Se cierra un año políticamente extraño. Que haya tantos diputados no adscritos significa que algo no funciona, pasar página por lo ocurrido es el mayor desastre para el buen funcionamiento y respeto de la Asamblea.
Poner el foco solo en las personas que se han ido es un grave error. Hay que mirar qué pasó en los partidos respectivos para que esto sucediera y qué responsabilidad han tenido los que manejaron unas siglas como si fueran las del patio de su casa, a su antojo e interés, queriendo que los representantes del pueblo fueran comparsas o, como me decía uno, el gato que venden en ‘los chinos’ que levanta la mano sin rechistar.
El galimatías presentado en la Asamblea no es nada positivo, representa las quiebras de formaciones en donde parece que el debate y la transparencia debidas se dejaron en un rincón. Las consecuencias son estas, partidos rotos.
En algunos como el PSOE se sigue echando en falta la renovación total, porque se quedaron a medias. En Vox, ya se sabe cómo se manejan, lo han hecho siempre, parecen gozarla en dictaduras personalistas.
Considerar lo que está pasando normal no es más que incurrir en una falta de respeto al ciudadano. Podemos terminar con más crisis, más abandonos, más quiebras y seguir pensando que todo esto forma parte de la política. Podemos, también, vivir engañados cerrando heridas en falso. Los que se fueron y los que se quedaron tienen mucho que decir en que esta Asamblea ya no la conozca prácticamente nadie.






