Autor: Juan Carrasco de las Heras

Mosquitos

Wonder Woman Wonder Woman es una película de superhéroes protagonizada por una mujer y dirigida por otra mujer. Sin la necesidad de catalogarla de feminista, que no lo es, el proyecto supone todo un ejercicio de normalidad y de acercamiento a nuevos tiempos, aunque lo paradójico es que el personaje es de los años cuarenta del siglo pasado, pero el caso es que se agradece ver a una chica con poderes que no sea familiar o versión femenina de algún Spiderman, Superman, Batman o Hulk. Habiendo opinado lo justo y necesario sobre el evidente tema, y centrándonos ya en lo cinematográfico, Patty Jenkins (la también directora de Monster) plantea una historia pausada, más preocupada de justificar los orígenes del personaje que de enfrentar a su protagonista con el enemigo, un tanto excesiva de metraje y sobredimensionada en lo épico-musical; eso sí, que mejora con mucho (fácil lo tenía, por otro lado), el despropósito de Batman vs Superman, en la que precisamente la breve aparición de Wonder Woman era lo único rescatable. Siendo comiquero de siempre, me reconozco de la rama marvelita, y no sé mucho más de este personaje que lo que me han contado en la película (una princesa amazona, diosa entre hombres, que se ve atraída por la necesidad de salvar al mundo de una guerra global, en este caso la Primera Guerra Mundial, aunque creo que...

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Fear the Walking Dead (La momia)

Remakes, reboots, secuelas, precuelas, spin-offs, todo muy “in”, todo muy “milenial” (o millenial, que por una l no vamos a renunciar a usar la palabreja en otro idioma). La excusa oficial para la alarmante falta de ideas en la gran industria del muy necesario cine de entretenimiento masivo, es acercar a las nuevas generaciones las memorables aventuras que han formado parte de las vidas de generaciones anteriores, y diversificar así los potenciales espectadores creando de verdad ese ámbito familiar en el cine. Bien está si logra el objetivo y aporta algo nuevo el hecho de contar una historia que alguien ya contó y que, si bien no puede decirse que el buen cine pase de moda, sí es cierto que tendrá más arraigo en alguien que empieza a ver películas si no se siente fuera de lugar. Se me ocurren numerosos ejemplos de historias refrescadas con el filtro de los tiempos modernos y la tecnología, o de segundas, terceras, cuartas o quintas partes (por no seguir contando lo dejaremos en cinco, pero todos sabemos que me quedo corto) que han salido más que bien, al igual que me vienen a la cabeza innumerables proyectos de caraduras que pretenden a base de dinero ajeno hacerse ricos fotocopiando algo que ya ha demostrado antes la aceptación del público. Así las cosas, que cada uno meta la cinta que sea en su...

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Marea baja

Piratas del Caribe: la venganza de Salazar Te das cuenta de que llega el calor y con él baja la marea de la temporada cinematográfica cuando miras la cartelera y te topas con alguna entrega de esa saga con ánimo de mucho lucro que es Piratas del Caribe. No falla. Pero que se dejen los blockbusters (no, no hablo de los Cazafantasmas, sino del cine taquillero de palomitas y gran presupuesto en general) para el verano, cuando uno tiene más opciones de ir a ver algo en familia sin agobios en época de asueto mental, no quiere decir que lo que se vea sea necesariamente malo, damos fe de que hay muchas excepciones. Lamentablemente La venganza de Salazar (Los muertos no cuentan historias en su título original), como su nombre casi indica, no es una de ellas. En este caso, el tal Salazar, interesante novedad interpretada por Javier Bardem con mayor presencia y empaque de lo que merece el personaje, no es un pirata, sino un capitán de navío español que cuando estaba vivo (ya le habrán visto el aspecto “poco saludable” al muchacho en el cartel anunciante) luchaba por erradicar de los mares los barcos de bandera negra que tanto daño hacían al Imperio. Pero apareció Jack Sparrow (ya ven, mundo anglosajón, los piratas son los buenos y los soldados españoles los villanos, no esperarían otra cosa, ¿no?)...

