Hace unos días, un compañero de la facultad me hizo llegar la siguiente nota:
"El Vicedecanato de Prácticas no atiende a padres. Todo el alumno matriculado en prácticas es mayor de edad"
Universidad de Granada.
Todos atendemos al alumnado, todos debemos dar explicaciones, la ley apunta la posibilidad que puedan llevarse los exámenes; las garantías y los derechos de los alumnos están protegidos, como no podría ser de otra manera.
Recuerdo aquel curso en el que un alumno suspendió un ejercicio de lógica con un cero.
Le di el examen y me dijo: "Mi padre me ha dicho que todo está bien". Yo, ni corto ni perezoso le respondí: "Pues el mío me ha dicho que todo está mal, que venga tu padre y hable con el mío".
Y luego pasa lo que pasa, que en la universidad acuden algunos padres para reclamar las notas de sus hijos.
¿Qué sucede cuando los alumnos amenazan con la visita de sus progenitores o con ir a denunciar a instancias superiores por cualquier motivo? En mi caso les animo y les aliento a que lo hagan, que no lo duden ni un instante...es un derecho. También es nuestra obligación explicarles por qué no superan la materia, argumentarle los errores y facilitarles los instrumentos necesarios para asimilar lo que no se ha aprendido.
Muchos discentes se refugian en sus padres para resolver cuestiones que deberían resolver ellos. También nos encontramos a progenitores que no escuchan al profesorado, que creen a sus hijos radicalmente sin tener en cuenta las opiniones de los profesionales...que si le tiene manía, que es al único que le llama la atención, que otros alumnos hacen lo mismo y los aprueban, que él no es solo el que habla y siempre la toman con mi hijo, que si el profesor no sabe explicar, que sí patatín o si patatán. Estas situaciones se dan de cuando en cuando y nos quitan tiempo, energía y causan impotencia; lo que interesa es que aprueben.
Se quiere el éxito y somos incapaces de afrontar un tropiezo, plantarle cara y hacer un propósito de mejora.
Debilitar, quitarle autoridad a los docentes, guardar la imagen del hijo perfecto para disculparle haga lo que haga siempre, es un error pedagógico de incalculables dimensiones.
Los chicos se vuelven pequeños dictadores que no reconocen ni están dispuestos a asumir una amonestación, una llamada de atención, un cámbiate de sitio.
Hacen de una mentira una verdad, desautorizan a los profesores con discursos trufados de engaños que dañan al proceso educativo.
Si se copian te dirán que no se están copiando, si hablan te dirán que no están hablando, si están utilizando el móvil se lo esconderán con la habilidad de los magos que hacen desaparecer objetos, si mascan chicle lo negarán tragándoselo para no echarlo a la papelera.
Contar con los padres es imprescindible y fundamental, no dar pie a que los hijos se empoderen y lleguen a ser una caricatura de la educación.
Acabaremos con la educación si " des-educamos" sin seguir los principios básicos del respeto a la autoridad, al Magíster, a la negación sistemática de no aceptar lo que nos pasa para no asumir la carga de la responsabilidad.
Queremos enseñar a los que quieren aprender, queremos tener un proyecto común con los padres y estar trabajando con ellos codo con codo. Si no es así esto será la crónica de un fracaso anunciado.






