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La fragosa y costosa campaña de pacificación del Protectorado de Marruecos

Por Alfonso José Jiménez Maroto
25/06/2026 - 04:18
Imágenes cedidas

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En las postrimerías del siglo XIX la situación económica del Imperio Jerifiano transitaba hacia la quiebra, su solvencia había tocado fondo y su deuda se encontraba en manos de pocos, fundamentalmente, de Francia. Y es que en aquellos trechos, el empuje de esta potencia se hallaba en una coyuntura privilegiada, movida especialmente por su experiencia en Argelia.

En tanto, dada su dependencia del tráfico comercial, Gran Bretaña estaba con cien ojos, pero también, suspicaz y recelosa por el papel preponderante ocupado por Francia, en una demarcación crucial para su seguridad estratégica. A la par, la disposición de Italia y Alemania sugiriendo intereses infundados en la zona, daba la sensación de estar apremiando enfoques de los que poder apartarse a cambio de la consecución de ganancias e incentivos económicos.

Como quiera que sea, España, era poco más que mera espectadora de una competición entre potencias influyentes. Eso sí, algo desconcertada e indecisa en medio de aquella colisión de atracciones. Y su aparición en el septentrión marroquí, no era ni mucho menos un accidente fortuito originado por la llamada de intereses declarados por otros. Luego, no puede sospecharse que España estuviese distante a los alicientes de todo lo que aquello abarcaba y que irrumpiese en el patio trasero de sus plazas de soberanía, donde sus vecinos europeos ya habían comenzado a guardar sus cartas y cuyo efecto inmediato, irremediablemente, tendría derivaciones para los intereses directos de España.

Al mismo tiempo, durante esta presencia prolongada, no se había dejado de ocasionar un intercambio encadenado de acaecimientos armados con los lugareños de las comarcas divisorias. Circunstancia esta última que adquirió su punto más álgido, cuando hacia la mitad del siglo XIX confluyeron en guerra declarada con Marruecos.

Con lo cual, España comenzó a percatarse si cabe, con más persistencia, del menester de sostener una deferencia determinada sobre el escenario jerifiano, que le dejara anticiparse a los permisibles advenimientos contraproducentes que pudieran desencadenarse.

Ni que decir tiene que los percances militares subsiguientes que habrían de venir y la guerra menor que afloró en el deslinde próximo a Melilla, resultante de varios contratiempos in crescendo procedentes de las explotaciones mineras en la comarca, ayudaron a empoderar el caldo de cultivo de quienes por entonces respaldaban una representación incuestionable de España en el territorio norteño.

Las consecuencias y probablemente, las implicaciones de la Conferencia de Algeciras (16-I-1906/7-IV-1906), junto con los pronunciamientos y oscilaciones de las potencias coloniales europeas, sondeando llevar la iniciativa sobre el entorno subyacente en Marruecos, fueron los elementos suficientes como para que España accionara su interés por esta zona.

Como es sabido, los compromisos suscritos entre Francia y el Sultán acerca de la incrustación de un Protectorado, junto con el imperativo de Gran Bretaña sobre la concurrencia indispensable de España como socio de Francia en el referido Protectorado, encuadraban una labor de tercero como equilibrador que el Gobierno admitió sin complejos. Sin soslayar, la insinuación de una élite política y económicamente acreditada de la sociedad española, junto al respingo intervencionista de una parte significativa de los altos mandos del ejército, al ver en este tira y afloja una posibilidad de ejecución profesional.

Cada uno de estos ingredientes culminaron la estampa de España en el espacio septentrional como potencia seudocolonial, que en relaciones internacionales hace alusión a una nación que ejerce dominación sobre otra de manera disfrazada. En este caso, responsable en el establecimiento e impulso de un contexto cuyo designio bifurcaba en lograr que Marruecos consiguiera una fase de crecimiento, conforme con sus potencialidades y una capacidad y solvencia económica y financiera que le facultara cumplir con sus responsabilidades exteriores.

Dicho esto, España apuntala sus posesiones en lo que más tarde habría de ser el avispero marroquí. No obstante, condicionado por urgentes reformas internas, no estaba en condiciones de llevar a cabo otra andanza colonial.

