El crecimiento económico es un proyecto histórico del capitalismo. Difícilmente se puede imaginar una sociedad que no tenga como objetivo central el crecimiento económico. El problema es que el planeta es finito. Y si no llegamos a una economía desmaterializada, el crecimiento permanente provocará que en algún momento superemos la denominada “capacidad de carga del planeta”. A juicio de muchos expertos la hemos superado ya.
Estas constantes sobre el crecimiento económico, consensuadas como el gran objetivo de la economía de mercado, se sintetizaron perfectamente en el discurso del presidente norteamericano Harry Truman a finales de los años 40, en el que asigna un papel central a la aplicación sistemática del conocimiento técnico y científico para lograr el desarrollo económico y la paz mundial. “…Una mayor producción es la clave de la prosperidad y la paz”, nos decía.
Y en estas seguimos. No hay programa electoral que no hable de hacer sostenible nuestro crecimiento, pero que también insista en buscar el crecimiento económico. Aunque los negacionistas directamente buscan el crecimiento económico, sin prestar atención a la sostenibilidad. Como niegan el cambio climático y el colapso del sistema económico, lo tienen más fácil. Solo tienen que usar las recetas clásicas del capitalismo. Sin más. Aunque nos friamos a calor. Pero ¿es posible conseguir la sostenibilidad del crecimiento económico? Algunas personas piensan que sí. Le llaman modernización ecológica.
Para conseguir esta modernización, es importante recurrir al concepto de Impacto ambiental, desarrollado por Paul Erlich y John Holdren en 1974, que se basa en la idea de que el impacto total que la actividad humana ejerce sobre el medio ambiente puede descomponerse en tres factores fundamentales: la población, la afluencia (o riqueza per cápita) y la tecnología (entendida como el impacto ambiental por unidad de producto o PIB).
Este enfoque se sintetiza en la fórmula conocida como Ecuación IPAT, donde el Impacto (I) es el resultado de multiplicar la Población (P), la Afluencia (A) y la Tecnología (T): I = P × A × T. O también, Impacto ambiental= Población x PIB/persona x Impacto ambiental/unidad de PIB por persona. Por tanto, para reducir el impacto ambiental habría tres posibles estrategias. Una, reducir la población, o al menos su crecimiento. Otra, conseguir reducir el producto (PIB) per cápita. Por último, conseguir que cada unidad de producto suponga un menor impacto ambiental, mediante ecoeficiencia.
Una de las propuestas en esta línea es la del denominado “factor cuatro” de Weizsächer y Lovins, consistente en doblar el PIB per cápita en esa ecuación, pero dividir por dos el impacto ambiental mediante el uso de tecnologías e incentivos a la ecoeficiencia. Es decir, se produciría el doble con la mitad de los recursos. Sin embargo para que esto fuera posible, deberíamos conseguir que por cada unidad de producto nuevo, los desechos fueran inferiores a la unidad (“desacoplamiento”), o incluso que fueran cero, o que se redujeran (“desmaterialización”).
Las evidencias disponibles (Informe de progreso de los ODS 2024 de Naciones Unidas) nos indican que desde el año 2000 hay un crecimiento de la producción per cápita, con una reducción mínima de la producción de residuos por unidad de PIB. Es decir, hay “desacoplamiento”, pero sin “desmaterialización”. O lo que es lo mismo, somos más eficientes y producimos con menor impacto, pero la producción sigue aumentando (paradoja de Jevons).
Hay propuestas nuevas, como el decrecimiento sostenible, que surge como respuesta a los límites ecológicos del planeta y al fracaso del modelo de crecimiento económico tradicional para garantizar la sostenibilidad ambiental y social. Se basa en la idea de reducir de manera planificada y equitativa la producción y el consumo, priorizando el bienestar social y la justicia ecológica sobre el aumento del PIB. Los defensores del decrecimiento sostenible, como Nicholas Georgescu-Roegen y Serge Latouche, consideran que es necesario repensar nuestros sistemas económicos y culturales, promoviendo modelos de vida más austeros, colaborativos y respetuosos con los ciclos naturales.
Otra idea parecida es la del decrecimiento justo, que representa una evolución del planteamiento de decrecimiento sostenible, incorporando de manera explícita la justicia social como pilar fundamental. Esta propuesta, defendida por autores como Jason Hickel, Carlos Taibo y Luis González Reyes, sostiene que la reducción de la producción y el consumo debe realizarse de manera equitativa, garantizando que las cargas y beneficios se repartan de forma justa entre todos los sectores de la sociedad. El decrecimiento justo no solo cuestiona la lógica del crecimiento económico perpetuo, sino que también aboga por la redistribución de la riqueza, el acceso universal a los bienes comunes y la reparación de las desigualdades históricas y estructurales.
En la práctica, el decrecimiento justo supone priorizar políticas que aseguren una transición ecológica sin dejar a nadie atrás, como la renta básica universal, la reducción de la jornada laboral, la protección de los servicios públicos o la garantía del derecho a la vivienda. Además, enfatiza la importancia de la participación democrática en la toma de decisiones y el fortalecimiento de las comunidades locales, buscando así un modelo económico y social más inclusivo, resiliente y adaptado a los límites planetarios.
Parece que es una buena idea para combatir el cambio climático y facilitar la transición energética justa.







Quizás a mucho les suene muy bien "... priorizar políticas que aseguren una transición ecológica sin dejar a nadie atrás, como la renta básica universal, la reducción de la jornada laboral, la protección de los servicios públicos o la garantía del derecho a la vivienda." Pero, ¿quién paga la fiesta?