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De un modo u otro, todos deben entrar por el aro ante sus ambiciones territoriales

Por Alfonso José Jiménez Maroto
21/01/2026 - 04:20
Imágenes cedidas

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Los primeros días del año recientemente comenzado corroboran los peores presagios sobre las derivaciones del segundo mandato de Donald Trump (1946-79 años). Su operación militar injustificada en la República Bolivariana de Venezuela (3/I/2026), englobando la detención del presidente Nicolás Maduro Moros (1962-63) y su esposa Cilia Adela Flores (1956-69) y sus manifestaciones inmediatas, son un cóctel de hostigamiento, como conducta de quien pretende empuñar su voluntad por la amenaza o el horror y el lenguaje imperial.

Estados Unidos se reserva el derecho de arremeter con su ejército irresistible cuándo lo desee y dónde le apetezca, así como proclama su opción de usurpar cuantos recursos naturales determine su economía. Como ocurre con los inicuos, los ejecutores de acoso y derribo, existen víctimas y también compinches que miran con el rabillo del ojo para otro lado, como si esto no fuera con ellos. Hasta que tanto va el cántaro a la fuente, que en un abrir y cerrar de ojos, les acaba salpicando.

De hecho, horas después de los bombardeos sobre Caracas y zonas estratégicas, la rueda de prensa ofrecida por el mandatario estadounidense, ponía los puntos sobre la íes. Trump, se refirió sobre todo, del libre acceso de su estado al petróleo venezolano y de su incondicional poder sobre el hemisferio occidental. O lo que es lo mismo, sin reglas de juego, normas o leyes, exceptuando la imposición de la ley del más fuerte. Al igual que advirtió con su tono habitual de otras actuaciones en otros países y apenas hizo referencia a supuestas transiciones de regímenes autoritarios a democráticos.

Sin inmiscuir, el punto de mira puesto sobre la principal líder de la oposición al chavismo, María Corina Machado (1967-58), pese a que ha dejado entrever alguna evidencia de impropio vasallaje, e incluso proyectando una estampa límite de pleitesía.

Obviamente, lo que surja en Venezuela tras el prendimiento de Maduro no solo estriba del reajuste del movimiento político y social infundido por Hugo Chávez (1954-2013), que como es sabido se caracterizó por una ideología socialista, bolivariana y antiimperialista, sino de la política interna norteamericana, la campaña expansionista de Trump y las celeridades geopolíticas de actores como la Federación de Rusia y la República Popular China.

Dicho esto, si el ataque militar contra Caracas y la detención se materializaron sin consentimiento alguno del Congreso y eludiendo la legalidad internacional, los perros de presa avisan contra navegantes de que no se trata de un capricho singular, sino de un proceder que emplearán cuántas veces les incumba. Llámese contra la República de Cuba, los Estados Unidos Mexicanos, la República de Colombia, la República Islámica de Irán o la isla integrada en el Reino de Dinamarca (Groenlandia). Esta última cuestión es una amenaza sin parangón, que objeta a diestro y siniestro la efectividad de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

Recuérdese al respecto que en el período del mandato de Trump, Estados Unidos ha bombardeado sin ninguna cobertura prescrita a Irán (22/VI/2025), Nigeria (25/XII/2025) y Siria (10/I/2026), catapultando de facto cualquier actuación de Naciones Unidas, de la que se ha apartado de diversas organizaciones y tratados internacionales. Entre ellas, la concerniente a la lucha contra el cambio climático. Y en este contexto fluctuante el mutismo de la Unión Europea (UE) ha dado mucho que hablar y no precisamente en la línea adecuada. Como lo fue y continúa siéndolo, el genocidio que se viene consumando en Gaza, en la que el Estado de Israel bajo el amparo e influencia americana, quebranta grave y arbitrariamente el derecho internacional.

