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Viejas lecturas

¿Te acuerdas de…?  Así, como por casualidad, mi hermano y yo comenzamos a recordar lo que leíamos cuando fuimos niños o adolescentes. Ya, de antes de la guerra civil, teníamos por casa los famosos “cuentos de Calleja”. Saturnino Calleja fue su editor, no su autor, como algunos creen. Muchos de aquellos cuentos, de pequeño tamaño, venían agrupados en unas curiosas cajitas de hojalata. También había algún raro ejemplar de “Gente Menuda”, separata dominical del ABC para los pequeños que se añadía, antes de la guerra civil, a los números dominicales.

En la inmediata posguerra, reapareció el inolvidable “TBO”, con sus “grandes inventos”, “El pequeño Rey” y aquella “familia Ulises” que tantos buenos ratos nos proporcionó. El “TBO” vino a dar su nombre, popularmente, a los “tebeos”, es decir, a todo tipo de publicaciones de dibujos. Ahora se dice “comics”, un innecesario anglicismo.  “Flechas y Pelayos”, para ellos,  y para ellas,  “Chicas”, fueron  revistas “del régimen”. Una editorial más o menos independiente sacó “Chicos”, donde destacaba cierto joven héroe llamado Cuto. Comenzaron a salir los “tebeos” de aventuras -”Juan Centella”, “Roberto Alcázar y Pedrín”, “Jorge y Fernando”- a los que, después, se incorporó “Flash Gordon”, héroe de origen norteamericano, precursor de las historias galácticas. “Hazañas bélicas”, “El guerrero del antifaz” y “El Capitán Trueno” son ya  posteriores.

Al principio, y en cuanto a novelas se refiere, predominaban las de la serie “Hombres Audaces”, cuya publicación reanudó “Biblioteca Oro” tras la guerra. Eran traducciones de obras norteamericanas, con sus inolvidables héroes Pete Rice, sheriff de “La Quebrada del Buitre”, y su ayudante Hicks “Miserias”; el aviador Bill Barnes, con su escuadrilla (Shorty Hadsfurter, Beverly Bates, Sandy Sanders); “La Sombra”; “Doc Savage”... En esta misma colección se sitúa el primer serio intento nacional sobre novelas del Oeste, “Tres hombres buenos” –un español, un portugués y un mejicano- escrita bajo seudónimo por José Mallorquí. Después apareció la colección de bolsillo “Rodeo” -novelas del Oeste-, muchas de ellas escritas por Marcial Lafuente Estefanía, a la vez que surgieron las “novelitas rosa” para lectoras, en las que destacaba, como autora, la célebre Corín Tellado.

En aquella época llegó a nuestras manos un libro didáctico escrito a finales del siglo XIX por Edmundo de Amicis y titulado “Corazón”, que incluye una serie de relatos cortos, entre los que destaca “De los Apeninos a los Andes”, la ahora popular historia de ese niño italiano, Marco, que, tras diversas peripecias, logra encontrar a su madre en Argentina, Pese a su antigüedad, se trata de una obra que, al enaltecer los valores humanos, la familia, la fe, la perseverancia, la amistad y el patriotismo, no estaría de más que la conocieran los escolares de ahora.

Más tarde salió un nuevo tebeo, “Pulgarcito”, con personajes tales como “Carpanta”, “El botones Sacarino” y “Las hermanas Gilda”. Fue un  terrible competidor del genuino “TBO”, sobre todo  cuando incorporó nada menos que a  “Zipi y Zape” y a  “Mortadelo y Filemón”, cuyas singulares aventuras han sido llevadas repetidamente al cine.

Como digno colofón a todo ello, apareció “El Coyote”, una larga y brillante serie de novelas escritas por el prolífico José Mallorquí, cuyo personaje central, en una doble faceta, era D.César de Echagüe y Acevedo.

Fui un precoz y ávido lector, y aún sigo siéndolo (me refiero a la avidez, porque de precocidad ya no me queda absolutamente nada). Nunca olvidaré cierta curiosa anécdota que me sucedió  cuando tan solo  tenía siete años, durante un largo viaje en uno de aquellos lentos trenes de la posguerra,  para asistir en Alcoy a la boda de mi tío Paco. Iba yo leyendo una novela policiaca de Biblioteca Oro, y llegando a su final pude comprobar, con el consiguiente enfado, que alguien había arrancado la última hoja, dejándome sin saber quien era el asesino. Protesté y mi madre me indicó por señas  que callase, señalando a mi abuelo, el cual  se hacía el despistado mirando el paisaje. Evidentemente, la dichosa hoja había tenido un trágico e infamante final, llevándose con ella, para siempre, el nombre del criminal.

¿Cuántos niños de ahora leen, por mero placer,  un libro?

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