“Aquel Ejército de Operaciones de África, batido, extenuado y agotado en Annual, renombrado en 1927 como Fuerzas Militares de Marruecos, años más tarde logró ante la combatividad envalentonada de los rifeños, la ansiada pacificación”

Como he citado inicialmente, la Conferencia de Algeciras concede a España un Protectorado, pero el vaivén político entorpecerá una administración eficiente hasta la pacificación real de la zona. Si bien, hay que recordar que en el tratado franco-español de 1912, no se nombra para nada la palabra ‘Protectorado’, sino ‘Zona de Influencia’, estando ambos aspectos vistos en el derecho internacional de la época. Con el matiz, que mientras las divulgaciones académicas hacen valer la palabra ‘Protectorado’, la información institucional explota a más no poder la expresión ‘Zona de Influencia’.

Durante el proceso de pacificación se produce la tragedia del que bien podría ser considerado ‘annus horribilis’ para la milicia española, demostrando a todas luces el requerimiento de una vasta reforma militar. Además, significó el término de la Restauración y el impulso del Directorio Militar, producto de un golpe de Estado dirigido por Miguel Primo de Rivera y Orbaneja (1870-1930), hasta que éste dictaminó involucrarse en Marruecos.

Adelantándome a lo que fundamentaré, la campaña de pacificación, gravosa y peliaguda en términos humanos y económicos, se consumó con una victoria tan sólo unos años más tarde del Desastre de Annual (22-VII-1921/9-VIII-1921).

Pero antes, es preciso poner en claro que el alcance de ‘pacificación colonial’ hilvana las estrategias militares, políticas y jurídicas, con la que una potencia aplica su hegemonía sobre enclaves y poblaciones nativas o rebeldes. Frecuentemente, manejado como eufemismo de un combinado de enfrentamiento armado abierto, diplomacia, aculturación e imposición de perspectivas de gobernanza, este concepto solapa la violencia sistemática detrás de la coartada de instaurar el orden y la civilización.

Y allende de ser un enunciado similar de paz, la pacificación argumenta la inercia de la violencia estatal como un instrumento para extirpar focos de resistencia y afianzar la superioridad económica o territorial. Así, emerge la consigna violenta dibujada para reordenar el territorio, asegurar medios financieros y disponer un nuevo orden social propicio al colonizador.

En líneas generales, el éxito de la campaña de pacificación puede asignarse a diversos componentes, admitiendo la aprobación y el apoyo social que paladeó el Directorio Militar, así como la reorganización militar implantada por la Ley de Bases de 1918, que proporcionó una senda resolutiva en la evolución e innovación del ejército. Amén, que sería un salto en el paradigma de hacer la guerra y la adopción de otra visión de las operaciones, plasmada desde la óptica del planeamiento operacional.

Lo cierto es que tras el epílogo de la campaña militar, la estabilización del territorio necesitó una administración colonial competente. Como del mismo modo, se realizó un operativo de desmilitarización de las tribus rifeñas, imprescindible para el control y la pacificación de la zona. Conjuntamente, se decretó una administración con el retrato del interventor militar, ejerciendo una labor decisiva en la organización y gestión.

Pero yendo por partes, las relaciones de España y Francia, como potencia principal, fueron espinosas y por momentos enrevesadas, donde los Altos Comisarios tratan de captar y conocer de primera mano una región compleja de conducir y con un elevado sumario de hostilidades hacia el extranjero que aspira someterlo.

Cuando el máximo exponente del nacionalismo rifeño, Abd el-Krim (1883-1963), acomete la superficie francesa del Protectorado, el mariscal Louis Hubert Lyautey (1854-1934), primer Residente General, ya es conocedor y consecuente del cataclismo sufrido en Annual por las Fuerzas Militares de Marruecos y de la amenaza potencial con el factible levantamiento del Rif. Para ello, establece una línea de defensa in extenso del río Uarga, barrera física entre ambos Protectorados, con la convicción de salvaguardar su zona de unas hordas insurgentes que años antes habían tumbado a un actor de segundo orden, pero que en ningún otro tiempo lo haría con Francia.

Puede decirse que la crónica de conexión entre España y Francia en este entresijo, es una versión de necesidad en la corresponsabilidad mutua, para finalmente alcanzar unos resultados mediante la sinergia. A pesar de la contradicción de Lyuatey, el mariscal Philippe Petáin (1856-1951), trasladado por Francia para enmendar la plana, pronto vislumbra que con el apoyo alternativo de ambos estados se esfumará la intimidación rifeña.

Desde a mediados de 1925 y dos años después hasta el descalabro irrevocable de las fuerzas tribales, esta colaboración alcanza la cima a nivel militar y político. Aunque en el transcurso de la campaña de pacificación Francia contribuye con intensidad, ésta no se circunscribe meramente al intervalo del Desembarco de Alhucemas (8/IX/1925), sino que además emplaza otro frente en el Sur. Lo que obliga a Abd el-Krim al receso de sus integrantes para contener a los franceses.

La escabrosa empresa de pacificación no sólo se convirtió en una dura prueba para el Ejército de África, reformado y curtido tras Annual, sino también para la tutela administrativa. España, a base de despropósitos y pifias, intenta subsanar sus desaciertos. En otras palabras: el rompecabezas de Marruecos, se forja como una guerra colonial que entraña la ayuda indiscutible del país para su resolución, suscitándose la fase de desarme, transición y fijación del entramado administrativo.

A las reformas orgánicas engarzadas por la Ley de Bases y tras la consumación de la Gran Guerra (1914-1918), se ensambla una sucesión de variaciones tanto en la estructura como el equipamiento del contingente posicionado en África. Y en estas campañas el Ejército de Operaciones de África se adecuará a los paradigmas venidos del conflicto mundial.

Previsor de sus muchas limitaciones, España consigue poner en funcionamiento un mecanismo de guerra profesionalizado y rendir al contendiente colonial al que combate con más o menos, destreza. Claro está, que esta especialización o capacitación afectará a las que se califican fuerzas de choque (Fuerzas Regulares Indígenas y Tercio de Extranjeros), aunque su amplia mayoría continúa generándose por conscripción (reclutamiento forzoso u obligatorio).

Obviamente, para evitar el rechazo social por la elevada cifra de bajas, como la Semana Trágica de Barcelona (26-VII.2-VIII/1909), sería tenido en cuenta por los gobiernos de la Restauración y Primo de Rivera a la hora de pronunciarse. España empleó un modelo mixto asentado en el alistamiento voluntario y cuerpos de élite. La acción de estas fuerzas conjeturó una mejora profunda en la pacificación, ampliando exponencialmente su eficacia operativa y el menor impacto de las pérdidas humanas experimentadas.


Otra de las cuestiones a subrayar forma parte de la adquisición de material moderno empleado durante la Primera Guerra Mundial. Aunque España no entró de lleno en la contienda, algunos oficiales pertenecientes al Estado Mayor fueron destacados en los Cuarteles Generales, con la encomienda de instruirse en el conflicto del modo más provechoso y práctico. Sus impresiones y observaciones se transmitirían más tarde en la retrospectiva de las lecciones aprendidas, tanto en las capacidades adquiridas y el material dispuesto, como las tácticas tratadas y el planeamiento operacional emprendido. Era un hecho: las mejoras manifiestas en el material junto a las capacidades de la fuerza ampliada, entraban a jugar.

A ello ha de añadirse el automatismo de las columnas mixtas, unidades concebidas ad hoc, para materializar una operación explícita, más el operativo sanitario de primera línea que comprende hidroaviones aptos para extraer a los heridos y víctimas; o la creación de un plan de actuación de fuegos o el apresto logístico. Todos, sin excepción, apuraron para bien la campaña de pacificación.

Ahora bien, la historiografía como historia de la historia, nos deja caer en el tintero cómo el margen político vio que rondaba un dilema en la región. En principio, quiso superponer una medida sustentada en lo que se baraja como ‘poder blando’, con actos civiles al objeto de conquistar a la urbe y hacerles percibir que la voluntad de España se encaminaba más al cariz civilizador, que el económico. Pese a ello, este recurso no respondió como se creía. Sugeridos por el Alto Comisario, se cristalizaron movimientos de ‘poder duro’ que inevitablemente sacudieron a los rifeños. Este período se cerraría con el Desastre de Annual.

Posteriormente, Primo de Rivera termina aunando los niveles de planeamiento, menos el táctico. Es más, permanece durante poco más o menos que un mes, frente a la bahía de Alhucemas embarcado en el acorazado Alfonso XIII, propenso por una vía de acción específica como portavoz principal del nivel estratégico, político y operacional.

A tenor de lo expuesto, no son pocos los estudiosos que dan por finiquitada y rematada la pacificación del Protectorado, tras el logro cosechado en el Desembarco de Alhucemas. Curiosamente, Primo de Rivera, singulariza en sus explicaciones consecutivas a la toma de Axdir (2-4/X/1925), capital de Abd el-Krim, “que la misión se ha cumplido y el trabajo está prácticamente terminado”. Nada más lejos de creer o contrario a la lógica.

Tras la ocupación de esta ciudad, las Tropas Coloniales Españolas se predisponen para asegurarse las líneas de defensa del espacio dominado. Por lo tanto, interrumpen la ofensiva que por lo pronto no se extenderá hasta los primeros meses de 1926 y con ello, malogran el momento de servirse del éxito obtenido tras el desembarco.

Y a criterios de algunos analistas, esta determinación es un disparate estratégico que confiere al líder supremo magrebí amortizar la tenacidad de sus huestes. Ciertamente, el estudio critico de los sesgos detrás de cómo se ha narrado el pasado, ofrece distintas interpretaciones sobre cuál era la finalidad del Desembarco de Alhucemas.

En concreto, me ceñiré a la opinión de Francisco Gómez-Jordana (1876-1944), denotando que esta intervención no era una operación diseñada para infligir daño y estar limitada a establecer una cabeza de playa, diezmar Axdir y con ello a Abd el-Krim y la cabila de Beni Urriagel, nodos críticos de la insurrección rifeña. Sino que asimismo, era el punto de ruptura desde el que ejecutar operaciones sobre el Rif Central. En cambio, otros fundamentan el alto operacional en la evasiva de proyectar una campaña intensa, dura y enmarañada, procurando sortear otro hipotético Annual.

De este modo, echando un vistazo al acervo documental como registros históricos o fuentes archivísticas, queda claro que la maniobra aeronaval y terrestre de Alhucemas, no será ni mucho menos determinante para la pacificación del Rif. Más bien, estaríamos hablando del curso preliminar de una campaña subsiguiente sobre el Rif Central.

En verdad, las decisiones contraídas por Primo de Rivera como Jefe de Operaciones, podría sustraerse que en contra del veredicto de su Estado Mayor, imaginaba que la operación sobre la bahía de Alhucemas y la toma de Axdir, supondrían el fin de la perturbación de los rebeldes rifeños y posibilitaría una ocupación pacífica del resto del territorio del Protectorado. O lo que es lo igual, tras verificar que a la postre el colapso no se ocasiona, resuelve tonificar el frente y transferir el control a José Sanjurjo Sacanell (1872-1936), al que inmediatamente designa Alto Comisario.

Con esta maniobra, Primo de Rivera obtiene un doble propósito.

Primero, acapara el lustre de Alhucemas, no ya sólo a golpe de vista de la península, sino también, de las agencias de noticias mundiales. Y segundo, prescinde la erosión política y social alumbrada de lo que se reconoce una campaña de acoso y derribo.

Desde el prisma operacional, Alhucemas se despliega como una pequeña parte, aunque transcendental, de una de las fases en las que se dividió la campaña. El operativo, óptimamente previsto, aparejó sus pros y contras.

Sobraría indicar que es la primera operación anfibia conjunta y combinada de la historia moderna, donde diez años antes potencias mucho más poderosas como Francia e Inglaterra, fracasaron estrepitosamente. En esta ocasión, se integraron tropas de tierra, mar y aire bajo un mando unificado.

Cabe resaltar, la participación en el diseño y estructuración con los franceses, que incluyó no ya sólo la operación sobre Alhucemas, sino la brecha de un segundo frente en el Sur, desde el plano del Protectorado francés, proporcionando el restablecimiento de la línea defensiva del Uarga y el desalojo de los contingentes nativos de la zona española del Kert.

“España, era poco más que mera espectadora de una competición entre potencias influyentes. Eso sí, algo desconcertada e indecisa en medio de aquella colisión de atracciones”

Y entre sus contras, incidir en la ineficacia para aprovechar el éxito inicial alcanzado, lo que otorgaría a Abd el-Krim tomar la delantera o el trazo defectuoso del plan logístico de sostenimiento, comprometiendo a efectuar una interrupción temporal, al alcanzar la fuerza desembarcada su punto dominante.

Más adelante, se acomodó la campaña comprendida entre los años 1926 y 1927, respectivamente. En comparación a operaciones precedentes, se planeó concienzudamente en sincronización con el ejército francés, precisándose notoriamente los apoyos y fuerzas. El objetivo era pacificar y ocupar íntegramente el Protectorado con enfoques tácticos para los españoles y franceses, concentrados en establecerse en el Rif Central y consolidar la provincia del Kert. De hecho, el 7/V/1926, tras el fiasco de las conversaciones de paz con los rifeños, las tropas españolas y francesas acometieron operaciones simultáneas. Toda vez, que Abd el-Krim, asaltó Tetuán, capital del Protectorado español, pero esta irrupción únicamente agravó a sus propias fuerzas, hendiendo un tercer frente.

Transcurridos quince días, Sanjurjo alcanza sus primeros objetivos. Y a fin de exprimir al máximo el terreno ganado, sugiere una ampliación de objetivos a nivel estratégico que finalmente se le autoriza. Así, la planificación de operaciones incorpora otra primicia en el desenvolvimiento de la campaña. Ahora, se descarta cualquier inciso operacional y se urge la duración de las intervenciones para excluir los probables paréntesis y conservar la presión sobre el adversario.

A resultas de todo ello, la campaña de pacificación se remató el 10/VII/1927 y tras abrirse un pequeño compás de espera se gestó la paz y con ella, la restauración de la administración. Igualmente, se repuso en las cabilas la red de Oficinas de Intervención, aportando el control terrestre, como el desarme y la apertura de una fase de desarrollo y crecimiento.

Consiguientemente, España no era más que una pieza desplazada en el tablero de las potencias principales. Por entonces, favorecida por un régimen de Protectorado y empujada por las pretensiones británicas y francesas.

Pero la admisión de esta zona de influencia mostraba tanto el menester de redimir su peso en la balanza internacional, como el concepto histórico-político de la misión civilizadora que justificaba la intervención y dominación percibida por la sociedad española.

Finalmente, la armonización franco-española en la campaña de pacificación y sus vínculos mutuos provenientes de intereses geográficos, son igualmente un punto de inflexión. Si bien, el Tratado de Fez (30/III/1912) marcó la disposición supeditada de España, prácticamente forzada a firmar con Francia, en vez de sin más de hacerlo con el Sultán de Marruecos, exhibiéndose así la proyección política y diplomática taxativa que disponía. A pesar de todo, España desempeñó sus responsabilidades administrativas, procediendo en nombre del Sultán y sin hacerse la encontradiza indagando beneficios territoriales.

En esta situación nada propicia de la palestra mundial, el efecto dominó de dar equilibrio y firmeza al Protectorado, hay que considerarlo una causa complicada y digamos que embarazosa, desprendiéndose la pacificación alcanzada tras casi veinte años de duros e intensos combates.

Con el devenir de los acontecimientos, las campañas militares amoldadas a los nuevos arquetipos de la Gran Guerra, más el encaje de mejoras operativas y modificaciones funcionales tácticas, fueron primordiales para el triunfo. A ello hay que sumar, las reformas en el ejército, como la modernización para la actualización tecnológica y doctrinal; reorganización, para cambios estructurales; y reestructuración, para ajustes operativos. Sin inmiscuir, la optimización de procesos administrativos, como el proceso de desarme de las cabilas encabezado por la intervención militar.

Y como colofón a lo desgranado en este pasaje, las reformas conceptuales en el planeamiento gravitado en capacidades y la conducción de operaciones inducidas por oficiales del Cuerpo de Estado Mayor, imprimieron una diferenciación capital entre aquel Ejército de Operaciones de África, batido, extenuado y agotado en Annual, por el que a posteriori, sería renombrado en 1927 como Fuerzas Militares de Marruecos, logrando ante la combatividad envalentonada de los rifeños y sobre el inhóspito suelo bajo el ardiente sol africano, la ansiada pacificación.

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