Ni que decir tiene que estos automatismos solo logran enfervorizar todavía más al asaltante, que contempla como nadie está por labor de levantar mínimamente su alegación ante hechos y conatos descabellados, por más incongruentes que éstos puedan parecer. Juntamente, lo sobrevenido incentiva a otros actores de calado a hacer lo propio en sus presunciones preferenciales y mirar con apetito insaciable a las respectivas esferas de dominio. Ya sea China, en el argumento de Taiwán, o Rusia, en Ucrania. Y esto no es intrascendente, porque en la órbita del trumpismo se comienza a apuntalar un Gobierno de partido único, en plena ebullición con el fascismo que se robustece en una de las democracias más antiguas.

Por otro lado, quiénes desde la posición de la política o los medios de comunicación aplauden el asalto militar a Venezuela, deberían ser prudentes, porque acreditan coloquialmente el plantel de la ley de la selva, o el colofón de cualquier rastro de legalidad internacional y la consigna del más implacable de los imperialismos, en el que prevalece la razón de la fuerza de cara a la fuerza de la razón. En otras palabras: una forma de concebir que la democracia le resulta una molestia y es inadmisible cualquier anhelo de mayor equidad y justicia social.

Con estas connotaciones preliminares, a lo largo y ancho de la Historia los estados vasallos exhibieron sus cartas de manera decisiva en la conformación del poder geopolítico. Desde el Imperio Romano hasta el Imperio Otomano, transitando por las dinastías chinas y el feudalismo europeo (siglos IX-XV), estos estados allanaron el camino a los imperios para ampliar su peso sin una posesión directa. Actualmente, la incursión de Vladímir Putin (1952-73 años) a Ucrania destapó el tarro de las esencias en cuanto a la fragilidad en el Viejo Continente, pudiéndonos reportar a un entorno parecido con Estados Unidos como el poder agraviante. Los estados vasallos son territorios o pueblos que aun conservando autonomía interna, han de solventar ciertos tributos, facilitar sostén militar o perpetuarse en la hoja de ruta política de una nación más poderosa.

Evidentemente, esta concepción ha sido y es una variante interviniente en numerosos tiempos. De manera sucinta, en el Imperio Romano (27 a.C.-476 d.C.) reinos como Judea y Armenia, a la vez que nutrían sus monarquías alargaban la autoridad de Roma, pero comprometidos en solventar tributos y aportar soldados al ejército romano. Posteriormente, las Dinastías chinas Tang (618-907), Ming (1368-1644) y Qing (1644-1912), desempeñaron su supremacía sobre Corea, Vietnam y Tíbet, comisionando servicios de tributo regulados a la corte imperial. Y con idéntico paralelismo el Imperio Mongol (1206-1368) y el Imperio Otomano (1299-1922) se valieron de estados vasallos para propagar su hegemonía, manejando principados rusos y coreanos bajo sometimiento mongol. Además, los principados de Valaquia, Moldavia y Transilvania liquidaban tributos al sultán otomano.

"Es más que incuestionable que el vasallaje no es la solución, sino la unidad junto a la firmeza y las aspiraciones alternativas, ante la coacción y el chantaje del proyecto imperial"

En nuestros días, el paisaje global varía vertiginosamente: la invasión de Ucrania dejó a Europa en una disposición de inseguridad. A ello hay que añadir, que su dependencia del paraguas de seguridad dado por la primera potencia mundial se ha intensificado. En tanto, la competencia de la Unión para convenir con Estados Unidos disminuye. Y como no podía ser de otra manera, este trazado favorece estratégicamente a los americanos, decantándose como la única alternativa factible para escudar a Europa de una hipotética embestida rusa. Como del mismo modo, Japón, Corea del Sur y Taiwán están en manos del abrigo norteamericano para neutralizar cualquier inminencia de China.

No cabe duda, que la acometividad de estos dos colosos verifica el empaque militar estadounidense en estos territorios y tonifica su valía económica y política. Si bien, esta sujeción acarrea diversas implicaciones. Véase que si Estados Unidos resuelve aplicar aranceles a las importaciones occidentales y Europa decide responder con medidas de rigor, Washington se encontraría en el punto de atemorizar con la exclusión de su apoyo militar. Claro, que el continente europeo ante la posibilidad de quedar desguarnecida frente a Rusia, no le quedaría otra que desistir.

