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Las víctimas y cómplices del chantaje fronterizo como arma geoestratégica

El discurso de fondo de la crisis migratoria en Ceuta no puede interpretarse meramente desde la óptica de un fenómeno humanitario o fronterizo. Y es que en nuestros días, los flujos migratorios se han convertido en un mecanismo de presión geopolítica sobre el Reino de España y la Unión Europea (UE), aunque ya otros lo denominan chantaje geopolítico.

Ceuta, es un enclave español emplazado en el Norte de África a tan solo veinte kilómetros del sur de la Península y junto a Melilla, el otro enclave autónomo en límite con el Reino de Marruecos, son determinados en su condición política jurídica internacional, como territorios patrios de España.

Además, ambas localidades se encuentran dotadas de plena soberanía y por ende, con rehúso a ser reconocidas en algún estatus colonial. Al igual, que regiones que son parte exclusiva de la UE, convertidas en la única periferia comunitaria en el continente africano. Aun así, ambos territorios no se encuentran relacionados en el catálogo de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) como espacios geográficos irresueltos de descolonización.

Hay que recordar que en el año 1975, Marruecos, al mismo tiempo que ocupaba la circunscripción del Sáhara Occidental, actual República Árabe Saharaui Democrática (RASD), requirió expresamente al Comité de Descolonización de la ONU, la aceptación de Ceuta y Melilla en el cuadro de territorios pendientes de descolonizar. No obstante, el organismo denegó la petición y no tomó ninguna resolución al respecto.

En cambio, sí lo hizo con la zona del pueblo saharaui y con parte del área dominada, colonizada y su conjunto poblacional oprimido al quebrantamiento de sus derechos humanos.

Ha de quedar claro de una vez por todas, que España practica su dominio sobre Melilla desde 1497 y sobre Ceuta desde 1580, respectivamente. Esta última, es una superficie de diecinueve kilómetros cuadrados heredado de Portugal y refrendado en el Tratado de Lisboa de 1668. Se sabe que Marruecos no contempla la soberanía española y sostiene que estas ciudades son plazas ocupadas, basándose en los criterios de la adyacencia territorial o conexión física y la integridad territorial.

Asimismo, Ceuta y Melilla poseen estructura general de contención mediante vallas fronterizas con barreras que por aquel entonces, quedaron provistas de concertinas, alambres equipados con cuchillas dentadas que causaban incisiones profundas, fisuras y desangramiento traumático. Un dispositivo reemplazado a partir de las demandas y querellas de entidades humanitarias, por formas tubulares invertidas en la parte superior, a modo de mecanismo disuasorio que entorpece la sujeción e impide que los individuos trepen.

Dicho esto, en el entramado de la gobernanza global, el sumario fronterizo dejó de ser un escueto espacio geográfico delimitado con fines administrativos o políticos, para erigirse en un medio funcional de presión política. Así ocurre con los afanes de una urbe que observa con mirada hambrienta y de ensueño, un mínimo atisbo de entrar en tierra europea en pro de un mayor bienestar.

En el Magreb, la parte más occidental del mundo árabe, su política exterior ha afianzado una visión geoestratégica notoriamente encauzada a presionar a España, especialmente y Europa, generalmente, con el asunto migratorio, atajando o estimulando, según interese, el tránsito migratorio rumbo al Viejo Continente. De este modo, Rabat se vale de este procedimiento como una palanca de acción estratégica de negociación.

En este panorama incierto, los inmigrantes no son espectros con aspiraciones, ideales y metas, sino sencillamente monedas de cambio. Es más, algunos políticos consideran al pie de la letra que “la dictadura marroquí al servicio de Estados Unidos e Israel, chantajea a España y Europa, convirtiendo a su propia gente en carne de cañón arrojadiza”. Una apreciación que no se introduce de lleno en las políticas de los socios europeos, pues se valen de manera burlesca para sacar tajada de los sucesos sobrevenidos en Ceuta y así aplicar sus políticas taxativas a la inmigración.

