irreprimibles de disfrutar soñando con ese tiempo nuevo que, en compañía de su esposo Germán, de sus hijos y de sus nietos, todavía le restaba por recorrer: fuerza y espíritu le sobraban para surcar la larga y la apasionante travesía que, todos juntos, aún navegarían. Estamos tristes por su muerte porque, hemos perdido a una compañera y a una amiga. Ojalá que su ejemplo de comprensión, de lealtad, de coherencia y de laboriosidad nos estimule. Ahora sentimos la obligación de valorar sus mensajes y de reconocer sus grandes valores. Con su marido Germán y con sus hijos y nietos experimentamos un intenso dolor. Que descanse en paz.






