¿Quién es realmente Ibrahima Tule?, ¿se trata de un inmigrante más o, por contra, es el vivo ejemplo de quien se camufla detrás de su fachada para comerciar con personas pilotando semirrígidas? La Sección VI de la Audiencia Provincial de Cádiz en Ceuta tendrá que poner la respuesta más acertada a estos interrogantes, ya que la libertad del guineano Ibrahima está en juego.
El Ministerio Fiscal le pide nada menos que 18 años de cárcel: ocho por favorecimiento de la inmigración, al considerar que era el patrón de una embarcación que, cargada con 30 subsaharianos, terminó hundiéndose el 16 de septiembre de 2013 frente a Punta Almina. Y los diez restantes por cinco homicidios por imprudencia: uno por el cadáver que fue hallado ese mismo día amarrado a la embarcación y los otros cuatro, los que se corresponden con las cuatro personas que nunca fueron encontradas y que presumiblemente habían caído al mar cuando la semirrígida naufragó. Para el Ministerio Público está claro que Ibrahima no era un pobre inmigrante víctima de aquel trágico naufragio sino que era un gomero más, como verificó la Guardia Civil.
La Defensa de este inmigrante, que se encuentra en prisión preventiva desde los hechos, insiste en que el único error que ha cometido el guineano es el de haber tenido el arrojo de tomar las riendas del timón cuando la embarcación empezó a zozobrar. El letrado Jorge Martín Amaya, que defiende los intereses de este inmigrante, solicitó la absolución de su patrocinado a quien encuadra en el grupo de los inmigrantes que son víctimas de un sistema del que se benefician los auténticos verdugos.
Enfundado en un chándal negro, Ibrahima recordó con detalle cómo fueron los momentos de una madrugada trágica en la que la embarcación que ocupaba con otros 30 compatriotas terminó siendo tragada por el mar. Habían salido de Marruecos, previo pago de 1.500 euros por cabeza. Todo con el único fin de llegar al otro lado. Pero aquella madrugada el resultado no fue el esperado y terminó convirtiendo aquella expedición en una de las más trágicas de entre la ristra de travesías frustradas que bañan las costas ceutíes. No ayudó, tampoco, la excesiva carga que soportaba la embarcación.
“Estábamos cerca de Ceuta. Entonces vimos una luz, después escuchamos tiros y la gente se levantó. Empezaron a caer al agua... se cayeron muchas personas... nadie se ocupaba del motor, existía el riesgo de que la embarcación se estrellara... Había una embarazada, tomé la decisión de hacerme con la embarcación para salvar a todos”, explicó en francés, ayudado por un traductor. Entre la tripulación, aseguró que estaba su hermana, que la escuchó gritar. Ibrahima se defendió argumentando que si incurrió en algún delito fue el de tomar la decisión de hacerse con la dirección de la embarcación ya que tenía algo de conocimiento sobre su manejo.
“Había gente que llevaba chalecos, pero otros no”, recordó. Los inmigrantes rescatados declararon que cinco compatriotas habían caído al mar, solo se encontró el cuerpo de uno y porque su pierna había quedado amarrada a la nave. Ibrahima recalcó que había otra persona que sí era el patrón, que le vio maniobrar pero que tras ponerse todos en pie al llegar la Guardia Civil, ya no supo más de el. Estuvo pilotando unos diez minutos, haciendo poco más que remolinos, la gente ya estaba en el agua. “Yo he venido como todos los demás, no he cobrado nada como patrón”, aclaró.
La versión de este inmigrante choca con la que mantuvieron en Sala los dos únicos agentes de la Guardia Civil, adscritos al Marítimo, que acudieron a declarar. La sombra de Ibrahima, guineano, con un periplo clandestino a sus espaldas hasta conseguir llegar a otras tierras, se torna en otra bien distinta. En la de un delincuente más que tiene algo a su favor: es subsahariano y por tanto puede camuflarse a la perfección entre los demás compatriotas.
El primero de los dos agentes de la Guardia Civil que declaró manifestó que “si no llega a ser por nuestra actuación hubiera habido más muertes”, recordando en concreto el caso de una mujer “a la que mi compañero salvó”. No pudo ni él ni el otro agente que intervino en el operativo, el segundo en testificar, hacer lo propio con “cuatro bultos humanos que flotaban en el agua con clara pinta de estar cadáveres” porque “nosotros nos centramos en rescatar y atender a las personas que estaban en la embarcación y que presentaban síntomas evidentes de hipotermia, nerviosismo y miedo”, indicó.