Como quiera que sea, la monarquía marroquí utiliza igualmente no sólo la vulnerabilidad social de su población, sino también hechos políticos puntuales que apoyan su discurso colonial, como la presión estratégica.

Sin ir más lejos, retrocediendo en el tiempo y haciendo un alto en el camino en el año 2021, el secretario general del Frente Polisario y actual presidente de la RASD, Brahim Galli (1949-77 años), fue ingresado en la planta de Oncología del Hospital San Pedro de Logroño entre los días 18 de abril y el 1 de junio de 2021. Lo que desencadenó el enojo de la monarquía alauí que tuvo como desenlace la disminución intencionada de la inspección fronteriza en el perímetro de Ceuta. Y a la postre lo que resultó, de todos es sabido: más de diez mil individuos, de ellos jóvenes y menores de edad de clases vulnerables, franquearon a nado o a pie la barrera fronteriza.

Allende de ser un hecho que sobreviene sin causa externa aparente, este tipo de crisis es examinada en numerosas coyunturas por el artificio de Rabat como un revolcón político a la actitud española sobre el Sáhara Occidental, demostrando el ingenio de exteriorizar la integridad de sus ciudadanos como contrapartida de valores diferenciales en clave estratégica. Básicamente, conseguir que España explore las ínfulas de autonomía trenzados por Marruecos y los rugidos por el lobby marroquí del Sáhara Occidental, conforme a los empeños expansionistas de la monarquía alauí y no en base de tolerar los derechos de autodeterminación del pueblo saharaui.

“El chantaje de flexibilizar o propiciar el paso descontrolado de personas a modo de chivos expiatorios en las fronteras para forzar negociaciones geopolíticas, debilita la seguridad exterior y desata crisis humanitarias sin parangón”

Luego, es permisible desenredar en lo puntualizado un par de instrumentos de presión, que inevitablemente constata un régimen que manipula el flujo migratorio, como la marginación de los derechos y bienes básicos de su población e incluso las rencillas entre partidos en Madrid, como un medio de choque, táctica obstructiva e influjo de fuerzas extrarregionales, donde cerrar o abrir el grifo migratorio, amedrenta día y noche al bloque occidental con la política de habilitar el paso de un éxodo migratorio que se haga incontenible.

Primero, la válvula migratoria como negocio con la indagación de estímulos económicos para una monarquía que ha limado a la perfección una directriz de limitación a medida y según interese. Donde despliega y pliega cuando quiere, las compuertas de los flujos migratorios según sus requerimientos económicos e imperativos de la élite civil y militar que usurpa el poder en Marruecos. El caso es que Rabat reclama continuamente transferencias millonarias a la Unión, bajo el perpetuo ofrecimiento de incrementar la seguridad fronteriza.

Si se apilan los campos de colaboración bilateral del bloque comunitario con la nación magrebí, que aparte de seguridad engloban modificaciones estructurales, transición ecológica y servicios sociales, en los últimos años las subvenciones directas rebasan los mil quinientos millones de euros. A ello ha de incluirse los apoyos de Estados Unidos y el régimen israelí en sus aspiraciones de agrandar su esfera de influencia.

Es así, como la inspección migratoria actúa como baza de trueque que permite acorazar tratados de comercio pesqueros, en los que se incumplen los derechos del territorio ocupado, como sucede con los caladeros del Atlántico, utilizados ilegítimamente por Marruecos y buques pesqueros de la UE. Y por si no quedase aquí la cuestión, cuando la justicia europea o las decisiones de Madrid no benefician los intereses financieros del país magrebí, miles de personas son lanzadas a la frontera, por mar o tierra, como meras piezas humanas de un tablero desdibujado de ajedrez.

El eje principal es servirse de los miedos recurrentes de una Europa migrante por millones, en un tiempo no muy distante y en este momento convertida en un paraíso que no quiere ser arrollado.