Lo antes referido trasciende en una realidad en el que Europa, valga la redundancia, sufrague impuestos elevados por géneros norteamericanos, mientras que Estados Unidos prosiga beneficiándose de su régimen de exportaciones libres de impuestos. Conjuntamente, este lazo de vasallaje, tema central de esta disertación, prevé la conclusión del estado de bienestar europeo que observamos. Sin soslayar, que la inteligencia artificial y la proyección tecnológica de Estados Unidos llevando la batuta de los chips y la industria de semiconductores, fortifican esta dependencia.

Me atrevería a decir que este devenir ilustra la acentuación paulatina de la sumisión de Europa y varios países asiáticos a Estados Unidos. La oferta de seguridad frente a amenazas externas como las venidas de Rusia y China, a cambio de tributos económicos y políticos, plasma un escollo que evoca a los antiguos estados vasallos. Y si cabe, la dirección de líderes explorando resultados impactantes mediante tácticas enérgicas hacia la expansión del poder americano, sólo precipitará esta propensión.

Llegados a este punto, la historiografía de los estados vasallos nos brinda una lente convergente de corta distancia focal con la que desentrañar el futuro geopolítico. La servidumbre de Europa y Asia en razón de la ayuda norteamericana, los instala en un lugar de inestabilidad que dedica para afianzar su dominación. Así como los reinos antiguos saldaban tributos a sus soberanos para avalar la autonomía y el respaldo, hoy estos continentes convergen a una retroacción por el estilo con Estados Unidos, redelineando el contrapeso del poder en la causa.

A criterio de expertos y analistas, los pronunciamientos de Trump ya no son avisos escuetos, sino la culminación del rememorado delirio estadounidense por someter el hemisferio occidental. Y como tal, entiende que la única acotación a su poder es su propio cumplimiento. Así lo indicó en el New York Times. Aunque el Senado no aprecia lo mismo y votó a favor de coartar la viabilidad de que perpetre otra acometida como la de Venezuela, sin contar con el Congreso.

Inclusive consta el precedente que cinco senadores republicanos se distanciaron de las alas del trumpismo y emitieron su voto acogiendo esta determinación, demostrando a todas luces hasta qué punto el golpe de Venezuela ha agitado las bases de la política americana. Tanto Washington como las administraciones hispanoamericanas y europeas se encuentran en vigilancia, deliberando y estudiando cuáles pueden ser las inclinaciones de Trump y cómo enfrentarlas.

Luego, se suscitan dos planes: primero, el contrapunteo, aun meramente oral, desechando directamente el vasallaje a Estados Unidos y segundo, la cooperación. Esta última elección parece haber sido la adoptada por la vicepresidenta ejecutiva de Venezuela, Delcy Rodríguez Gómez (1969-56 años), que hace unos días literalmente refirió: “Hay mucho maniqueísmo cuando se habla de las relaciones entre Venezuela y Estados Unidos. No son algo extraordinario ni irregular las relaciones económicas y comerciales entre Estados Unidos y Venezuela”.

Estas fricciones económicas están orquestadas por la regulación de Trump para apropiarse el petróleo venezolano, venderlo e indiscutiblemente quedarse con los ingresos. Al mismo tiempo, las ganancias ocasionales recaladas en Venezuela han de emplearse en artículos americanos.

A esta agitación descabezada de los engarces internacionales hay que incluir la respuesta por parte del secretario general de la OTAN, Mark Rutte (1967-58 años), expresándose para sorpresa de muchos a favor de más protagonismo norteamericano en Groenlandia. Amén, que la primera ministra del Reino de Dinamarca, Mette Frederiksen (1967-48 años), haya declarado sin temblarle el pulso, que si Estados Unidos asalta la Isla, representará la consumación de la Alianza Atlántica. Y ante esta negativa, no sólo Dinamarca sino de la amplia mayoría de los líderes europeos, el vicepresidente americano, James David Vance (1984-41 años), ironizó al pie de la letra de la ‘loca sobreactuación’ resultante de Europa.

