El universo inagotable del colaborador ceñido en cuerpo y alma a la escritura, se caracteriza habitualmente por su destreza para la comunicación escrita, creatividad, conocimiento del lenguaje y la capacidad de investigación y organización consigo mismo. Asimismo, ha de estar capacitado para recibir cualquier tipo de críticas, como afanarse en trabajar de manera independiente y poseer una gran dosis de disciplina y perseverancia. Y me atrevería a añadir, sin buscar nada a cambio.
Pero en lo ignoto del entusiasmo de ese colaborador, siempre queda la premisa de esgrimir al máximo las potencialidades derivadas de la imaginación junto a la creatividad, para forjar historias, personajes y mundos atrayentes y seductores para los ilustres lectores. De ahí, que esa curiosidad que inicialmente era principiante, quede atrás y ahora surja la búsqueda inquebrantable por aprender cosas nuevas y así enriquecer, dignificar y mejorar la escritura junto a sus perspectivas, que obviamente requieren de tiempo, dedicación y esfuerzo, sin límites.
De igual modo, el colaborador ha de ser capaz de adecuarse a los estilos, géneros y formatos de las diversas técnicas narrativas, como de aferrarse al poder de la resiliencia para recuperarse de las frustraciones y fiascos derivados de los procesos de publicación, en ocasiones tardíos en su divulgación, ahí donde como humilde escritor y cautivado por la riqueza intelectual, aguarda con anhelo la conjunción de habilidades lingüísticas y conocimientos relevantes para por fin, ver cristalizada esa nueva obra que sale a la luz y conectar con la audiencia, que a su vez, se interroga e interesa por la disyunción entre una publicación y otra, cuando habitualmente éstas afloran encadenadas.






