Es uno de los actos previos a la Semana Santa más esperados por los ceutíes. El cielo respetó y el Señor de Ceuta, el Cristo de Medinaceli, pudo bajar desde el Príncipe para marchar en traslado hacia su casa de hermandad junto a Nuestra Señora de los Dolores.
Y ahí. En ese preciso instante, volvió a surgir esa magia que solo se vive en Ceuta, esa magia que refleja la esencia de una tierra con futuro, una tierra que tiene como tesoro sus gentes.
El Cristo es el Señor de toda Ceuta, y como tal es querido, arropado y protegido por todos, recen a quien recen. Los musulmanes que acaban de terminar su mes sagrado de Ramadán, residentes en un barrio como el Príncipe sometido a vapuleos constantes y a una criminalización que no casa con tantísimas familias de trabajadores que allí residen, salieron de sus casas para ver el traslado.
Desde la calle, desde las ventanas. Lo sienten como algo suyo, lo guardan en su barrio, y en cada traslado salen a verlo. Esa imagen única, especial, deseada y querida volvió a verse en Ceuta.
Es una imagen que debería mostrarse a toda España. Es la imagen de una barriada en la que aún se pueden ver los letreros de Feliz Ramadán mientras pasa el Cristo seguido de fieles, de aquellos que, descalzos, cumplen con sus promesas, de aquellos que imploran por sus seres queridos.
Ceuta es especial y como tal la debemos sentir. La Ceuta de todos, la que cala en los corazones de las distintas culturas que se respetan y que con su ejemplo luchan contra ese ruido permanente de quienes solo buscan hacer daño. Pero solo es ruido, no cala, no llega, no echa raíces porque Ceuta es única, es tierra de todos, es lugar de encuentro y es cuna de culturas.
El Señor de Ceuta salió del barrio del Príncipe junto a la Virgen de Los Dolores. Juntos, sentidos, acompañados, protegidos por todos. Y siguieron su camino pasando por la mezquita de Sidi Embarek hasta llegar al cuartel en donde liberó a un preso orgulloso para, finalmente, volver a su casa.
Esta es nuestra Ceuta, la de los gestos, la de las miradas. La misma que ayer estaba respetando el mes sagrado de Ramadán acompañando a los musulmanes en actos públicos. La misma que hoy se prepara para la Semana Santa y traslada a su Cristo de Medinaceli desde la barriada eminentemente musulmana del Príncipe.
Esta es nuestra Ceuta. La de ese niño que saltó la valla y que lanza un beso al Cristo tras entregarle un ramo de flores. Ese niño que se forma en un instituto, que aprende español y que mantiene su fe.
Esta es nuestra Ceuta. La de esa asociación, Acudemire, que honra a sus antepasados, que mantiene vivas sus tradiciones y que cada año saca botellas de agua para que quienes siguen el traslado calmen su sed. No faltan nunca, ellos también son Ceuta.
Este año, de nuevo, el traslado ha servido para demostrarnos lo que somos como pueblo, por lo que debemos pelear, la lucha que debemos mantener juntos por sacar lo mejor de una tierra que se ha levantado ante cuantiosos azotes.
La marca Ceuta es esta, su propia gente.







ZOTES, no "azotes". Supongo.