El pasado sábado, El Faro de Ceuta publicaba —tanto en su edición digital como en papel— un artículo en el que pedía ayuda urgente para los gatos del Príncipe y Arcos Quebrados. No se trataba de un capricho, ni de una campaña estética: era una llamada desesperada para conseguir algo tan básico como comida.
El titular no dejaba lugar a dudas: “Ayuda urgente para que los gatos del Príncipe puedan comer”. Se facilitó un número de teléfono para colaborar, aunque fuera con un solo euro mediante Bizum. El resultado ha sido demoledor: no ha llegado ayuda. Ni una respuesta. Nada.
Y mientras tanto, los gatos siguen pasando hambre. Y un cuidador sigue dejándose la vida, en soledad, haciendo el trabajo que debería estar asumiendo la administración.
Porque conviene recordarlo alto y claro: alimentar a los gatos comunitarios de Ceuta no es una opción, ni una cuestión de buena voluntad. Es una obligación legal del Ayuntamiento, recogida en la Ley 7/2023 de bienestar animal.
Una ley que el Ayuntamiento incumple de forma sistemática desde hace años. Y lo hace con total impunidad. Más grave aún: ni una sola asociación animalista ni un solo partido de la oposición ha tenido el valor —o la decencia— de llevar este incumplimiento a los juzgados.
Mucho discurso, mucha pancarta y mucha pose… pero a la hora de actuar, silencio. Un silencio cómplice.
Luego vendrán las elecciones municipales. Y entonces sí: aparecerán los de siempre, prometiendo lo que nunca han hecho, vendiéndose como salvadores de los animales. Pero la realidad es que no cumplen ni las leyes que ya existen. Ni siquiera eso.
No es incompetencia puntual. Es dejadez, es desinterés y es, directamente, una falta de responsabilidad política.
Mientras tanto, los voluntarios están exhaustos. Han sido exprimidos durante años por una administración que mira hacia otro lado. Han puesto su tiempo, su dinero y su vida para tapar la vergüenza institucional de este Ayuntamiento.
Y los gatos, como siempre, pagando las consecuencias.
Cuando llegue la campaña electoral, conviene no olvidar. Conviene recordar quién ha estado ausente mientras los animales pasaban hambre. Conviene tener memoria.
Y a quienes no han podido —o no han querido— ayudar, gracias. Gracias por nada. Quizá la situación económica no permite más, o quizá simplemente se ha mirado hacia otro lado. Pero el resultado es el mismo: los gatos siguen sin comida.
Y eso, al final, retrata a toda una ciudad… y a quienes la gobiernan.