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El origen del bicho (Alien: Covenant)

Por el título de lo que están leyendo puede uno pensar que voy a dejarme arrastrar por homenajes futbolísticos a gestas cercanas, pero no es el caso; lo que nos traemos entre manos es otro tipo de homenaje, el que Ridley Scott se hace a sí mismo retomando (otra vez, tras la criticada Prometheus) con esta película el universo de Alien. La historia de la saga, para los despistados, es la siguiente: Scott en pleno estado de genio se sacó de la manga la mejor historia de terror psicológico de la historia del cine, aportando dos personajes icónicos y antagonistas como la teniente Ripley y el susodicho alienígena, y ahí se tenía que haber acabado el asunto, por bien que estuviese la secuela de James Cameron. Pero el tiempo pasa y la tentación de reverdecer laureles es demasiado grande y demasiado propia del ser humano. Así las cosas, en nombre de la pasta (de los fans, dijeron los creadores), esta maravillosa historia se convirtió en eso mismo, en una saga que acababa transformando el entretenimiento, la acción y la claustrofobia, todo a la vez, en reflexión filosófica creacionista con ínfulas megalómanas de los personajes en boca de su orgulloso director. La cosa funcionó en taquilla porque era el reencuentro de Scott con el personaje, pero esos fieles seguidores de la originaria que costearon la fiesta quedaron del todo insatisfechos...

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ROGER M007RE

Ha muerto James Bond. No me estoy refiriendo por supuesto al lozano Daniel Craig, el Bond actual, que goza de salud y edad para seguir luciendo morritos mucho tiempo. Tampoco hablo de Pierce Brosnan (el formal) o Timothy Dalton (el agresivo, el más fiel al personaje de las novelas de Ian Fleming). Ni siquiera ponemos el foco en el que dicen mejor Bond, el gran Sean Connery, que anda delicado de salud y jubilado, pero espero que aún nos dure mucho tiempo. El que el pasado día 23 de mayo nos ha dejado, víctima de un maldito cáncer a los 89 años de edad, es el rubio, el refinado y burlón, el que tomó el testigo precisamente de Connery siendo mayor que él y se convirtió en el actor que más veces encarnó al más famoso agente secreto. El británico Roger Moore (residía en Suiza desde hace unos años para pagar menos impuestos mientras presumía de británico orgulloso), se enfundó nada menos que siete veces el esmoquin con licencia para matar y ahora no ha podido vencer al único enemigo tan formidable como para poder con James Bond, el paso del tiempo y los estragos de la edad. “Ley de vida”, dirán muchos con resignación mientras no se trate de ellos, aunque no anden escasos de razón en la frase, nunca mejor dicho, lapidaria. Moore fue el tercer actor...

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Influencers (El caso Sloane)

Siempre he afirmado que el gran superpoder que cohabita con la Humanidad es el de influenciar/manipular/liderar a los demás. Fijémonos así en caudillos militares capaces de reavivar la moral de sus soldados antes de la batalla; podemos también señalar a personajes (influencers se hacen llamar, con una palabra inglesa todo queda más glamuroso) que se colocan delante de una webcam a relatar con detalle de qué estilosa manera se maquillan o abren una caja con un producto para que los demás lo compren masivamente y ellos se “ganen” un buen dinero de la marca patrocinadora. Nuevos tiempos y nuevas prácticas para el fundamento de la publicidad, que es el mismo que controla a los políticos y que estos usan a su vez para controlar a las masas a base de golpes de efecto oratorios, gritos literales en algunos casos, para arrastrar al populacho con los aplausos. Ya sé que se trata de una pregunta demasiado simplista y bastante cándida, pero ¿es de verdad posible que alguien vaya a cambiar el sentido de su voto por el hecho de que otro alguien le regale un llavero o porque le dé un fervorín de última hora? Casi prefiero dejar la cuestión en el aire y no obtener respuesta. El caso Sloane es una muy interesante película sobre cómo se mueven los hilos en el poder y una lección de política estadounidense,...

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La Historia es divertida

El Ministerio del Tiempo Mucho nos hemos empeñado a lo largo de los últimos años en alabar la incursión en la modernidad con un elevado componente de valentía del cine español. Hoy echamos la vista a la hermana ¿pequeña?, la televisión, que anda por los mismos vericuetos de transformación para gozo del espectador patrio y ajeno, que puede disfrutar de un amplio abanico de posibilidades seriéfilas desde el sillón de casa sin tener que saltarse automáticamente las producciones españolas. Se encuentra en capilla ya el estreno de la tercera temporada de El Ministerio del Tiempo, la serie creada por los hermanos Olivares. Vuelve la patrulla de estos peculiares funcionarios que mediante puertas se desplazan por diferentes rincones del espacio y del tiempo de la historia de España para solucionar alteraciones de acontecimientos relevantes. El propio Javier Olivares, alma mater del proyecto estrenado en su primera temporada en febrero de 2015, nos cuenta que esta serie pretende azotar dos de los males que afectan a la sociedad española, que no son otros que los de no saber apreciar la grandeza de lo nuestro y el de la ausencia de visión autocrítica. Con estos elementos de partida, bastantes toques de humor y grandes trabajos de casting y efectos digitales, los tres protagonistas, un policía de la época de la transición (Hugo Silva), una mujer muy adelantada a su siglo XIX (Aura...

