Cuando ya parecía olvidado aquel conflicto, hemos podido reproducir la serie de televisión “Perejil, la guerra de no fue” que, con enfoque periodístico, explica acertadamente lo que ocurrió. Y aunque con el mismo título, un libro de Eugenio Garcés expone otra versión del problema radicalmente distinta. Pero es que con la serie de televisión citada, han coincidido noticias en internet sobre una similar Marcha Verde sobre Ceuta y Melilla, junto al oportuno renacimiento en Marruecos del “Comité para la liberación de Ceuta y Melilla”, algo antes detallado en el libro de Fernando San Agustín. Por ello, vale la pena recordar algunos detalles de la experiencia que tuvo lugar entre el 11 y el 20 de julio de 2002 en Perejil, hace ya veintitrés años.
Como España pertenecía a la Unión Europea y a la OTAN, la amistad con Estados Unidos entonces era real, existía un gobierno de derechas en Francia como en España, junto al Tratado de Buena Vecindad y Cooperación de 1991 con nuestro vecino del sur, todo esto había hecho creer a los españoles que era impensable una guerra a medio o corto plazo y menos con Marruecos. Quizás por eso se suprimió un año antes el Servicio Militar Obligatorio, se ajustó en exceso el presupuesto de Defensa, el servicio de reclutamiento voluntario se resintió y las Fuerzas Armadas aparecían ante el público en misiones internacionales de paz y no como una máquina entrenada para garantizar la defensa e integridad del territorio nacional, todo por una inocente política gubernamental.
Además, entonces se tenía el convencimiento en España que Marruecos era un país amigo, primero por las importantes relaciones económicas existentes, ya que el país magrebí recibía importantes ayudas españolas además de inversiones a través de 800 empresas, dinero de los inmigrantes y hasta electricidad a través del cable de Tarifa. Demasiados intereses comunes como para predecir un conflicto como el que tuvo lugar.
Pero no cabe duda que en la práctica, durante aquellos sucesos de julio de 2002, el Gobierno español actuó con una enérgica y única voz, los funcionarios de Exteriores cumplieron su misión perfectamente con la salida del Embajador en Marruecos que se hacía imprescindible y también gracias a la posterior actuación de la Ministra del ramo. Y desde luego las Fuerzas Armadas también cumplieron su misión con rapidez y eficacia, enseñando también a los jóvenes españoles que existían tropas de élite, lo que de paso fue una campaña publicitaria para la captación con posterioridad de voluntarios.
Con estos antecedentes, el Gobierno de España no debe tomar a la ligera los síntomas de problemas fronterizos varios y es necesario estar preparados para una posible marcha sobre Ceuta, de lo que también tenemos antecedentes. Porque causa vergüenza ajena noticias como la que publica El País del pasado 22 de agosto, cuando dice “Desbordados y sin medios adecuados para contener a los nadadores” refiriéndose a las fuerzas del orden de Ceuta. Y si esto es respecto a inmigrantes, qué ocurriría frente a una organizada Marcha encabezada por mujeres y niños. Pero es que sería preciso tener prevista también la intervención del Ejército con órdenes concretas y con lo medios adecuados, respecto a una invasión de esas características.







Si, en octubre del 75, Juan Carlos de Borbón, actuando de regente visitó El Aaiún, según creían algunos para dar ánimo a las tropas. Incluso se vistió de verde con la borla del "chapiri" al siroco.
Según supimos poco después, el viaje fue para ordenar el desminado de la frontera (unos kilómetros al norte) para que no hubiera accidentes entre l@s marchiverdos@s y se enfadara su hermano Hassan.
Lo de Perejil/Laila fue cosa de Trillo, que quería sacarse la espina de los 70 muertos de Turquía, de donde soplaba un endiablado Levante.