Acerca de por qué actuaron “a unos 400 metros” de la costa de Ceuta y no en zona más próxima, lo que hubiera podido facilitar el operativo, el guardia civil aseguró, tajante, que “si hubiéramos tardado se habrían producido más muertes”. Además, hizo hincapié, sólo en primer momento, puesto que luego, a las respuestas de las preguntas planteadas por el letrado de la Defensa, Jorge Martín Amaya, se desdijo, que “dimos aviso a la embarcación de que frenara mediante señales acústicas típicas policiales y también luminosas, no utilizando material antidisturbio”. Sin embargo, tras solicitar Martín Amaya que el presidente del Tribunal leyera un extracto del informe redactado y firmado por el propio agente (y por su compañero), texto en el que se aseguraba que sí se habían lanzado ese material al agua como medida de alerta, el guardia civil dijo entonces que “sí, que así fue”. “¿Es más probable que recordara mejor sólo unas horas después del suceso que hoy (por ayer), un año y un mes después?”, incidió el letrado, quien obtuvo la respuesta que esperaba: “Sí, ahora no me acuerdo igual de bien; firmo lo que pone el atestado”, zanjó el guardia civil.
Respecto al otro agente de la Benemérita, cabe destacar que, en líneas generales, coincidió con el relato realizado por su compañero, sólo con la excepción de que él “no” vio a “ningún bulto flotando al llegar”, y añadiendo también que “las condiciones de la embarcación no eran buenas, porque estaba atestada de personas y los flotadores estaban pinchados”; que “cualquier persona no puede manejar una embarcación a motor”, en alusión al hecho de que el acusado no poseía en el momento de los hechos de licencia alguna como patrón; que “más cerca de la costa hubiéramos corrido más peligro porque había más oleaje, si bien la mar estaba calma”; y concluyó, al igual que hizo su compañero, y así secunda el Ministerio Fiscal en su escrito, elogiando la labor y actuación de la Guardia Civil “porque, de lo contrario, la tragedia hubiera sido mayor”.
Ambos agente reconocieron al acusado “sin lugar a dudas”, como el hombre al que identificaron al mando de la embarcación el día de los hechos, y confirmaron las precarias condiciones en las que viajaban los integrantes y el mal estado de salud y ánimo que presentaban.
A través de una videoconferencia, se contó con la declaración de quien era en esos momentos el patrón de la embarcación de Salvamar que acudió al lugar, por entonces la Gadir. Dijo que cuando llegaron al lugar se toparon con la embarcación boca abajo, semihundida y que la misma fue localizada a unos 18 kilómetros de Punta Almina. El aviso inicial situaba dicha tragedia solo a 650 metros de la costa, pero las corrientes pudieron provocar que al final el centro de actuación fuera otro mucho más lejano.
El patrón de la Salvamar confirmó que el cadáver fue hallado amarrado a la embarcación y que de no haberse quedado así, se hubiera hundido y jamás hubiera aparecido. De hecho, dijo, no se encontraron más cuerpos. Cuando la Gadir llegó, el rescate ya lo había llevado a cabo la Benemérita.
Madrugada de miedo, muertes y rescates
La madrugada del 16 de septiembre de 2013, la Guardia Civil resolvió uno de los rescates más complicados y trágicos de los ocurridos recientemente. En las inmediaciones de Punta Almina, una embarcación cargada de inmigrantes estaba a punto de naufragar. Semihundida, varios de sus ocupantes habían caído ya al mar.
En la edición de El Faro de aquella jornada y posteriores, se informó de los dispositivos organizados para intentar localizar a los inmigrantes que, según los rescatados, habían caído al mar. Dijeron que eran cuatro, al margen del cadáver que fue rescatado amarrado a la embarcación.
A pesar de que durante dos días se estuvo rastreando la zona, nunca más se supo de los cuerpos ni de sus identidades. Los que sí se salvaron fueron ingresados en el CETI. Algunos ya ni se sabe dónde están, porque al poco de llegar escaparon por vías ajenas a los cauces oficiales. Otros fueron trasladados a la península, como parte de las salidas regladas.
Ahora, la Audiencia trata de dilucidar qué pasó aquella noche para concretar quién es el responsable de esa travesía que terminó así. Después de este servicio, la Guardia Civil hizo al menos otros tres más en los que se repetía el mismo esqueleto: grupo de subsaharianos que son introducidos en Ceuta a bordo de una embarcación que es pilotada por otro subsahariano. Las investigaciones del Instituto Armado llevaron a dar con pilotos camuflados que nada más cruzar a Ceuta intentaban su regreso por la frontera. Signo inequívoco de que eran pasadores y no inmigrantes.
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