Lo que ha pasado estos días en las oposiciones para profesores convocadas por la Junta de Andalucía, me ha hecho desempolvar una de las historias más terribles que sucedieron en la Alemania nazi.
Como escritor del "Cañonazo" la he intentado olvidar, sacarla inconscientemente de mi memoria para que mi mano temblorosa no se deslizara por el papel cometiendo cualquier falta ortográfica: un despiste, un acento, un punto y aparte, un baile de sílabas producto de la dislexia que me ocasionó el terror a escribir en cualquier sitio, a tomar lápiz y papel para dibujar ideas expresadas en palabras.
De los 12 a los 20 años tuve pesadillas terribles; una de ellas se reiteraba una y otra vez. Así se lo relaté a mi psicoanalista, discípulo de Freud, que tanto le impresionó que escribió una tesis al respecto:
Aparecía frente a un pelotón de fusilamiento formado por comas, comillas, corchetes, signos de interrogación y de exclamación, paréntesis, puntos suspensivos corchete, los dos puntos, el signo de interrogación y el signo de exclamación, puntos suspensivos. Las mayúsculas y minúsculas me apuntaban por todas partes. Las letras R, V, B, J, G, H, K, Y aparecían en los distintos pabellones repartidos por todo el campo de concentración.
La nieta de Edith Bruck, escritora y poeta que sobrevivió al Holocausto, famosa por sus relatos sobre la vida en los campos de concentración, me contó que el Ministerio de Educación del Reich existió desde 1934 hasta 1945 bajo el liderazgo de Bernhard Rust y fue responsable de unificar el sistema educativo del Tercer Reich y alinearlo con los objetivos del ideal nacionalsocialista.
Rust padecía disgrafía, trastorno de aprendizaje en la niñez que involucra deficiencias en las habilidades de escritura. Ello le llevó a obsesionarse por cualquier falta ortográfica del tipo que fuera. Diseñó uno de los métodos de tortura más terribles que conoció el holocausto: hacer escribir durante horas a los reos apuntándoles con metralletas. Cualquier falta ortográfica cometida era castigada con la muerte. Se tatuaba en la cara de la víctima el error cometido y las risas acompañaban la pólvora de las ametralladoras mientras la sangre se iba esparciendo en forma de H y de V.
Ese relato de Eutropia Bruck, la nieta de la escritora, colapsó cualquier idea de expresarme por escrito hasta que leí una cita de García Márquez: “Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revólver con revolver"
Así pude supera el temor a la distrigrafía. Es posible que en la Junta de Andalucía exista otro lugarteniente que se haya inspirado en Rust. Lo cierto es que cientos de opositores fueron “amasacrados” y echados a la cuneta para que no ejercieran como profesores, acusados de haber cometido el abominable crimen ortográfico.
La Orden de la consejera era clara: “no se pueden cometer herratas”.







Para un buen herrador de acémilas, el golpe debe de ser seguro y contundente, pues si yerra, puede recibir en sus propias extremidades, incluidas las centrales el acelerado metal y resultar amasacrado.
Me extraña por otra parte que unas consonantes tan usadas en España como la "Z" (confundida a menudo con la "C", la "X" y la "Ñ"). ¡Que xageración, leña al moño, que son de Logroño!