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La escuela como cortafuegos

Por Adrián González
22/11/2014 - 07:18
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A ciertas edades, y por el número de horas que permanece entre sus paredes, un menor puede llegar a identificar su centro educativo como una especie de segunda casa.

Los profesores se convierten entonces en testigos directos de comportamientos y síntomas, de ahí que el docente juegue un papel esencial en la detección, prevención y notificación de posibles casos de violencia y maltrato en el ámbito familiar. “Nuestra obligación en esos casos es siempre notificarlo”, se encargó de recordar ayer Sonia Casado, pedagoga y con años de experiencia sumados tras su paso por los centros ‘Clara Campoamor’, ‘Siete Colinas’ y ‘Abyla’, su destino actual. Suya fue la ponencia La importancia del docente en la sensibilización y detección temprana de la violencia en el ámbito intrafamiliar, una invitación al debate que aprovechó la presencia entre el auditorio de un buen número de los alumnos que se convertirán en breve en sus compañeros de profesión.
Esa inclusión del profesor en el engranaje que trata de blindar al niño frente a agresiones en su entorno más cercano se basa, según Casado, en tres principios básicos: sensibilización, conciencia crítica ante la lacra social y una marcada vocación de compromiso. De este triple punto de partida arranca la labor de vigilancia constante del profesor que, pese a todo, “no puede pretender manejar el problema por sí solo”. La actuación de un profesional de la Educación, pese a involucrarse, debe estar guiada según lo expuesto ayer por una “ruta, un protocolo que necesariamente marque el camino”. A partir de ahí, la receta de los pedagogos es “abrir los ojos, ver rasgos y síntomas entre los niños”, porque “aunque es imposible percatarse del cien por cien de los casos,  de un siempre vistazo se pueden percibir muchas cosas”.
Las sugerencias de Sonia Casado apuestan también por “escuchar y facilitar” la comunicación con el niño que se encuentre inmerso en un presunto caso de vejación a manos de padres o familiares cercanos: “Si el niño escoge a un profesor para contarle su experiencia, lo que le está ocurriendo, lo que está sufriendo en primera persona, siempre hay que oírle, no se puede obviar”. Otra herramienta imprescindible es el trabajo interdisciplinar, apoyarse “en compañeros para aportar entre todos una visión más amplia y que esté arropada por el resto de profesionales”.
¿En qué puede contribuir la escuela? Casado apostó durante su ponencia por actividades de prevención primaria, tanto para alumnos como para sus familias: desde talleres de reflexión sobre mecanismos de resolución de conflictos a charlas o elaboraciones de material didáctico centrado en esa problemática. También volcarse en la identificación de las casos de maltrato. “Ojo, sin imponer medidas, porque no es nuestra competencia”,  aclaró.

¿Hasta dónde?
Una de las grandes dudas, reconoció  la ponente, es dónde establecer límites en la implicación del profesor que detecta un caso de violencia familiar sobre un alumno. “Escuchamos frases como ‘me estoy metiendo en un marrón’ o ‘tengo que ir con pies de plomo’. Es verdad, pero hay que dejar claro que lo que podamos hacer lo tenemos y lo debemos hacer”, afirmó tajante. La denuncia pasará entonces a los organismos competentes.
Como pautas de actuación para el docente, Casado recomendó “estar alerta, porque lo que no se busca no se ve”, escuchar sin emitir juicios prematuros, mantener una actitud empática que permita colocarse en el lugar del otro, no tomar decisiones innecesarias ni obligar al niño a adoptarlas y, por encima de todo, acudir a la Policía cuando las piezas del puzzle coincidan y apunten hacia un caso real de maltrato. “Todos podemos denunciar, pero en el caso de los profesores, es nuestra obligación”, reiteró.

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