Tras su larga e intensa vida sacerdotal en la Línea de la Concepción, como me repetía Manolo Riveiro, un amigo común, el padre Junco seguirá vivo para siempre en esta tierra, en los corazones de quienes le conocimos, quisimos y admiramos e, incluso, en quienes confiaron en él aún sin conocerlo suficientemente.
Lo seguirán recordando, sobre todo, aquellas personas a las que él dedicó su vida, sus trabajos pastorales y sus oraciones. Su seriedad, su entusiasmo y su fortaleza le impidieron que bajara los brazos ante las numerosas y, a veces crueles, realidades que vivió en este complejo rincón de nuestra Diócesis.
El padre Junco, apoyado en la solidez de unos principios teológicos básicos, siguiendo las pautas ascéticas trazadas en su niñez y alimentadas en su juventud, ha vivido con plena convicción y coherencia el ejercicio del ministerio con una fidelidad inquebrantable en unos momentos en los que esta virtud ha ido perdiendo aquella elevada cotización que había alcanzado en nuestra tradición occidental.
Frente a quienes pensaban que ser fiel equivalía a renunciar a la libertad o a cerrarse a la búsqueda de un futuro mejor, él ha demostrado que la fidelidad consiste en la vinculación con las personas y con las instituciones a las que, con independencia de las circunstancias, respetamos y queremos. Ésta ha sido, paradójicamente, la mejor manera de ser fieles a él mismo.
Amable y de modales exquisitos, su aspecto de distraído le daba un toque de distinción no disimulada. Sus variadas tareas sacerdotales realizadas con elegancia, pero sin darse importancia, nos deja la impronta humana de un ser educado, atento y, sobre todo, dotado de sentido común.
"El padre Junco seguirá vivo para siempre en esta tierra, en los corazones de quienes le conocimos, quisimos y admiramos e, incluso, en quienes confiaron en él aún sin conocerlo suficientemente"
Con el paso de los años no perdió su espíritu perfeccionista ni su fidelidad a sus juveniles proyectos a través de los comportamientos coherentes, cada vez más libres y más entregados a un amor que se alimentaba de comprensión, de confianza y de gratitud.
Como he comentado con algunos compañeros y amigos comunes, aunque él también cambiaba de manera permanente, siempre siguió conservando unas clara señas de identidad. Por eso podríamos afirmar que la fidelidad en él era creativa y gratificante para seguir siendo fiel a aquel modelo de sacerdote fiel al evangelio, a la iglesia y a la comunidad encomendada por el obispo.
Nadie podrá negarle su permanente preocupación por acompañar, por ayudar y por servir a sus compañeros sacerdotes.
Su muerte deja un profundo vacío. Su vida larga y fructífera ha sido el resultado, por un lado, de la historia que le tocó vivir y, por otro, de su sentido sobrenatural. Nos queda la admiración por la devoción con la que asumió siempre su trabajo, por la valentía con la que afrontó su inevitable deterioro, por su aguante ante las adversidades y, sobre todo, por su modo directo de comportarse sin dobleces ni disimulos. Quizás su mejor retrato es que amaba su trabajo de “sembrar” y la tenacidad con la que se ha enfrentado a la vida, a la ancianidad y a la muerte. Que descanse en paz.






