Vaya por delante todos mis respetos a las creencias religiosas, nuestra constitución las respeta y defiende, a su vez, el laicismo. Dejamos de ser católicos, apostólicos y romanos oficialmente, sin que te persigan o te humillen por no serlo, sin tener que ir a misa, sin estar obligado a demostrar que eras buen parroquiano para poder trabajar en instituciones públicas.
La libertad religiosa es un logro social que, desgraciadamente, todos los países no puedes disfrutar.
La Semana Santa es un lenguaje que muchos no entendemos pero debemos respetar esas tradiciones centenarias que forman parte de nuestra cultura: la cuaresma, las bulas, la liberación de presos por el Nazareno en un proceso de insaculación (saca un número de una bolsa), los costaleros, los penitentes y otras prácticas extremas en otros lugares del mundo, incluyendo a España en el mundo.
Hablando en plata, la sociedad laica no lo es del todo y deja asuntos que no se resolverán en los próximos cien año; pero bueno, todo es acostumbrarse.
No sé muy bien cómo se las arreglaría el Estado para pagar profesores budistas, islamistas, adventistas, testigos de Jehová, hinduistas, mormones, iglesia de los últimos días y un tan largo etcétera que me faltaría espacio para escribir el cañonazo. Se estima que hay 4200 distintas en el mundo que reclaman la verdad para ellos y sostienen que las demás están equivocadas.
Quiero contar una anécdota que me ha sucedido estos días de pasión. El domingo fui a comprar dos pollos asados, como cualquier hijo de Dios. Tuve que esperar una cola de media hora y, para matar el tiempo observé varios ejemplares de las revistas Atalaya y Despertad" situadas estratégicamente en el asador. Las revistas tratan temas bíblicos y están disponibles en cientos de idiomas, incluidas diversas lenguas de señas. La Atalaya se centra en las buenas noticias del Reino de Dios y promueve la fe en Jesucristo. ¡Despertad! muestra cómo hacer frente a los problemas actuales e infunde confianza en la promesa del Creador de establecer un nuevo mundo pacífico y seguro.
Cuando me tocó el turno para ser despachado le comenté al dueño del establecimiento la curiosidad que me causaba el mezclar los pollos con las revistas.
Ahí, y menos mal que estuve prudente, pregunté qué tal era la esa religión religión.
Cuál no sería mi sorpresa cuando el señor salió del mostrador y me fue explicando los contenidos de la revista, los correos electrónicos, el código para escanear y resolver todas las cuestiones según la biblia: vida, muerte, pecado, Dios, paraíso, resurrección, felicidad, dolor, perdón y cualquier asunto que la filosofía lleva siglos cuestionándose; valga el ejemplo de Sócrates con su "'sólo sé que no sé nada".
Tanto era su entusiasmo que no me atreví a interrumpirlo incluso asumiendo el peligro que los pollos fueran socarrados.
Yo, que practico el respeto aunque todos intenten convencerme y llevarme al huerto, me cuesta entender la fuerza absoluta de las creencias religiosas. Desgraciadamente no tengo la facultad de sentir esas pasiones y así estoy, lleno de dudas que siembran dudas.
Esto de ser filósofo sale caro.
De broma le digo a mis alumnos que me imagino que el paraíso es la "despensa de Marta" y piensan que estoy como una cabra.







Entiendo lo que dices, y de hecho coincido en algo importante: la libertad religiosa es un logro enorme.
Poder creer o no creer sin imposiciones es algo que hay que cuidar. Precisamente por eso también hay que entender bien qué ocurre cuando alguien decide creer.
Dices que te cuesta entender “la fuerza absoluta de las creencias religiosas”. En realidad, no es tanto una cuestión de pasión ciega como de convicción basada en respuestas que, para muchos, sí resultan satisfactorias. No se trata de “tener todas las respuestas” como si fuera un atajo fácil a los grandes dilemas de la vida, sino de encontrar un marco coherente que da sentido a preguntas que llevan siglos abiertas, desde Sócrates hasta hoy.
También comentas que hay miles de religiones que dicen tener la verdad. Para alguien que estudia la Biblia de manera personal, como hacen los Testigos de Jehová, la fe no se basa en emoción, sino en análisis y decisión individual.
Sobre la anécdota del asador… probablemente lo que viste fue entusiasmo. Cuando alguien encuentra algo que le da esperanza real (sobre la vida, la muerte o el sufrimiento) es bastante natural que quiera compartirlo. Igual que haríamos con cualquier cosa que creemos que merece la pena.
Y hay algo que quizá estás pasando por alto: tú dices que estás “lleno de dudas que siembran dudas”. Pero para muchos, precisamente la fe no elimina las preguntas, sino que les da una dirección. No convierte a nadie en alguien que “ya lo sabe todo”, sino en alguien que siente que no está perdido.
Al final, no se trata de que todos crean lo mismo, sino de entender que para algunos la fe no es una tradición cultural más, como pueda ser la Semana Santa, sino una decisión personal que influye en cómo viven, cómo tratan a los demás y cómo enfrentan la incertidumbre.
Y eso, aunque no se comparta, también merece algo más que curiosidad: merece comprensión real.