Ante estas certezas al filo de lo irrazonable, Bruselas ha sido poco contundente ante la trascendencia de los acontecimientos sucedidos en Venezuela, con el quebrantamiento injustificable de la legalidad internacional cristalizado por Estados Unidos y las inquietantes advertencias. O el acatamiento bochornoso en materia arancelaria. Principalmente, cuando su Estratega de Seguridad Nacional esconde entre sus empeños terminar con la UE, a la que sea como sea, descarta.

A día de hoy, para sus tentativas imperialistas le resulta un inconveniente ver a una Unión dinámica, entroncada e integrada política y socialmente. Es por ello que la quiere sin apenas un proyecto común y con sus estados miembros a merced de la ultraderecha. Presentado de otro modo: el neocolonialismo impulsado por Trump y la progresión de la extrema derecha, se convierte en un antecedente y no una irregularidad de la política capitalista.

Desde los atentados de las Torres Gemelas se ha venido espoleando una tendencia en Estados Unidos en lo que se califica explícitamente como ‘fascismo en la Administración Trump’. Y es que se fortalecen cotas que producen inercias demoledoras, alzando barreras al ejercicio político que al menos intente escapar de sus patrones. El que Trump no complete su compromiso de ‘America First’, no es para nada intencional.

Para ser más preciso en lo fundamentado, constan dos testimonios que resultan categóricos para lo que trato de disertar y que se originan en el cuadro de la invasión americana de Iraq. Primero, el 7/III/2003, George W. Bush (1946-79 años) aseveraba poco antes de la operación: “no necesitamos el permiso de nadie”. O lo que es igual, la desestimación premeditada al derecho internacional que parecía enraizarse tras la caída del Muro, se esfumaba de un plumazo.

Poco más tarde, el 15/IV/2003, un alto funcionario de su administración lo confirmaba al New York Times: “tenemos que dejar en claro que no hemos venido solo para librarnos de Sadam. Hemos venido a librarnos del statu quo”.

Años después, nadie duda que bajo el pretexto de reivindicar la democracia, se intuía que en la República de Irak se exploraba hacer negocio. Ahora, Trump no se contraría ni en reservarse lo más mínimo, lo entrevé con una pirueta manifiesta a la hora de interpretar el curso fascista de un trayecto que hemos de continuar recapitulando y profundizando para comprender el presente.

Cuando Bush llamaba a los Estados Unidos como “el mayor poder” en el mundo, otros se interrogaban si este provenía de la ciudadanía norteamericana. Para él, en los organismos estatales existe un ‘surplus de poder’. Es decir, más autoridad, control o influencia de la necesaria o legítima, una pertenencia emergente que inunda los poderes democráticos de los que brota y aumenta desde la labor ejecutiva.

Por tanto, he aquí una autoridad estatal que disipa legitimidad sin omisión por medio del maltrecho y disgregado lazo representativo con el electorado. La crisis de la representación, lo que se distingue en teoría política, al menos desde las postrimerías de los noventa. Este poder estatal cada vez más desligado, tras la finalización de la Segunda Guerra Mundial y a espaldas del capitalismo y el entramado militar industrial, treparía a superpoder en el entorno de la Guerra Fría

El fundamento ciudadano del poder político decaería, imposibilitado ante la superioridad del ideal estatal estadounidense. Entonces, cabría interpelarse: ¿acaso fracasó la democracia? ¿O tal vez, naufragó el sistema parlamentario y constitucional establecido a la hora de reubicar un pensamiento realista y elemental democrático? En este aspecto, en vez de totalitarismo traspuesto, resulta más fácil señalar una oligarquía corporativa e imperial. Pero si se extrae esta enunciación conceptual, el conjunto de rasgos y modos de comportamiento oligárquico de la cultura corporativa se halla en el centro de Estados Unidos. Una pugna mordaz y descarnada, despiadada con los infortunados que se desenvuelve en la visión de la libertad de mercado y en atención a un prototipo jerárquico de resolución ejecutiva, asentado en el poder de dominación.

