Los que vivimos en esta ciudad sabemos que los esfuerzos en cuestión de limpieza son grandes, sin embargo siempre llego a la conclusión de que no son suficientes.
Es difícil pasar por una calle y no apreciar que la suciedad es patente: envases de todo tipo, bebidas, bolsas de plástico o los residuos de las mascotas. Es evidente que falta mucha conciencia ciudadana y mucho civismo también. Será que les asalta la mente que,”ya sucio, qué importará más suciedad”.
Y sí que importa. La pasada noche, cuando me dirigía a casa, le dije amablemente a un grupo de jóvenes que comía pipas como si no hubiera un mañana tirando las cáscaras sin ningún tipo de pudor ni vergüenza, a la acera, que por favor no echaran las cáscaras al suelo, que los vecinos éramos los que nos encargábamos de la limpieza y eso sólo incrementaba nuestra tarea personal y la suciedad. Creo que si les hubiera hablado en suajili me hubieran mirado con menos cara de sorpresa...
En fin, para muestra un botón. Luego, sin que eso sea un motivo, me di cuenta de que no hay demasiadas papeleras en las calles y que los sitios más escondidos y reservados sirven de eso, de basurero, sin ningún tipo de clemencia y sin la sensación de haber hecho nada mal, que es lo que más preocupa.
Estas actitudes se ven a diario en muchas partes; tal vez en lugar de limpiar más, habría que ensuciar menos, pero ¿a quién corresponde enseñar habilidades cívicas a un ciudadano? ¿Quién le enseña a los más pequeños que el lugar indicado para una lata, un botellín o un papel de helado o galletas, o las cáscaras de las pipas, debe ir a una papelera o un contenedor?
Recuerdo cuando era más joven, que eran mis padres los que me indicaban que si no había dónde dejarlo de inmediato, que lo guardara en un bolsillo y que cuando viera una papelera, lo echara.
Es necesario reflexionar sobre nuestras calles y nuestro efecto individual y colectivo que tiene mantenerlas limpias, por todos.A mi antes me daba reparo decirle amablemente a mis vecinos que cuidaran un poco la calle. Será la edad o que yo, también, he perdido la vergüenza.






