Puede que al lector le cause extrañeza que un oficial médico, sea condecorado en una guerra, pero en la historia existen, como se verá, médicos militares y hasta un practicante, que fueron recompensados con la más alta condecoración militar. El capitán medico Federico Arteaga Pastor, el 13 de diciembre de 1924 en Tzelata-deAyern, en pleno combate asistió a los heridos con riesgo de su vida; el teniente Antonio Vázquez Bernabeu, el 16 de junio de 1921 en Bui Meyran, durante el combate desafiando a las balas atendía a los heridos; el teniente Manuel Ruigómez Velasco, en Kudia Randa el 11 de julio de 1919, en primera línea de fuego curaba sin descanso a los heridos; finalmente el practicante de 1ª Militar, Daniel Pajares Colodrón en el fragor del combate atendía a los heridos, y ello a pesar de que él había recibido tres heridas. A todos ellos les fue concedida la ‘Cruz Laureada de San Fernando’ individual.

A liberar Telata
El día 23 de noviembre de 1957 a las 17:35 horas sale un destacamento de socorro compuesto por tres pelotones, una escuadra de morteros de 50 mm, dos enlaces de Transmisiones de la 9ª Compañía y una escuadra de la 10ª Compañía, todos ellos de la II Bandera Paracaidista. Con ellos iba el capitán médico del grupo de Tiradores de Ifni, José Freixas Oto, un brigada practicante y cuatro soldados conductores de Automovilismo del Gobierno General de África Occidental Española. En total 37 hombres al mando del teniente Antonio Ortiz de Zárate y Sánchez de Movellán de la 6ª Compañía.
La marcha a Telata no sólo era penosa, sino que bastante complicada, entre otras cosas porque iban por un terreno desconocido, por una pista en estado para transitar animales; un caminar lento para los dos camiones y la camioneta que constituían la columna de socorro para liberar el puesto de Telata. Tras pernoctar al aire libre, sobre las 7 de la mañana, reanudaban la marcha, encontrándose con numerosos obstáculos, como grandes cantidades de enormes piedras colocadas por los elementos de las Bandas Rebeldes del Ejército de Liberación Marroquí.
Antes de llegar al destacamento de Telata se encontraron con un lugareño, el cual les avisa que el puesto español está cercado por el enemigo y que lo componen unos 100 rebeldes. Continúan la marcha extremando todas las precauciones, y a las 10:45 encuentran el camino totalmente bloqueado, y es aquí cuando, intentando dejarlo libre, reciben nutrido fuego de armas automáticas produciéndose las primeras bajas. Resultan muertos el cabo 1º paracaidista José Civera Comeche (sus restos reposan en el cementerio de Alcublas, Valencia), y los paracaidistas Ramón Aguirre Ejidua y Manuel Rodriguez Matamoros; y heridos los paracaidistas, Bernardo Conesa Mayoral, José Cavada Vidal, Vicente Llobel Ferro y Ramón Martínez Funes, siendo atendidos a pesar del fuego enemigo por el capitán médico José Freixas Oto y el brigada practicante, en algunos momentos con riesgo de sus propias vidas.

Un infierno de nueve días
Desde el día 24 que son hostigados por el enemigo. El panorama no puede ser más descorazonador. Los víveres consistían en un pan y un cuarto de lata de sardinas, y una cantimplora de agua por persona. Lo que más pronto llegó fue la sed y el hambre. El cerco a que estaban sometidos les obliga a cortar hojas de tuneras y chuparse el líquido. En otras ocasiones a masticar dichas hojas para entretener el hambre.
Los heridos eran atendidos constantemente por el capitán Freixas y el brigada practicante, y estos reservaban mayor cantidad de agua para los heridos que por sus lesiones podían nada más que mojarse los labios. Sobre las seis horas del 26 de noviembre unos cien enemigos intentan con un fiero ataque aniquilar a este puñado de españoles, pero el fuego bien concentrado de las ametralladoras hace huir al enemigo que deja unos 40 muertos. Desgraciadamente, en este ataque caía heroicamente el joven teniente Antonio Ortiz de Zárate y el paracaidista Vicente Vila Plá, y herido el también paracaidista Juan Díaz Hernández.
Ante esta pérdida del oficial que mandaba la columna, se hace cargo del mando el sargento, Juan Moncada Pujol. En unos momentos extremadamente difíciles, como estos donde eran cercados por el enemigo, sin agua ni víveres, el sargento Moncada y cuatro paracaidistas, con riesgo de sus vidas, realizan una incursión a una kábila donde pueden hacerse con una garrafa de agua, y con las hojas de tuneras como alimento iban resistiendo. Así continuaba este asedio hasta el día 2 de diciembre en que iban a ser liberados por una columna compuesta, entre otras fuerzas, por los valientes tiradores de Ifni, pero los días pasados había constituido un auténtico drama.
En estos nueve días de asedio el capitán-médico José Freixas Oto, se multiplicaba atendiendo a los heridos, y hasta en algunos momentos haciendo frente a los ataques. Por estos hechos y por sus destacados servicios frente al enemigo, el ministro del Ejército le concedió a este capitán-médico la ‘Cruz de Guerra con Palmas’ el 11 de diciembre de 1957.
Hay que hacer constar que esta ‘Cruz de Guerra’, según el reglamento de recompensas en tiempo de guerra, se concede para premiar a aquellas personas propuestas para la Medalla Militar, Naval o Aérea o avance en la Escala y que no hubieran reunido méritos suficientes para acceder a ellas. Además, esta ‘Cruz de Guerra’ es una de las condecoraciones más importantes, ya que figura después de la ‘Medalla Militar Individual’.
A título póstumo, el teniente Antonio Ortiz de Zárate y Sánchez de Movellan, según una orden de 8 de diciembre de 1960, publicada en el Diario oficial del Ejército nº 279 le era concedida la ‘Medalla Militar Individual’. Precisamente un intelectual con motivo de la muerte de este heroico oficial le dedicaba en un diario este recuerdo: “el teniente Ortiz de Zárate, llevaba el honor militar, su capacidad técnica al servicio de la patria, la ejemplaridad y, por último, su inmolación voluntaria, consciente y cristiana de su vida. Fueron la mezcla de sentimientos que le hicieron proferir la frase inolvidable, para sus compañeros de guarnición: ¡entraré en Tzelata o en el cielo!”, Carlos Gil y Gil, catedrático de la Facultad de Medicina, La Hora, 23 de enero de 1958.






