El día que me enteré de “lo de Germi” no le llamé por teléfono. Tampoco le puse un WhatsApp. Sabía que no era necesario. Él también. Lo asimilé, me cabreé y pensé, todo volverá a su sitio.
El día del homenaje al capitán Bejarano, Germi estuvo allí y bordó un discurso que hizo más grande aún a la Comandancia.
El buen gesto que se tuvo al recordar a quien fue una auténtica joya en la Guardia Civil de Ceuta brilló enormemente gracias, en parte, al mensaje de Germi, capaz de exponer esa mezcla de amor, respeto e ironía recogidas en una escritura tan soberbia como imposible de igualar.
Germi es único. Quien lo ha visto trabajar, escribir, opinar o simplemente estar ahí en el momento preciso lo sabe.
Cuando me dijo que quería volver a escribir en El Faro, recuperar sus escritos y sus colaboraciones, supe que aquel “todo volverá a su sitio” ya iba enfilando el sendero debido.
Esas ganas de poner a cada uno en un sitio, de gritar con rabia escrita contra las injusticias de este mundo y de alzar la voz por quienes a nadie parece que importen asomaban con fuerza. Y lo hacían porque Germi la tenía, porque quería empezar a asomar su pluma en una sociedad en la que es necesaria, ahora más que nunca.
Este miércoles, Germi tocó la campana y se topó con solo una pequeñísima parte de los que le quieren. Allí le esperaban para abrazarle, darle un beso, aplaudir o llorar en esa alegría compartida que tiene que romper por algún lado.
Germinal rompió. Se quedó como el niño chico que recibe el regalo sorpresa sin esperarlo. La vida, tan puñetera, tiene esas escenas puras, las que nacen del amor, del respeto, de la admiración y el cariño.
La campana de Germi fue, al final, una anécdota, un guiño, un símbolo. Lo verdaderamente importante estaba alrededor. Lo importante está y sigue estando en el cariño logrado por ser tal como es.
El mayor tesoro de la vida radica precisamente en eso, en que te quieran por ser precisamente tú mismo. A Germi se le quiere así, sin filtros, él sabrá por qué.






