En los preámbulos del año 1925, el Protectorado español transitaba por un contexto de fluctuación y repliegue estratégico. De hecho, la Comandancia de Ceuta había consumado la retirada de Xauen y la de cientos de posiciones diseminadas, reuniendo las Tropas en torno a la denominada ‘Línea Estella’ que proporcionaba una defensa más duradera y mejor comunicada. Amén, que la Comandancia de Melilla afianzaba sus posiciones en la ‘Línea Sanjurjo’, con un frente más sólido y menos aventurado a posibles sobresaltos. Este restablecimiento, gravoso en vidas, impidió que el levantamiento rifeño causara un cataclismo comparable al de Annual (22-VII-1921/9-VIII-1921).
No obstante, el retroceso aparejó derivaciones negativas porque el prestigio de Abd el-Krim (1883-1963) se veía enardecido en las cabilas de Yebala y Gomara, dando la sensación de que España cedía territorio ante el empuje rifeño.
En paralelo, las reprobaciones políticas y periodísticas al Directorio Militar no remitían, aunque la actuación del Ejército se catalogaba de irreprochable. Me explico: a pesar de la amenaza enemiga y las pésimas condiciones meteorológicas, las retiradas se materializaron con rigor y se consiguió preservar a la mayor parte de las Fuerzas. Pero el marco imperante revelaba unas avanzadillas bereberes resueltas en un nivel de organización y movilización superlativas, llegando a concentrar 80.000 combatientes. Con la peculiaridad que de la cuantía anterior, 4.000 de estos individuos se encontraban incluidos como milicia regular. Y más aún, pertrechados con fusiles franceses Lebel, máuseres españoles apresados y considerable artillería y ametralladoras provenientes tanto del Desastre de Annual como de embates posteriores.
Además, con la premisa de apuntalar la República del Rif arengada por su líder carismático, estos grupos improvisados con proyección in crescendo, conservaban un engranaje defensivo con escalones de observación y guardias sostenidas frente a las vigilancias francesas y españolas.
Visto desde una instantánea el entorno hostil habido para los intereses de España, el Ejército permanecía reforzándose. Tal es así, que las Tropas Profesionales ampliaron su entidad de cara a las Tropas de Reemplazo. Conjuntamente, en este período se sumó un nuevo recurso de apoyo. Me refiero al mortero de trinchera que facilitaba a la Infantería un arma acomodada para deshacer las resistencias colindantes y mejoraba la interposición de la Artillería Ligera.
Dicho esto, el año inicialmente marcado en el calendario mostraba un cuadro cambiante: España amarraba líneas defensivas más consistentes en torno a las plazas de Ceuta y Melilla, pero el ingenio junto al desparpajo proseguían en manos rifeñas, cuya disposición militar y potencial de hostigamiento, proliferaban por doquier.
Incuestionablemente, la muerte de Raisuni (1871-1925) vigorizaba todavía más el realce de Abd el-Krim en el Rif Occidental, dejando al Ejército de Operaciones de África en una situación defensiva más necesitada y aguardando una maniobra resolutiva que invirtiese la marcha de la guerra. Claro, que en clave geopolítica, la Bahía de Alhucemas se concibió como un cordón umbilical que ensamblaba litoral y altiplanicie, comercialización legal y contrabando y representación del Sultán e influjo de los Caídes.
Por lo tanto, llevar la voz cantante era esencial para acomodar la Zona Oriental del Protectorado y sujetar de manera racional, la estampa de España en el tablero que Gran Bretaña y Francia conformaron tras el Acta de Algeciras (7/IV/1906). Esta composición tanto militar, como política y me atrevería a denominar, alegórica, ganaba enteros y desentraña a la postre que Alhucemas se erigiera en sinónimo de inconveniente del Rif y en indirecta de escapatoria permanente.
"Kudia Tahar, demolida pero no arrebatada, subsiste en el recuerdo para la eternidad, como un emblema de arrojo y firmeza en una de las campañas más peliagudas de la pacificación del Protectorado"
Adelantándome a lo que seguidamente fundamentaré, sobre el terreno, las Fuerzas Coloniales de España en Marruecos habían dispuesto una red de múltiples posiciones repartidas que salvaguardaran la inspección de la zona, muchas de ellas, en macizos empinados que apocaran una garganta o sendero. Pero el entresijo, por no decir, el atolladero, residía en que éstas se hallaban pésimamente comunicadas y a duras penas aprovisionadas y sin agua, a lo que habría que añadir que no contaba con una reserva adecuada para concurrir a las coyunturas adversas que se les instaran.