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Por encima del padre (Star Wars: una nueva esperanza)

En 1977 (cuarenta años ya, ¡cuarenta!), George Lucas se las ingenió para sacar adelante un proyecto disparatado y suicida que el mundo del cine se tomó a broma, que descarrilaba de la senda establecida para el espectador medio y que contó con un presupuesto muy inferior al idóneo para mostrar el escaparate de este nuevo universo de posibilidades que se abría. Con todas las dificultades, las maquetas de modelismo, los efectos que ahora un ordenador convierte en ridículos pero que en su época rompieron moldes, los gazapos y el reparto de veteranos y jovenzuelos, Star Wars: una nueva esperanza logró ver la luz. Así las cosas, se rodó con la ambición y a la vez la inocencia de ser la primera de tres películas, sin tener remota idea de que, yendo ya por ocho entregas (y las que quedan), más que una saga habían dado vida a una religión. Como tal, una religión tiene seguidores (más o menos fieles, más o menos radicales, más o menos obsesionados), tiene adoctrinamiento (varias son ya las generaciones que repiten las frases mitificadas y reconocen a cada uno de los personajes), tiene sus fiestas de guardar y cuenta con una primera piedra que ha quedado sepultada por la magnitud de lo construido. Es así que George Lucas, el padre de todo, puso en nuestras vidas a Luke, Han Solo, Leia, R2D2, C3PO y...

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En su sitio

La noche del cazador En 1955 la sociedad en Estados Unidos transitaba por una depresión generalizada de lo más propicia para la irrupción de la primera (y a la postre, también última) película como director del grandísimo actor de cine y teatro británico Charles Laughton: se trataba de una retorcida fábula que bien podría recordarnos al cuento de los tres cerditos con un lobo espeluznante encarnado por Robert Mitchum en uno de los grandes papeles de su vida. El mismo actor reconoció años después que el icónico personaje del reverendo Harry Powell había sido el favorito de toda su exitosa carrera. La paradoja fue que la cinta supuso un tremendo fracaso de taquilla y crítica, tachada de galimatías aburrido de dudosa moral, y el desánimo de Laughton le llevó a no volver a dirigir nunca más (al menos para la gran pantalla, sí para teatro). El tiempo ha puesto a esta joya oscura y agónica en su sitio a la vez que nos otorga la perspectiva suficiente como para lamentar que ahí acabara la aventura tras las cámaras del realizador. Todo el reparto despide verosimilitud, y una trama simplona, inocente y que ahora podría tildarse de algo relamida (hay que hacerse cargo, eran definitivamente otros tiempos) crece en el paso firme de ideas claras del director, en la portentosa fotografía de Stanley Cortez, que pone los pelos de punta...

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Integrismos (Ghost in the Shell: El alma de la máquina)

Transitamos actualmente por la era cinematográfica de la adaptación del cómic, y eso tiene sus ventajas y también sus inconvenientes. Si uno es aficionado al personaje salido de las viñetas se verá arrastrado hasta las salas de cine, es esta la parte que hace frotarse las manos a los que financian el asunto, pero a la vez te cuesta mucho ver el producto con ojos de espectador sin hacer comparaciones provocadas por el fan interior. La imagen preconcebida puede nublar en no pocas ocasiones, para bien o para mal, el criterio de lo que vemos en la pantalla. Para gustos los colores, esto no es ni bueno ni malo, pero esta disertación inicial me ayuda a explicar la sensación que a veces tengo cuando veo a mis héroes de la infancia (muchos, soy comiquero irremediable) en carne y hueso y luego tengo que hablar(les) del trabajo de tal actor o cual director artístico. Pues bien, el manga no es lo mío y en el caso de Ghost in the Shell he podido ponerme con cierta y extraña satisfacción por una vez en la piel del profano; así las cosas, me encontré en el preestreno de la versión de la famosísima obra gráfica de Masamune Shirow rodeado por hordas de integristas del manga y el anime que marcó a una generación. Resultó casi un experimento sociológico el hecho de analizar...

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