¿Senegal? Ni tan lejos. Tan sólo a día y medio de conducción, unos 3.000 kms recorriendo Marruecos, Sahara Occidental y Mauritania. Al puerto de Ceuta suelen llegar cruceros de media o alta gama que recorren ciudades del Mediterráneo occidental como Motril, Málaga, Cádiz; también Casablanca o Tanger-Med. Mayoritariamente son ciudadanos europeos o estadounidenses en edad cercana a la jubilación. En Ceuta visitan las Murallas Reales, los edificios de culto, el mercado de abastos, la calle de las tiendas, los miradores y, quizás, alguna aproximación a Tetuán.
La ciudad les resulta bonita y se vende como una de las joyas del Mediterráneo, que lo es. Su situación bisagra entre dos continentes y dos mares, dos geopolíticas diferentes, su cercanía a Marruecos y su manifiesta multiculturalidad son varios de los atractivos para ese turismo de crucero. Y me pregunto por qué no se va más allá y nos posicionarnos como punta de lanza del turismo en África, proponiendo rutas que avancen hacia el atlántico, más allá de Marruecos, o hacia el interior del continente. Sorprende que sean comunidades autónomas más alejadas, como las del País Vasco, Cataluña o Madrid, las que lideren estos viajes en grupo al continente africano. De hecho, para ir a Senegal lo más habitual es tener que desplazarse a esas regiones. Así emprendí mi viaje a la Casamance, región costera de Senegal, saliendo desde Madrid.
Elegí las fechas navideñas porque allí es temporada de no lluvias y hay menos mosquitos. Aunque en cualquier estación debemos ser cautos con el paludismo. El paisaje de Senegal pierde algo de verdor en esa época, pero es una gozada poder ir en mangas cortas, bañarte en sus blancas playas y escapar del tren de borrascas del invierno europeo.
Senegal te acoge con una vegetación diferente en una especie de viaje en el tiempo. Densos manglares en la costa llamados bolongs, palmerales, bosques subtropicales de ceibas, secuoyas y amplias zonas de cultivo. Según nos alejamos de la costa, la sabana va acaparando todo el paisaje con sus graciosos baobabs que tanto nos recuerdan a la entrañable obra de El Principito; al igual que esos divertidos pelícanos y flamencos del Parque Nacional de Djoudj, que dicen que es el segundo mejor para el avistamiento de aves, sobretodo entre noviembre y abril.
La infinita carretera que cruza todo Senegal, incluido sus cuatro ríos y Gambia, nos sumerge en una especie de road movie. La vida se muestra tal como es con su comercio, sus rutinas, sus relaciones sociales, sus aduanas... la venta ambulante en su máxima esencia, todo bajo la sombra de frondosas copas de árboles que dan un respiro a la calima. La vida es presente y comunidad, ideal para los seguidores del mindfulness o la atención plena.
Las aldeas son ejemplos típicos de sociedades de cazadores (pescadores) - recolectores (arroceros). En las ciudades y en los caminos se comercian sus productos y se sueña con viajar a otros destinos o con emprender nuevas empresas en el país. Todos los niños, todos los jóvenes, ancianos, mujeres están mirando su móvil en una especie de paradoja civilizatoria. Pero es que el uso del móvil en África se ha convertido en un instrumento esencial, superando, en ocasiones, el acceso al agua o al saneamiento. Es escalofriante ver cómo se vende el agua en porciones individuales dentro de bolsas pequeñas de plástico, lo que contribuye a la gran cantidad de basura acumulada en playas y cunetas. El celular los usan para banca móvil, acceso a internet y comunicación con los familiares emigrados, siendo vital en zonas rurales. De ahí la coexistencia de ambos mundos casi prehistóricos - casi tecnológicos, pasados por el tamiz del colonialismo y de la esclavitud.
A pesar de tantas dificultades, Senegal es un ejemplo de extraordinaria hospitalidad, tolerancia religiosa y desarrollo democrático. Es maravilloso poder viajar, disponer de visado, conocer culturas remotas, disfrutar de la saludable alimentación a base de pescado al grill, arroz, y cebolla, deleitarnos con todos los sentidos, escuchar el canto de los griots, esa tradición ancestral de narradores y músicos que utilizan la kora -arpa-laúd de 21 cuerdas- para preservar la historia oral, esa mezcla de música sufí con ritmos acústicos, cubanos, reagge, pop, la percusión del mbalax combinada con el soul, el jazz, el hip hop, y un sinfín de músicas y de bailes que animan la mejor fiesta del mundo.
Pero, claro, detrás de los hoteles, las agencias de transportes y los restaurantes que frecuentamos esos días estaban empresas españolas, catalanas, no empresas locales. ¿Sería otra forma de expropiación postcolonial? El precario desarrollo económico y social y el grave problema de los niños y niñas de la calle requieren de un cambio de modelo. ¿Por qué no dirigir la ayuda de la cooperación internacional a la formación profesional en hostelería y turismo y a la creación de empresas de turismo en estos países? ¿No sería una buena estrategia a largo plazo apoyar a las asociaciones de ayuda a desplazados y/o refugiados en esos países de salida y/o tránsito?¿No habría que concederles a ellos la gestión y el beneficio del turismo en su país como hacen las naciones nativas de Arizona, los navajos y los havasupai, que controlan sus propios recursos turísticos de manera total y sostenible? Senegal es un país con una gran diversidad étnica, con más de 20 grupos que conviven pacíficamente: Wolof (44%), Peul o Fula (24%), Serer, Diola y Mandinga, que podrían, perfectamente, autogestionar su turismo y preservar su identidad, cultura y tradiciones. Ceuta, Andalucía podrían, quizás, colaborar también en estos proyectos de cooperación o de desarrollo empresarial del turismo de ida y vuelta, turismo circular.