Ya en las primeras luces del 3/IX/1925, el máximo exponente del nacionalismo rifeño lanzó una acometida a la posición de Kudia Tahar, emplazada en Beni Karrich y a las puertas del macizo del Gorgues, únicamente a ocho kilómetros de Tetuán. El propósito de Abd el-Krim era apartar la atención del General en Jefe del Ejército en África, Miguel Primo de Rivera y Orbaneja (1870-1930), centrado en aquellos momentos en la planificación de la Operación de Desembarco en la órbita de la Bahía de Alhucemas, fijada para días más tarde.
De todos es sabido que Kudia Tajar configuraba por su localización, un blanco primordial. Su enclave fajado de recónditas depresiones se topaba en un saliente de la ‘Línea Primo de Rivera’ en la cabila de Beni Hozmar. El ataque no contuvo la Operación sobre Alhucemas, ni tan siquiera la pospuso. No obstante, durante diez intensos días diversas columnas tuvieron que dar lo máximo de sí para contrarrestar las embestidas de las harcas, e incluso echar mano de dos Banderas del Tercio y un Tabor de Regulares de Melilla preparadas para la ejecución principal de la acción.
Las unidades españolas a costa de significativas bajas, encaramaron el cerco y rescataron a los defensores que sobrevivieron a los incesantes asaltos dirigidos por Ahmed ben Mohammed el Hormari, conocido como ‘El Heriro’, Jefe de la cabila de los Beni Hozmar. Al fin, el 13/IX/1925, se atajaba la inminencia que existía sobre Tetuán, cuando todas las energías se enfocaban en la Operación Aeronaval.
Pero antes, el plan de repliegue sugería un reajuste de frentes desdoblando las Fuerzas Militares de Marruecos a líneas más inexpugnables. Lo cual, conformaría la disminución del número de efectivos y los supeditados costes.
La línea de defensa que escudaba Tetuán, se espaciaba por la izquierda del trazado del río Martín. En concreto, desde su confluencia en el litoral de Beni Madam hasta la franja de Bu-Dara, prolongándose por las poblaciones de Beni Salah y Quitzán. Y desde aquí, la línea coronaba las elevaciones del tortuoso macizo del Gorgues en una sucesión de puestos apostados entre las altitudes oriental y occidental. También, por el cinturón de las crestas de los Tazarines se ensamblaba a Kudia Tahar. Desde esta situación se ensanchaba por los Nator y la Hafa del Má (ambas palabras señalan lugares dominantes de una montaña), para conectar con Ben Karrich y rematar por el oeste, en los alrededores del río Hayera con la posición de Kudia Kaiton.
Lo cierto es que en este entramado defensivo, Kudia Tahar formaba la cúspide del ángulo agudo que temporizaba la ‘Línea Primo de Rivera’ o ‘Línea Estella’. Aunque la posición cuya hechura cuadrangular estaba abrigada por una muralla quebradiza, no estaba fraguada para soportar la sacudida de los explosivos de cañón. Al mismo tiempo, el procedimiento de repliegue implicaba vastos riesgos, porque en los movimientos de retirada las columnas se mueven como baluartes móviles y asiduamente son atacadas por la avalancha rival que se arroja tras ellas.
Al igual que de la extensión de Gomara hacia Yebala se constituiría la ‘Línea de Defensa’, el repliegue debía implementarse rebasando un área determinada por trabados quebrados, donde no quedaba otra que rebasar eslabones de cotas inacabables. Esto conjeturaba la posibilidad de formar guerrillas e incomodar a las columnas que se desalientan al no hallar adversario manifiesto. A la par, las guerrillas desenvueltas se hacen inapreciables entre la neblina, desmoralizando al soldado. Algo semejante como el método que los combatientes esgrimían en la Guerra de la Independencia.
Por lo demás, a criterio de diversos estudiosos, el cumplimiento del repliegue se improvisó y los pros y los contras no se evaluaron lo apropiadamente, originándose muchas víctimas. E incluso se dilapidó gran cantidad de material de guerra, al no emplearse el tiempo indispensable al planeamiento.