Y segundo, he aquí una monarquía que esgrime su proceso de ocupación y colonización del Sáhara Occidental junto al componente de conflicto con la República Argelina Democrática y Popular. En este sentido, el objetivo principal del tacto de Marruecos es conquistar la validación internacional de lo ilícito, usurpando el territorio de un pueblo y mantener a su urbe bajo condiciones denigrantes en los espacios ocupados, mientras otra parte subsiste en situaciones dificultosísimas.

La RASD ha sido arrasada metódicamente en sus riquezas naturales, como la pesca y los fosfatos con el consentimiento explícito de actores europeos como Francia y España, vulnerando las resoluciones de la ONU inclinadas a determinar el referéndum de autodeterminación y cumplir los entredichos de desvalijar los recursos de un territorio ocupado. Como igualmente, registrar medidas deshonestas como la surgida en el año 2022, al secundar el proyecto de autonomía marroquí para el territorio saharaui.

Comportamiento no casual, sino producto del apercibimiento o advertencia gubernamental abordada con la aludida crisis migratoria de 2021. Un frente de batalla que incluye el antagonismo secular con Argelia por la supremacía territorial.

Por su trascendencia, hay que tener en cuenta que Argel, principal distribuidor de gas natural de España y socio tradicional de la RASD, es el rival principal de Marruecos en el Magreb.

Lo cierto es que cuando España bucea consolidar o restituir conexiones comerciales, energéticas y estratégicas con Argelia para proteger su suministro de gas, la monarquía marroquí entiende estas operaciones como un desafío a su posición dominante en la zona.

De esta manera tan perspicaz, desde Rabat, cada mínima aproximación hispano-argelino encarna una reactivación de las tensiones en los límites fronterizos de Ceuta y Melilla y en los derroteros del Atlántico en dirección a las Islas Canarias. Queda claro, que Rabat utiliza, aplica y asigna agudamente el amago de la manipulación deliberada migratoria, como contrabalanza para desalentar que Madrid amenice sus acuerdos energéticos, o bien defienda la imparcialidad de cara al entresijo magrebí.

Incorporemos a lo antes contrastado el ventajismo solapado en pragmatismo, con ocasión de los pronunciamientos discrepantes de España en espacios de reunión como cumbres, congresos, simposios o conferencias, con relación al genocidio contra el Estado de Palestina. Como a su vez, los adjetivados a que Estados Unidos acate el derecho internacional, o el no integrarse a las postulaciones de agresión contra la República Democrática de Irán, que equivalieron a insultos y reproches por parte de Donald Trump (1946-80 años).

Al pie de la letra y con pelos y señales, el presidente estadounidense refirió: “España es un aliado terrible en la OTAN. No participa, no paga. No quiero tener nada que ver con España. Corten todo el comercio con España, por favor, incluidas las visitas. No queremos tener nada que ver con ellos. Son mala gente, porque, como saben, todos los demás están pagando y trabajando (…). Hay un par de países más, pero especialmente España”.

En este contexto, tanto Washington como Tel Avic, auspiciados sagazmente por Rabat, hacen lo posible por minar la capacidad de proyección de Madrid. Obviamente, originar núcleos de conflicto limítrofe, cerca al Gobierno de España a centralizar su capital político en la resolución de crisis internas e incidencias bilaterales con Rabat y menos en la estrategia global. Este porte de Washington es de igual forma un contrafuerte a los sectores de la ultraderecha con posturas firmes, que tanto en Europa como en América Latina, personifica a sus propios intereses.

Llegados a este punto, las decisiones estratégicas y los acuerdos legítimos de Estados soberanos como España o Argelia, se contemplan supeditados frecuentemente por las pretensiones de Rabat, como una política de situaciones irreversibles que no resulta en vano y que cuenta con un sólido amparo de su mejor socio estratégico como es Estados Unidos bajo la administración de Trump.

A la luz de este paisaje sombrío hay que agregar el protagonismo sionista israelí en cuantiosos resortes de la nación magrebí. Principalmente, en el campo militar y de seguridad concerniente a la ciencia aplicada de seguimiento y espionaje, control poblacional y adiestramiento de los cuerpos policiales y del ejército.

