Al salir de casa me he fijado en la cercanía de la luna menguante y Venus. Colgaban en el cielo, aún oscurecido, sobre el Monte Hacho.
Hoy he contemplado el amanecer desde el mirador de Isabel II. Una descendiente suya, la princesa Leonor, futura reina de España, descansa en el portaaviones “Blas de Lezo” atracado en el Muelle de España. No sé si se habrá levantado para disfrutar de la belleza del amanecer y de la estilizada figura de Ceuta. Supongo que, de estar despierta, estará pendiente de cumplir con ejemplaridad su rutina militar como cadete de la Marina. Espero que haya dispuesto de unos minutos para captar el tono dorado que envuelve a la ciudad en este segundo día de verano.
Como en las últimas semanas, el viento de levante nos deja una neblina húmeda y pegajosa que se adhiere a la piel y a las hojas de las plantas. El mar está en calma ante la ausencia de viento. Sobre su superficie plateada se extiende el ancho haz solar que, en este momento, coge altura e ilumina este elevado y privilegiado mirador.
El sol trae también calor y luz cegadora, además de devolverle los colores a la naturaleza. Yo estoy aquí para percibir estas sensaciones e intentar describirlas. En la naturaleza veo a Dios. Es una de sus formas de manifestación. Como dijo C.G.Jung en una de sus entrevistas que sirvió para la redacción de su biografía, “los peces, los pájaros, las plantas nos hablan de Dios. Y la montaña es Dios, el árbol también es Dios. En ellos Dios nos habla”. Nosotros, los seres humanos, somos el órgano de recepción, el perceptor. Según Jung “es el individuo el que hace consciente a Dios, existente y presente en nuestra existencia. Es por eso que Dios solo no es suficiente. Nosotros también somos necesarios, se necesita un individuo para la experiencia de totalidad. Deus est homo”.
Este amanecer existe cuando lo percibimos de manera consciente. Yo contribuyo a hacer este mundo, este lugar, este momento real. El mundo se convierte en realidad cuando nos hacemos conscientes de él. Un mundo que no es percibido, que no se conoce, que simplemente llega a existir, es un mundo inconsciente. Aquí radica la importancia de que el ser humano se vuelva consciente. De lo contrario, como advirtió Jung, “la divinidad sufre el estancamiento de la conciencia. La crisis de Dios conduce a una crisis en el mundo. Si no reconocemos en nosotros mismos, en la naturaleza y el cosmos a Dios, la humanidad perderá su razón de ser como órgano de percepción de la divinidad y será su definitivo ocaso”.
Restatuar el alma del mundo, ver en todo lo visible e invisible a Dios, requiere un estilo de vida simple y en permanente contacto con la naturaleza y el cosmos para comprender su significado y hacerlo consciente. Se necesita, en palabras de Jung, “una conciencia para dar sentido a la creación inconsciente, Sin embargo, los seres humanos pueden lograr esto sólo si entienden el lenguaje de la naturaleza, el lenguaje de los animales y las plantas. Entonces podría desarrollarse una cultura superior de la conciencia.
Son muy pocos los seres humanos conscientes de la función cósmica y divina que nos corresponde desempeñar en la creación divina. C.G. Jung lo expresó de manera muy elocuente cuando dijo que “en la naturaleza hay un enorme desperdicio de semillas, de potencial. Mira este peral, ¡Cuántas flores y cuántas semillas se desperdician! Lo mismo ocurre con los humanos: ¡Qué número tan ridículo de humanos hay y tan pocos que son realmente conscientes!
Una prueba de la estupidez humana la he tenido cuando paseando por la pista de la Lastra me he cruzado con un todoterreno a toda velocidad derrapando en las curvas y levantando una gran nube de polvo. Se me han quedado grabados sus rostros de estúpida satisfacción por la “proeza” de correr con un vehículo de gran cilindrada sin importarle la seguridad de las personas que transitamos este camino haciendo deporte o, simplemente, reflexionando sobre el sentido de la vida. En sus huecas cabezas no cabe otro deseo que lo que dictan sus inflamados egos y, mucho menos, sienten aprecio por la sacralidad y belleza de la naturaleza. Son un reflejo de la predominante mentalidad dominada por el ansia de poder, por el culto a la velocidad y al riesgo, como sustituto de las emociones serenas que aportan la contemplación de la naturaleza y el cosmos.
Es un sentimiento inoculado desde pequeño por las carreras de coches y motos, los videojuegos y, sobre todo, por las empresas automovilísticas en su afán por mantener e incrementar sus ventas. Los vehículos se han apropiado del espacio urbano y del entorno natural.
Mientras pienso en estas cosas presto atención a la gran variedad de formas de vida que tengo ante mis ojos. Incontables aves se acercan a la alberca y se posan en las ramas de los árboles y las adelfas. Petirrojos, mirlos, palomas torcaces, pinzones y herrerillos son los más frecuentes. Estos últimos se sitúan en el extremo de las ramas jóvenes y al doblarse por su cuerpo les sirven de columpios en los que divertirse un rato. Son los que más tiempo permanecen quietos en las ramas, lo que me permite fotografiarlos. El resto de las aves vuelan de manera frenética. No obstante, un verdecillo se ha acercado a poca distancia mía, como si estuviera observando mis movimientos para emitir un informe sobre mi presencia en este lugar. Ha debido concluir que no supongo ningún peligro para la comunidad de aves y, tras comunicarlo, los árboles se han llenado de pájaros. Yo me siento como si estuviera en el paraíso.
El viento ha cambiado de dirección y ahora es el poniente quien mueve las nubes. Al hacerlo ocultan y dejan ver el sol a intervalos. Cuando vuelve su luz las mariposas revolotean por el arroyo.
Los senderos que conducen a este lugar cada vez están más cerrados, lo que aprovechan las arañas para tejer sus trampas de hilo fino. Las grandes ramas de los acantos parecen espadas cruzadas que impiden acceder al castillo del Grial. Las zarzas me quitan la gorra, arañan mis brazos, enredan mis pies y agarran mi ropa para que pueda avanzar. Sólo quien conoce el camino llega a su destino.
El primer tramo está perfumado con la fragancia de los jazmines silvestre, pero llegar al centro requiere valor, coraje, paciencia y perseverancia.
Esta mañana en el campo, después de conocer el ataque de EE.UU. a Irán, me ha venido a la mente el siguiente pensamiento: “dale un martillo a un estúpido y no parará hasta encontrar un clavo que golpear”. Ya en casa he escuchado en la radio que la operación militar ordenada por Trump contra Irán la han llamado “martillo de medianoche”. Ha sido una sincronía muy fuerte. Cuando se presta atención a la voz de la naturaleza, ella te habla para transmitirte mensajes sobre el pasado, el presente y el futuro.