Sin lugar a dudas, el macizo del Gorgues en la cabila de Beni Hozmar, fue un quebradero de cabeza persistente, porque el filón rocoso y sus hondonadas eran una demarcación pertinente para que las harcas, primero bajo las consignas del El Raisuni y, posteriormente, con la aparición de los guerreros tenaces de Abd el-Krim, mantuvieran inquieta a la guarnición de Tetuán. Es más, en las alturas del Gorgues se ubicaba un núcleo duro de harqueños satisfecho por unos seiscientos individuos y en la zona de Yarguit y Beni Salah, por unos doscientos.
Conocedor de los apuros irrebatibles para los intereses españoles, con anterioridad se quiso librar del apremio imprimido por las harcas rifeñas los atajos del macizo. Para ello, primero, se dominó la Hafa del Tuab, altitud que bifurcaba las angosturas de Sequin y Busemlal; segundo, ya tomada se procuraba devolver el enlace entre el macizo del Gorgues con las colinas de los Tazines; y tercero, se ordenaron un conjunto explícito de puestos dilatados entre Kudia Tahar, el Gorgues y Ben Karrich, con la determinación de dejar la línea taponada y, a posteriori, en términos de abastecer sus posiciones por el interior.

Hay que recordar al respecto que Kudia Tahar figuraba entre el grupo de cordilleras junto a los desfiladeros contiguos, como un saliente inestable. Es por ello la insistencia de ofrecerle mayores garantías, asentando unos cuantos puestos para sanear la embocadura de los convoyes a su mismo corazón. No soslayándose que como recinto estratégico, si esta posición se desmoronaba resultaba cómodo para los asaltantes sobrepasar los puestos adyacentes. Asimismo, la protección de Tetuán obligaba aunar enormes refuerzos en detrimento del Desembarco de Alhucemas.
Por ende, el triunfo de los contingentes nativos, aun desechando el menoscabo material, enalteció en Gomara y Yebala la reputación de Abd el-Krim. Y tanteando el esfuerzo ofrecido, no se logró levantar una posición en Kudia Tahar y tampoco se selló el avance a las harcas, que sirviéndose de la severidad orográfica y la penumbra nocturna, penetraban en el macizo empinado y se enmascaraban explotando la sinuosidad del terreno para truncar las comunicaciones entre los puestos.
Queda claro, que dominar la estribación demandaba importantes recursos humanos y materiales. Y si en la operación del Gorgues se deshizo el torbellino de contendientes nativos, no se desalojó de la zona a los harqueños, que con destreza huyeron por las ramblas, escondiéndose en las aldeas circundantes donde los cabileños les fiaban su apoyo. Con lo cual, el escollo quedaba inconcluso y al dispersarse los rebeldes no se entendió como una amenaza previsible para Tetuán.
En tanto, la línea defensiva se adecuaba y en el esbozo afloraba Kudia Tahar como espolón defensivo, con el objetivo de imposibilitar que el contrincante se plantara en número desmedido en los montículos y con una retirada exenta de riesgos. Sin embargo, la intención no se cosechó y las partidas de harqueños entraban y salían sin obstáculos alguno vadeando el barranco de Assaden, cuya intrusión lo disponía Kudia Tahar. Consecutivamente, entraba en escena otra operación con la encomienda de consolidar de modo irreversible la conexión del macizo de Beni Hozmar con el de Beni Ider y con ello, interceptar la línea defensiva.
En pocas palabras: el guion radicaba en apoderarse de las elevaciones y bajar por los extremos a los valles del Quitzán y Háyera. Sin eludir, que la seguridad de Tetuán venía aparejada por tomar el Gorgues, la Hafa del Tuabs, la Hafa del Má y Ben Karrich, además de hacer valer el lazo mediante los puestos hasta enlazar con Quitzán. Debiendo armarse día y noche, Beni Salah, Gorgues Sur, la loma artillera de Ben Karrich y Kudia Tahar que nuevamente salía a la palestra, porque su ocupación se presumía fundamental.
Como se había proyectado el plan se cristalizó con la posición en Kudia Tahar, fortificándose y equipándola con cuatro piezas de artillería. Jornadas después se dejaron los blocaos situados en Dar Raid y el observatorio de Bu Zeitung quedó a merced de los harqueños. Obviamente, con la posesión de Kudia Tahar se contempló interceptada la línea, aunque el espacio a retaguardia no estaba sostenido, porque las turbas rifeñas accedían como pez en el agua de manera encubierta.