"A lo largo y ancho de la Historia, los estados vasallos exhibieron sus cartas de manera decisiva en la conformación del poder geopolítico"

Este ethos que detenta el control del poder buscando perpetuarse y favorecerse a sí mismo, lleva décadas potenciándose en Estados Unidos. La cada vez más descuidada reglamentación sobre las donaciones a las fuerzas políticas, hizo más determinantes a las grandes compañías en el rumbo de la política estadounidense.

La transformación del poder económico en política, parcamente sin antítesis, más la aglutinación de capitales, así como la intervención de los medios y plataformas digitales, lo dice todo.

A la par, la industria fósil remacha su influjo político, conquistando algo tan inesperado como adelantar la autodestrucción de la aldea global para desnaturalizar y dictar normas impensables, como si hoy en día se continuase a remolque de los viejos mecanismos imperiales con la toma del control del petróleo venezolano.

La confabulación e incluso participación directa en la Administración Trump de los principales oligarcas americanos, es una derivación a instintos que venían avivándose y entraña ese pasito gigantesco hacia el fascismo, fijando el nervio oligárquico y punzando las ansias imperiales, en una órbita adulterada que perturba de modo manifiesto el panorama internacional.

Ahora, la Europa que aún se describe de puño y letra y se proyecta supuestamente democrática, se muestra cada vez más visiblemente como un enemigo acérrimo o adversario fundamental de una figura política. Alguien que encarna la implicación más directa y persistente. De ahí, los soportes a adversarios interiores de la democracia, las fuerzas fascistas, así como el relance por la descomposición del proyecto común europeo, el desdén gradual en torno a Groenlandia, o el punto de vista en su último extracto de la Estrategia de Seguridad Nacional.

Mientras tanto, el gigante asiático (China) y Rusia son sus competidores de clase, con quienes intenta tratar localizaciones de influencia.

Con lo cual, el racismo institucional está servido y ha aumentado una marcha más, promoviendo un período de cacerías masivas y osadas con arengas expresamente supremacistas desde el propio Gobierno.

De este modo, se observa como el Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos alardea abiertamente en la red social X, anteriormente conocida como Twitter, con deportar y digamos que desterrar, a cien millones de individuos.

En consecuencia, visto lo desgranado en estas líneas desde los diversos derroteros y disrupciones comentadas, resulta ineludible conformar una Europa más unida e invulnerable, al objeto de confrontar las muchas arremetidas y exigencias de la extrema derecha trumpista, que ni mucho menos retrocederá en sus ínfulas. Así como un cambio de paradigma en el cariz defensivo, económico y político.

Considerado de otro modo, primero, restaurando lugares de cooperación internacional desbaratados por Estados Unidos; y segundo, rediseñando los vínculos en materia de defensa y seguridad. Ciertamente, con más y mejor democracia, desde la implementación de políticas que confieran críticas proporcionadas a los inconvenientes que sufre la ciudadanía y procurando alternativas al extremismo y las políticas reaccionarias.

No es baladí, no dar el brazo a torcer en este entresijo esparcido que problematiza la unidad. Como tampoco favorece el decaimiento y la ausencia del deber y la responsabilidad de los socialdemócratas europeos y el juego de palabras, cuando no sospechoso complot con las fuerzas de los partidos conservadores y sus líderes.

Finalmente, es más que incuestionable que el vasallaje no es la solución, sino la unidad junto a la firmeza y las aspiraciones alternativas, ante la coacción y el chantaje del proyecto imperial estadounidense que desenmascara la razón del afán desplegado en estos últimos trechos. Y quiénes se nieguen a brindarle pleitesía entrarán en la retahíla como contrincante del hegemón imperial.

En aras de los últimos hechos acaecidos y llevando a debate sobre su posible declive o adaptación en un mundo multipolar, un Estado o potencia que ejerce un liderazgo dominante sobre otro, no solo por la fuerza militar, sino también mediante el consenso cultural, ideológico y económico, establece sus normas y visión del mundo como universales. En la actualidad, los Estados Unidos de América, a través de su poder militar y cultural, aquilata la hegemonía como un liderazgo intelectual y moral que unifica intereses bajo su visión, conllevando dominación indirecta a través de instituciones y modos de vida.

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