A resultas de los Acuerdos de Abraham (15/IX/2020), Israel estableció canales de comunicación diplomáticos, tecnológicos y de asistencia militar en defensa y ciberseguridad con Marruecos. Véase el muro marroquí en el Sáhara Occidental de más de dos mil setecientos kilómetros construido en los años ochenta, que divide al territorio y separa la zona ocupada de la zona libre controlada por el Frente Polisario.


En definitiva, es una zona militar con búnkeres, vallas y campos de minas para sortear el retorno de los refugiados saharauis al territorio, contando hasta la fecha con el puntal tecnológico sionista.

El alineamiento y respaldo incontestable del gobierno norteamericano aferrado desde la segunda investidura de Trump, junto con el sostén del proxy israelí, han proporcionado al régimen alauí una energía potenciada en el territorio. Estos pilares le otorgan a Marruecos relegar, o si acaso, no tomar en cuenta, las resoluciones de la ONU sobre el Sáhara Occidental y las fuentes formales del derecho internacional.

En otras palabras: Marruecos, explotando su posición estratégica como punta de lanza en el Norte de África, inflige sus ansias expansionistas subrepticias, contraviniendo los anhelos de autodeterminación del pueblo saharaui. Y simultáneamente, exprime la autonomía política de sus más cercanos europeos.

A esta sinergia de correspondencias entre posturas (Marruecos, Estados Unidos e Israel), ha de añadirse a la ultraderecha que de manera vertical y atestada de doblez, empuña los deseos de miles de inmigrantes como método de socavamiento geopolítico. Toda vez, que este sector de corte extremista, en su elocuencia interna fulmina la inmigración irregular. Hasta el punto, de salir airoso del desconcierto fronterizo. Y lo hace intuyendo que erosiona el Gobierno de coalición, apuntando sus objeciones sobre la persona del mismo presidente, nutriendo su agenda electoral hasta sustentarla en la seguridad fronteriza.

Y en su razón de ser y triquiñuela oportunista, esta ultraderecha que de nacionalista esconde lo mismo que de respeto a lo que denomina juego democrático, lo que acomete es reforzar el nodo de contactos y acuerdos con Washington y Tel Avic. Podría decirse que concurre una evaluación precisa conjugada de modo transversal por intereses internacionales afines.

Por lo tanto, al atenuarse la línea de negociación de España en el Norte de África, Marruecos fortalece su papel como aliado estratégico en seguridad, inteligencia y contención en la región mediterránea, inducido por la tecnología armamentista israelí junto con el financiamiento y los sistemas de defensa norteamericano.

A pesar de que la argumentación interna de los sectores ultranacionalistas censuran firmemente en los distintos medios la inmigración irregular, la utilización partidista que definen de la vulnerabilidad fronteriza descorcha una visible e hipócrita paradoja utilitarista.

A día de hoy, la continuidad del laberinto migratorio en los enclaves de Ceuta y Melilla es dispuesto por algunas fuerzas políticas como una artimaña de deterioro metódico contra el Gobierno de coalición, dejando a este espectro político encaminar su arremetida discursiva en la figura del presidente del Gobierno.

Lejos de formular respuestas estructurales, este entorno de desprotección limítrofe es aprovechado para habilitar y cebar una agenda electoral rigurosamente ajustada en la seguridad.

Esta actuación pone de relieve cómo el nacionalismo de este sector flaquea ante menesteres de alineación global. El propósito latente reside en amarrar un soporte de cooperación y aprobación con los núcleos de decisión en Washington y donde Tel Avic se deja ver con más ímpetu. Así se conforma una concreción estratégica identificada por la correlación indirecta de alicientes internacionales que irradia el marco estrictamente doméstico.

