Hoy es licenciada en Historia, habla cinco idiomas y ejerce como portavoz de la institución. A las 20:00 protagoniza una charla en el Templo Hindú.
–Su vida está vinculada desde hace décadas a la Fundación Vicente Ferrer. ¿Se entendería la lucha contra la pobreza en la India sin esa organización?
–Vicente Ferrer empezó a trabajar en 1969 en la India en proyectos de desarrollo integral, proponiendo cambios en campos como la educación, la mujer, la ecología, la atención a los discapacitados, la sanidad, la vivienda... Él dio los primeros pasos, empezó todo, y ahora estamos presentes en 3.000 pueblos atendiendo a más de 3 millones de personas. Si no estuviera la Fundación la pobreza sería aún mucho más pobreza, tendríamos más. Lo que hacemos es dar a muchas familias una posibilidad de desarrollo, de salir de ella.
–¿Qué queda hoy de su legado?
–Él fue quien dio forma al proyecto de la Fundación, el gran creador. Ahora no está físicamente, así que los trabajadores aún tenemos más responsabilidad. Vicente nos guió, nos enseñó el camino, y ahora nos tenemos que encargar de aumentarlo más para llevar su sueño adelante. Él vive aún en nuestros corazones. Eso exige que estemos más comprometidos, como lo están su mujer Anna y su hijo Moncho, y los más de 2.000 trabajadores.
–¿Su historia personal de superación encarna el principal objetivo de la Fundación?
–Sí, porque yo pude estudiar con ayuda de la Fundación, en la que mis padres trabajaron desde el principio. Gracias a esa ayuda mi vida fue diferente: habría sido imposible estudiar y formarme sin ellos, así que sólo puedo decir “muchas gracias”. Mucha gente como yo tiene ahora la oportunidad, con apoyo de la Fundación Vicente Ferrer, de tener sus estudios, de cambiar sus vidas, de tener otra mentalidad.
–¿Cómo era Vicente Ferrer en el trato directo, en lo personal?
–Vicente era especial. Lo notabas simplemente con su mirada, con su cariño. