Cuando te pasas muchos años haciendo crónica política, hay unas cuantas premisas que se te quedan grabadas a fuego. Son como unos axiomas que lo presiden todo, independientemente del rumbo de navegación que, en principio, programó tu cándido corazón idealista.
La primera es que el papel lo sostiene absolutamente todo. Insisto, todo. En particular las promesas electorales. Se habrá visto de todo, desde aquellos que, en rueda de prensa (ahí están las hemerotecas) querían transformar Ceuta en un territorio offshore (es decir, un paraíso fiscal), pasando por una potenciación de la Educación y de la Sanidad prometidas por otros, hasta la fantasmagórica construcción de un muro trumpiano en la valla de Ceuta al grito de “menos moros y más muros”. Y lo que te rondaré morena…
Evidentemente, aquí, no podemos dejar de recordar lo prometido en torno a la equiparación salarial de los cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, o la brecha en las nóminas de los médicos de nuestra ciudad que siguen con jornadas laborales imposibles y sueldos por debajo de otras comunidades. Las protestas están, ahí, sólidamente argumentadas.
Insistimos, aquí todo vale y el papel aguanta lo impensable porque, de todas formas, nadie (o casi) pide cuentas a posteriori. Al final va a ser verdad que nos merecemos lo que nos llueve encima.
La segunda perla es que la política hace extraños compañeros de viaje. Bien es cierto que esta idea se propaga desde el momento en que comprobamos cómo formaciones que dedican la mayoría de su tiempo a propagar mierda públicamente sobre los otros por todos los ventiladores habidos y por haber, llegan después a acuerdos sobre diversos temas, siempre al abrigo de luces y taquígrafos y envueltos todos en un ocultismo sospechoso. Si la idea teórica de la política es que, entre otros, se hagan aportaciones para hacernos la vida más fácil a los ciudadanos, no entiendo esa manía de tomar a los votantes por menores de edad (¿gilipollas, quizás?) y esconder todos los pasos que se dan. Será por nuestro bien, supongo. (Ironía modo ON).
Ejemplos tampoco faltan. Si algunos recurren al ejemplo del PSOE con Junts, Bildu etc, tampoco dejen atrás al PP pactando con los mimos Bildu en el País Vasco. Aquí hay para todos.
Y la tercera (aunque me faltarían muchas más por apuntar) es la capacidad que se adquiere de retorcer los argumentos hasta lo imposible con tal de alcanzar la conclusión deseada. Así, no es raro escuchar que dos más dos suman siete o que el día es la noche en un baile sin fin. Lo que ayer era malo, hoy es bueno y se justifica lo injustificable para demostrar lo imposible. Y funciona.
El objetivo es, empleando lo que en filosofía se denomina falacia formal o silogismo inválido, hacernos comulgar con ruedas de molino usando burdas maniobras con aspiración a razonamiento.
Ejemplo: Todos los plátanos son amarillos, mi coche es amarillo ergo mi coche es un plátano.
Obviamente, esto es, en sí, una solemne gilipollez cuando nos circunscribimos a coches y a plátanos, pero todo es ya mucho menos evidente cuando los temas son más tangibles. ¿Una muestra? Quienes no trabajan son un lastre para la sociedad y sobran aquí, ergo todos los jubilados y/o los que estamos de baja, sobramos.
El razonamiento es, obviamente, una imbecilidad, y sin embargo…
En esas estamos.
Esa simplificación del razonamiento mediante el uso del silogismo inválido es muy típico de quienes transforman un eslogan de brocha gorda en un sólido argumento. Esta suerte de “prêt-à-porter” dialéctico es simple de expresar y, aunque básico y populista, y generalmente falso, se transforma en real de tanto repetirlo.
Goebbels, que de manipular sabía un rato, afirmaba que una mentira repetida mil veces se convertía en verdad. Ahí lo tenemos.
El genocidio en Gaza es probablemente donde se ha verificado esta forma de confundir utilizando el clásico “o conmigo o contra mi” tan dictatorialmente clásico.
¿Criticas a Netanyahu por la carnicería que él y su gobierno están provocando? Automáticamente te transformas en antisemita, sin más dilación. ¿Perdón? ¿Error o malintención?
Es que se puede querer y apoyar al pueblo de Israel (que por cierto se ha movilizado masivamente en contra de su primer ministro) y no por ello convertirse en aliado del Hamás y demás compañeros de ruta, ni mucho menos.
Que se esté en contra de los bombardeos sistemáticos en el Líbano tampoco significa que se esté comulgando, ni en su más mínima expresión, con quienes cometen atentados…aunque en este caso, el término atentado se lo reparten lamentablemente unos y otros y sufren los de siempre.
Claro que hay que oponerse al Hamás y a cualquiera que siembre el terror, de hecho es lo que también se hace cuando se muestra un total rechazo a la política de Netanyahu y demás colegas de extrema derecha. Ni más ni menos.
En cuanto a los grupos, empezar a cortar cualquier fuente de financiación sería una buena solución, pero destruir zonas enteras y/o inutilizar los campos para que nada pueda volver a crecer es una acción cargada de barbarie que sólo servirá para alimentar la máquina infernal bajo el principio de acción/reacción... ¿o es que piensan asesinar a todo el Líbano y zonas periféricas?
No creo que haga falta repetir que la masacre del 7 de octubre de 2023, por parte de los carniceros de Hamás, no tiene nombre y que merece nuestra condena, repulsa y asco. Tampoco debe ser necesario insistir en que nada puede justificar estos asesinatos en masa…hasta ahí podríamos llegar. Pero quizás también habría que preguntarse cómo llega a perpetrarse tamaño atentado contra el país que presume de la mejor seguridad del mundo.
En Israel no faltan voces de quienes afirman que Netanyahu había desplazado sus prioridades de vigilancia hacia sus oponentes políticos y no contra los enemigos de Israel. Algún día se sabrá.
Pero mientras llega ese momento, tenemos el dudoso honor de contemplar como los herederos de un antisemitismo visceral son ahora los aliados de Netanyahu, que no de Israel. Decía Victor Hugo que no había nada más lamentable que ser aplaudido por sus enemigos, pues solo cabe imaginarse como será ser ovacionado, justificado, apoyado y abrazado por quienes, hasta hace muy poco, soñaban aún con campos de concentración. A veces, es suficiente con comprobar a quién tienes de apoyo para entender verdaderamente qué tienes en las tripas.
El caso es que se lleva a cabo una segregación diabólica. Aquí, o estás con Netanyahu o eres antisemita, no hay más salida. Dicho de otra forma, si te posicionas en contra de las bestialidades que comete Israel, automáticamente eres de Hamás. Este ha sido el discurso mantenido durante todo este tiempo por parte de la derecha y la extrema derecha española y europea.
Pero, claro, al revés también funciona ese principio de polarización: eres judío, con ascendencia judía o tan simplemente muestras lazos de amistad con Israel y, sin más contemplaciones, te transformas en un sionista más, aliado y defensor de Netanyahu. Demencial.
Lo cierto es que si tuviésemos tres céntimos de masa cerebral nos daríamos cuenta de la burda manipulación a la que estamos sometidos. No por estar frontalmente en contra de Netanyahu y del genocidio estamos apoyando al Hamás o a cualquier otro grupo terrorista. No por respetar/apoyar al pueblo de Israel, o ser de confesión judía, nos convierte en sionistas. Muchas son las voces de los judíos mostrando su repulsa a esta barbarie, y cada vez son más. El problema va a ser hallar la salida de esta perversa e interesada división en la que nos han metido unos y otros. ¿Quizás diciendo no a la guerra, también en Ucrania, de la que ya nadie habla, sea la solución? Y si los que mandan no quieren o no se atreven, definitivamente nos toca a nosotros dejar las cosas en su sitio.
Anotación al margen: ¿Cómo se puede estar a favor de la guerra si no se es mercader de armas? A ver si alguno de los belicosos nos ofrece, por una vez, una explicación razonable a tanta apología del cañón, porque no quisiera creer que, como son árabes y la brújula política y social marca xenofobia, se está aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid para llevar a cabo un indecente, descerebrado y terrorífico totum revolutum. Dicho de otra forma, que los migrantes que vienen a nuestras costas no se rescaten en el mar, y los árabes de allí ni nos importan en lo más mínimo. Pero eso no puede ser, sería demasiado cinismo… ¿O sí puede ser?
Este AQ, y quienes navegan en este mismo rumbo, no nos vamos a mover de nuestra posición: estar favor de la paz y en contra de los asesinos, sean los que sean.
Mi Mañica Preferida, en estos momentos, siempre acudía a Albert Camus cuando aseguraba que “cuando un hombre está encadenado, nosotros estamos encadenados a él. La libertad debe ser para todos o para nadie”. Otro axioma.
Quizás haya llegado la hora de dejar de ver unos instantes “telepincho” y reflexionar sobre cómo parar estas bestialidades. Nos hemos acostumbrado al horror, a que se pisotee el derecho internacional, a que se secuestre el presidente de un país (dejando claro que Maduro es un dictador, al igual que otros muchos países cuyos mandatarios no son arrestados en mitad de la noche y trasladados a los EE.UU en avión militar) o a que se bombardee Irán masacrando a civiles y reforzando el poder de los ayatollahs, que se haga añicos el Líbano y a que se nos vaya haciendo el cuerpo de que le queda poco a que Trump ordene la invasión de Cuba, por cuyos dirigentes este AQ no profesa la mínima de las simpatías, todo lo contrario.
Así están las cosas. Mientras nos van separando los unos de los otros por un supuesto filoterrorismo o por un supuesto filosionismo, quizás deberíamos pensar, parafraseando a Kennedy, que todos somos seres humanos, todos tenemos hijos, todos vivimos bajo el mismo cielo y todos tenemos miedo. Probablemente haya llegado la hora de analizar a quien aprovecha tanto engaño, tanta radical segregación entre supuestos buenos y auténticos malos y, sobre todo, qué hay detrás de todo lo que se está llevando a cabo. La única cosa clara, lo dijimos antes y lo volveremos a repetir, es que la factura sangrienta la pagan las y los de siempre. Vivan donde vivan.
Una vez más, la reflexión es suya.