Evidentemente, al decaer la visión negociadora y la soberanía de España en el Norte de África, Marruecos endurece su peso geopolítico como la contraparte imprescindible en materia de seguridad, inteligencia y contención en el Mediterráneo Occidental. Esta condición de gendarme regional se ve reforzado por el traspaso de tecnología militar y sistemas de defensa israelíes, seguidos del financiamiento y abastecimiento armamentístico americano.

La inercia estratégica de discordias territoriales, como es el caso de incitar divisiones sobre Ceuta y Melilla o el Sáhara Occidental, confirma cómo la colaboración entre los gobiernos de Estados Unidos, Israel y Marruecos, hacen valer las tensiones históricas para forzar a los países soberanos que no se alinean con sus designios.

Actualmente, las crisis migratorias asiduas cuyo carácter desproporcionado comporta una visible voluntariedad de coacción política, operan como la matriz irregular que incrementa la tríada entre Washington, Tel Avic y Rabat. Este acoplamiento no solo disloca las dinámicas territoriales en el Magreb, además de circunscribir la superficie del Sahel que conlleva la interposición de la República Francesa, sino que se fragua como un desafío pluridimensional de grave amenaza para la arquitectura de seguridad del continente europeo.

“Ha de quedar claro de una vez por todas, que España practica su dominio sobre Melilla desde 1497 y sobre Ceuta desde 1580, esta última heredado de Portugal y refrendado en el Tratado de Lisboa de 1668 y ambos determinados en su condición política jurídica internacional, como territorios patrios de España”

Esta terna concertada es una seria advertencia a la integridad y cohesión interna de los estados europeos. Las imposiciones retratadas a lo largo de esta disertación buscan agrietar los ajustes comunitarios europeos en política exterior, descentrando a esas sociedades entre avalar sin reservas las políticas de Washington y Tel Avic o unirse a ultranza en la defensa de los derechos humanos.

Defensa, valga la redundancia, que con ocasión de las vicisitudes irrumpidas en Ceuta, se transgredió y tuvo como alcance el fallecimiento de seres humanos que decidieron adquirir un punto de partida basculante hacia otras regiones geográficas que denotara un salto de vida considerable. Ello, con la convicción de que habían alcanzado el primer escalón que los transfiriera al edén europeo.

Hoy, quienes han visto catapultadas sus vidas y son manejados como piezas de un ajedrez geopolítico, se suman a los miles y miles que cada año alargan la cantidad de personas con proyectos malogrados.

En consecuencia, los inmigrantes no son solo almas con una historia a las que hay que dar voz. También son y a su pesar, peones en un gran juego diplomático. E incluso, monedas de cambio para intereses económicos y armas arrojadizas en las guerras de poder, donde inevitablemente existe un tejemaneje político y electoral tonificado con una aplicación geopolítica e híbrida.

La polarización ideológica donde los partidos utilizan el miedo, los prejuicios o la exageración de datos para acaparar a la sociedad, agita el debate migratorio y con ello culpar al adversario o movilizar bases descontentas, para finalmente condenar a la población extranjera de inconvenientes estructurales complejos, como el desempleo, la inseguridad o la crisis del estado de bienestar. Y en lugar de atender los retos sociales o humanitarios con rigor, gobiernos y partidos políticos usan a los migrantes como una herramienta de presión diplomática o confrontación partidista para obtener rédito electoral o económico.

El arma arrojadiza contra la integridad territorial como la acontecida en la Ciudad Autónoma de Ceuta, desenmascara el modus operandi de los flujos migratorios masivos y de sujetos vulnerables como medida de presión política o diplomática entre Estados. Y el chantaje de flexibilizar o propiciar el paso descontrolado de personas a modo de chivos expiatorios en las fronteras para forzar negociaciones geopolíticas, debilita la seguridad exterior y desata crisis humanitarias sin parangón.

En los tiempos que corren no es ni mucho menos una utopía, sino una realidad, que este enfoque politizado instrumentaliza la deshumanización para que las personas migrantes queden reducidas a meras cifras, peones o rehenes de intereses ajenos y vulnera el derecho internacional y los derechos fundamentales.

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