Cuando se adentraban las Tropas españolas en Tetuán y acababa en Larache la liberación de los puestos sitiados y la vuelta a las líneas marcadas, todavía quedaba por someter los focos de insurrección detrás de las líneas.
Llegando el momento cumbre de esta disertación, allende de imponerse sobre las bases insurgentes, el macizo del Gorgues se encontraba continuamente concurrido por partidas de combatientes rifeños, quienes incidían sin impedimento alguno por medio de la frágil ‘Línea Estella’. De este modo, hasta mediados de 1927 se daría por finiquitada el amplio período de pacificación en el Protectorado.
En las cercanías de la Operación del Desembarco de Alhucemas cuya organización encandilaba el interés general, al mismo tiempo que los inmensos recursos humanos y materiales empleados, no iba a pasar de largo en la mente de Abd el-Krim barajar un ataque sorpresa en la zona de Tetuán. Para concretarlo y provocar el máximo desbarajuste, el mando lo ostentó El Heriro, un guerrero curtido de la cabeza a los pies y ducho en cualesquiera de los recovecos habidos en la región, quien no tardaría en establecer su asentamiento en el collado de Dar Raid, donde a escasos mil quinientos metros de Kudia Tahar instaló una batería en la Hafa del Duira.
Era evidente que a juicio de varios estrategas, tras hacerse con Kudia Tahar, la maquinación de la acometida aspiraba quebrar la línea de los Nator y Tazarines, y por medio de los despeñaderos que conducían a Tetuán colarse en la cuenca del río Martín para poner contra las cuerdas la metrópoli del Protectorado español.
Aunque otros tenían la opinión que el móvil de la irrupción gravitaba en echar por tierra el frente por el ensanche de Assaden y atajando el valle del rio Hayera, partir la carretera de Tánger para incomunicar Tetuán de Ben Karrich. Esta última posición estribaba del desmoronamiento de Kudia Tahar y por ello, el brío de los levantiscos se volcaba en presionar a españoles y franceses a desistir al Desembarco de Alhucemas.
Con este colofón los rifeños hilvanaron una contraofensiva para que las Tropas Coloniales hicieran frente al acometimiento y así se eternizara en el tiempo la operación aeronaval, e incluso se diese el caso de que ésta se cancelara. A este tenor, resulta factible que los dirigentes del ejército cabileño supusieran que si conseguían demorar lo bastante la ofensiva, no demasiado lejos en el horizonte vendría una estación embarazosa para la navegación, debido al mal estado de la mar y de los vientos que se comprometían por las malísimas condiciones atmosféricas.
Y más aún, desde hacía días los informes de las Oficinas de Intervención, aparte de las indagaciones efectuadas por la aviación, indicaban el radio de acción de núcleos hostiles a lo largo de la línea occidental instaurada en el repliegue llevado a cabo meses antes. La referencia detectaba la orientación del ataque y corroboraba la existencia de trabajos de fortificación. Con todo, los Servicios de Espionaje no avisaron con la debida anticipación del modus operandi.
"El asedio de Kudia Tahar, aunque por instantes deslucido y empañado por la reverberación del Desembarco de Alhucemas, encarna la tenacidad llevada hasta los límites más insospechados y la entrega descomunal del Ejército de África"
Alcanzado el momento de la combatividad del corolario de cabilas satélites, con las primeras luces de la aurora, el 3/IX/1925, los cañones prorrumpieron en un fuego impetuoso y recio sobre la posición de Kudia Tahar. Desde Ben Karrich se distinguía el resplandor del furor de las descargas. Para verificar los efectos del ataque se ordenó a una compañía dirigirse al lugar, pero no pudo completar su encargo porque las harcas instaladas en el barranco de Assaden, le frenaban el avance por el fuego de fusil. Inmediatamente y con el ánimo de auxiliar y evacuar las bajas, se constituyó un convoy para ocupar los picachos entre el collado Vázquez y el Nator Principal.
