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Y ese señor, ¿quién es?

El visitante que llega a la ciudad transitando desde el puerto hasta el centro urbano, dada su proximidad, a buen seguro se sorprenderá por la presencia de tantos personajes inmortalizados en sus respectivos bustos o estatuas con los que se va encontrando a su paso como si quisieran darle la bienvenida.

Todos se identifican en las leyendas de sus placas. La primera, majestuosa y presidiendo su rotonda, la de Enrique el Navegante, aunque con el pie de su rotulación prácticamente invisible, so pena de acercarse al conjunto, algo especialmente complicado por el intenso tráfico del lugar. Después, ya por las Palmeras, se cruzará con los clásicos: Estrabón, el geógrafo e historiador; el sabio Platón, el fundador de la Academia; su discípulo Aristóteles, el gran filósofo, lógico y científico; Homero, a quien se atribuye la Iliada y la Odisea; y con Pomponius Mela, el autor de De Situ Orbis, una ventana a la antigüedad clásica. Como digo, todos  perfectamente identificados con sus correspondientes placas metálicas, generalmente poco legibles por su material y tonalidad.
Llegará el viandante después a lo que los viejos caballas seguimos llamando ‘el Puente’, en recuerdo del Puente Almina, aquel que, como decía el recordado Juan Orozco, durante siglos se trató de eliminar, y tres décadas después de haberlo conseguido, en lugar de mantener y ampliar la preciosa plaza soterrando el tráfico, se optó por hacerlo de nuevo. Un privilegiado emplazamiento para el mayestático Hércules con sus columnas y sus siete metros de altura, el vecino de las reproducciones de la estatuas alegóricas en mármol de Carrara de los hermanos Nicoli, con su leyenda explicativa en su posición de separador de las columnas de Calpe y Abyla.
Y así podríamos seguir el recorrido a todo lo largo del magnífico paseo de la bahía norte con la estatua de la Constitución o las esculturas de Al Idrisi, de Josefy Ben Yehudi y Gandi.  Personajes hieráticos inmortalizados en bronce y perfectamente identificados, cada cual con su inscripción correspondiente.
Todos, menos uno, Pedro de Meneses, el de la imagen, el que en aquel lejano 2 de septiembre de 1415 comenzó a ejercer como primer gobernador de la Ceuta portuguesa, momento providencial en el que la ciudad logró incorporarse al mundo y a la civilización occidental. Personaje de obligada referencia en la historia local que durante 22 años rigió los destinos de esta tierra, hasta su fallecimiento, y bajo cuyo mandato surgieron nuestro Escudo, la Bandera blanquinegra, el Pendón Real y el Aleo, nuestros preciados símbolos de identidad aún en pie, además del desaparecido ceitil, la inveterada moneda ceutí.
La referida estatua, inaugurada el 2 de septiembre de 1998 en la Gran Vía, de la que nunca debió de salir y en la que ocupaba un lugar preferente, justamente como sucede con la de Sánchez Prado, hasta que se decidió trasladarla al arranque de la Marina, donde actualmente se ubica una zona infantil. Ciertamente no era el mejor emplazamiento para Meneses pero, al menos, sobre los azulejos de la columna en la que se asentaba el personaje rezaba el texto explicativo: “Don Pedro de Meneses, alférez del infante D. Duarte, conde de Vila Real y de Viana do Antejo, gobernador de Ceuta, 1415 – 1437”. Con la reciente remodelación del paseo, la escultura pasó a colocarse en el borde de la fuente del mismo, donde continúa, huérfana de la menor identificación y placa como bien merecería el personaje.
No es de extrañar la pregunta de muchos visitantes al encontrarse con ella. ¿Y este señor, quién es? ¿A quién representará esta estatua? ¿Acaso a la paternidad? No digamos los turistas portugueses, tan apegados a su historia como a la de la propia Ceuta, cuando al descubrirla advierten el mutismo al que se le tiene sumido, en contraposición con el resto del conjunto escultural.
La conmemoración del VI Centenario bien mereció haber dado a la estatua de Pedro de Meneses los honores que merecía. Pero el conde de Vila Real corrió idéntica suerte que la propia celebración oficial, acontecimiento al que se condenó al más puro ostracismo, para no molestar a determinados ciudadanos. Quién nos lo iba a decir, tiempo atrás, lo que habría de suceder. Es una espinita que tenemos clavada muchos ceutíes. Una más y así nos va. De momento, por favor, identifíquese también, cuanto antes y como las demás, insisto, la estatua de don Pedro. Tal olvido es imperdonable.

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