La concesión del Premio Convivencia a Amin Maalouf no es solo un reconocimiento a una trayectoria literaria excepcional, sino también una declaración de intenciones sobre el tipo de mundo que aspiramos construir.
En tiempos marcados por el ruido identitario, los populismos y la creciente polarización, el autor franco-libanés se ha convertido en una de las voces más lúcidas y necesarias para entender la complejidad de nuestras sociedades.
Maalouf ha dedicado su obra a desmontar fronteras mentales, a reivindicar identidades múltiples y a tender puentes entre Oriente y Occidente. Libros como Identidades Asesinas, León el Africano o El Desajuste del Mundo han acompañado a generaciones de lectores que buscan orientación en un planeta globalizado, incierto y profundamente interdependiente.
Su pensamiento, sereno pero firme, ofrece claves para comprender que la convivencia no es un ideal abstracto, sino un reto diario que exige empatía, memoria y un compromiso activo con la dignidad humana.
Que Ceuta, ciudad símbolo de encuentro y diversidad, otorgue este galardón a Maalouf resulta especialmente significativo. Su visión encaja de manera natural con los valores que defiende el Premio Convivencia: el respeto, el diálogo y la búsqueda de entendimientos que permitan superar desconfianzas históricas.
En su vigésima edición, el premio reafirma su vocación mediterránea y universal.
Y lo hace distinguiendo a un escritor que ha demostrado que las palabras, cuando se emplean para unir y comprender, pueden convertirse en auténticos instrumentos de paz.