Mientras se desencadenaban los peores augurios, una cifra pródiga de harqueños bien servidos en la pendiente peñascosa de la Hafa del Tuab, en camino al barranco de Assaden, empantanaron la progresión del convoy. Hasta el punto, de quedar forzado a mantenerse guarecido entre la poca espesura de la vegetación. La estrategia enemiga ambicionaba que tras hostigar y rodear la posición de Kudia Tahar, perturbar la ayuda a la guarnición, obstruyendo los únicos pasadizos de los despeñaderos de Busemial, Sequin y Mers, entre el macizo del Gorgues y Kudia Tahar.
Ni que decir tiene que las partidas de rifeños y gomarís burlaron con astucia cualquier atisbo del embate por medio de la penetrable ‘Línea Primo de Rivera’, sin ser descubiertos desde los sectores ocupados por la milicia española. Conforme el día avanzaba el escenario se dificultaba para los acorralados, puesto que el mando que conducía la batería pereció, además de unos cuantos soldados de artillería.
Con esfuerzo varios zapadores consiguieron infiltrarse y más tarde lo hicieron algunos artilleros. A un tiempo en el frente del Gorgues Sur se reunía una columna formada por tres mías de Mehala (compañías de infantería de la Mehal-la Jalifiana), una compañía de fusiles y una batería de montaña, además de servicios de transmisiones, municionamiento y sanidad. La oscuridad dio paso a una calma momentánea en el frente Vázquez-Nator, en el que las Tropas vivaquearon sobre las posiciones ocupadas. Si bien, las horas acaecían y las harcas batían de nuevo con fuego de cañón, ocasionando algunos fallecidos y enormes desperfectos en los armazones.
Era irrebatible que Kudia Tahar era vulnerable tanto por su estacionamiento como por la distribución cuadrangular de la defensa exterior, unido al entorpecimiento de enlace con las posiciones inmediatas de los Nator y Tazarines, en un contorno ideal para la encerrona a modo de ratonera y del atrincheramiento desde donde batir al contrario. Sin inmiscuir, los altos próximos de Dar Raid y la Hafa del Duira, convirtiéndolo en blanco directo para el fuego de la artillería.
Definitivamente, tras lapsos inagotables de virulentos estragos ante la horda de turbantes, las Tropas Coloniales superaron cuantos dilemas se entrecortaban para alcanzar Kudia Tahar, pero antes hubo de disiparse una decisión denodada: derivar dos Banderas del Tercio y un Tabor de Regulares coordinadas desde el frente de Alhucemas para romper el cerco y rehacer la zona.
La arremetida se inició con un monumental bombardeo artillero sobre los resguardos rifeños en Dar Gazi y Assaden. El tramo escabroso y frondoso problematizaba la marcha en los que resultaba vital tomar la delantera.
Por fin, el peligro quedó abortado tras días extremados de luchas cruentas que arrojaron un reguero de muertos y heridos, donde sus valedores extenuados y castigados como una apisonadora fueron salvados: la posición de Kudia Tahar aminorada a cenizas, opuso resistencia contra todo pronóstico. Y por si fuera poco, la abnegación de quienes allí estuvieron custodiándola entregando sus vidas, sofocó que los rifeños se aferraran a Tetuán y distrajeran las fuerzas críticas del Desembarco en Alhucemas que sin cambios prosiguió su dibujo operacional.
En consecuencia, el asedio de Kudia Tahar (3-13/IX/1925), aunque por instantes deslucido y empañado por la reverberación del Desembarco de Alhucemas, encarna la tenacidad llevada hasta los límites más insospechados y la entrega descomunal del Ejército de África.
Pese a sus lagunas, la línea ‘Primo de Rivera’ sería testigo que la persistencia de sus guardianes podía terciar la balanza en su favor. Si acaso, más allá del éxito táctico, este duelo a modo de prueba de fuego para las Tropas que sitiadas y sin esperanza de sostener el vendaval justiciero de un enemigo astuto, maniobrero e insaciable, pelearon hasta la consumación. Su consagración, no solo proporcionó que Alhucemas se realizara sin más percances, sino que discriminó el umbral del desenlace irrevocable de la guerra del Rif.
Kudia Tahar, demolida pero no arrebatada, subsiste en el recuerdo para la eternidad, como un emblema de arrojo y firmeza en una de las campañas más peliagudas de la pacificación del Protectorado, donde jamás se ultrajarían el socorro de las posiciones, como tampoco el asalto de la hoja incisiva de la bayoneta, o la infinidad de batidas e incursiones súbitas a las corazas refractarias.






