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Navegando

Por José Aureliano Martín
28/09/2025 - 04:25
Imagen cedida

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Como dije hace tiempo, estoy inmerso ahora en esta aventura de conocer las técnicas de navegación y obtener las licencias pertinentes. Para ello, después de un par de años estudiando, por fin llegué a la fase de Capitán. El examen teórico lo superé hace unos meses. Pero me faltaban las prácticas. Por esta razón, la pasada semana me embarqué, junto a unos compañeros, en el barco velero de nuestra academia, en una travesía hacia Melilla desde Motril. La hora de partida, según anotamos en nuestro cuaderno de Bitácora fue la de las 17:30h. del jueves. La de llegada a Melilla, las 9:30 h. del siguiente día. Es decir, 16 horas de navegación, a una media de 6 nudos por hora, de las cuales la mayor parte fue de noche. Y aunque las previsiones meteorológicas eran muy favorables, los inconvenientes e imprevistos no fueron pocos.

La primera parte de la travesía, hasta que empezó a anochecer y dejamos de ver la costa, transcurrió sin apenas incidencias. Estuvimos acompañados de simpáticos grupos de pequeños y juguetones delfines, que se acercaban a nuestro barco, saltaban por barlovento, o incluso nos cruzaban por la proa. En este punto ya se perdieron las conexiones de los móviles. Solo dependíamos de los sistemas electrónicos de navegación, que nos informaban del rumbo que llevábamos, y de los astros.

Cuando ya no disponíamos de luz natural, nos dispusimos a picotear algo y a charlar en cubierta. Fue cuando, tras los incipientes pontocazos del barco, aparecieron en algunos de nosotros los primeros síntomas de mareo. Esto nos obligó a realizar operaciones para “capear” la situación. La noche estaba cerrada y las nubes nos dejaban una ligera lluvia que nos obligaba a resguardarnos. Nuestra soledad en la mar invitaba a contar aventuras de piratas fantasmas que salían de los camarotes, de ballenas gigantes que atacaban a barcos solitarios, o de sirenas resplandecientes que aparecían en la cubierta. Todos sabíamos que no eran más que cuentos populares. Pero, en la oscuridad de la mar, alguno de nosotros sentía de vez en cuando algún que otro escalofrío.

Pronto, antes de la hora de cenar, previo al comienzo de los turnos de guardia, empezaron los primeros problemas. Estábamos cruzando lo que en el Estrecho de Gibraltar se llama la autopista del mar. Grandes barcos mercantes se dirigían al Estrecho, o venían de allí. Con nuestro sistemas de navegación podíamos ver, igual que los otros barcos, la situación de cada uno, su velocidad y el tiempo que tardarían en estar cerca de nosotros. En determinados momentos observamos que alguno de los barcos reducía velocidad, para facilitarnos el paso sin necesidad de otras maniobras, pues nosotros teníamos preferencia. En otros, pasaron por nuestra proa o por nuestra popa a muy escasa distancia. El más cercano fue un gran petrolero.

Superadas las primeras dificultades, nos pusimos a cenar. Fue cuando apareció una incipiente luna creciente. Como ya no estábamos cerca de ninguna costa, la contaminación lumínica era nula. Con las nubes despejadas, se mostró ante nosotros un hermoso cielo lleno de estrellas, en el que pudimos identificar algunas de las que figuraban en nuestros manuales de navegación astronómica. Fue una experiencia fabulosa.

A partir de ahí comenzaron los turnos y parte de la tripulación se retiró a descansar a sus camarotes. La primera guardia me tocó a mí. La habíamos establecido así, para que mi siguiente turno fuera a las 4 de la mañana, que es cuando suelo despertarme. Pero no fue posible estar solo mucho tiempo. Seguían cruzando grandes buques que se interponían en nuestra ruta y fue preciso que algún compañero se quedara conmigo en cubierta para estimar con mayor precisión la situación de estos y ayudarme a tomar decisiones.

Por fin llegó el momento de que me retirara a descansar. Pero no pudo ser. Al poco rato escuché que los motores casi se quedaban sin revoluciones. No sabía a qué se debía y subí a cubierta. El asunto era que ante el aumento de la fuerza del viento, se decidió desplegar las velas del barco en toda su amplitud. Esto nos hizo recuperar velocidad y alcanzar una media de más de 7 nudos. Sin embargo, la mar también se había puesto algo más brava y esto obligaba a navegar afrontando las olas de levante por la amura. También tuvimos que recurrir a los impermeables. En mi caso, volví al camarote. Pero un incidente mecánico, nada importante, me obligó a dormir con una mala postura, para evitar mancharme de aceite, que había salido mezclado con algo de agua, por una rendija del suelo del camarote. Poca cosa, pero muy molesta. El asunto es que no descansé apenas.

A las cuatro de la mañana comenzaba mi nuevo turno de guardia. El capitán instructor estaba literalmente derrotado. Me dijo que me quedaría solo al mando de la situación. Pero le pedí que, nuevamente, alguien me acompañara, pues los problemas de cruces de barcos, de viento y de mala mar, me hacían temer por el control de la nave. Fundamentalmente dada mi poca experiencia. En esta parte de la travesía, nuevamente aparecieron las nubes y la lluvia, lo que la hizo bastante incómoda.

Los griegos decían que “están los vivos, están los muertos y están los que surcan los mares”. No lo había entendido hasta esta experiencia de navegación nocturna. Quizá, como sugiere Claude Obadia en su libro “Pequeña filosofía del océano”, quienes se lanzan al mar buscan algo más que dominar las aguas: buscan en el vaivén de las olas un reflejo de la propia existencia. El océano, inabarcable y misterioso, simboliza la infinita apertura del ser, la invitación constante a la incertidumbre y el asombro. Navegar sus profundidades no es sólo enfrentarse a los elementos, sino aceptar que toda vida auténtica exige arrojo, renuncia al control total y humildad ante lo imprevisible. Así, el mar enseña que, lejos de ser dueñas de su destino, las personas se convierten en aprendices perpetuas del horizonte, dejándose transformar tanto por la calma brillante como por la tormenta indómita.

Lo que hasta este momento no eran más que interesantes lecturas de navegación, acababan de cobrar sentido con esta experiencia. Si en una distancia de poco más de 90 millas náuticas había acontecido de casi todo: lluvia, viento, oleaje, grandes buques que se interponían en nuestro rumbo, qué es lo que no podrá suceder atravesando el Atlántico. Pero sobre todo, he experimentado los lazos personales y de solidaridad que se dan entre los miembros de la tripulación cuando te enfrentas a la soledad del mar.

Evidentemente no pudimos dejar de referirnos al peligro extremo por el que pasan esos cientos de emigrantes, que en la búsqueda de un mundo mejor para ellos y sus familias, no dudan en arriesgar su vida echándose a la mar en rudimentarias embarcaciones, incapaces de aguantar un pequeño golpe de mala mar. Recordé a mi padre y a decenas de paisanos que cruzaron fronteras de forma clandestina en los años 60 hacia países europeos en busca de trabajo. Eran otras circunstancias, pero el mismo objetivo. Es importante no perder la memoria histórica.

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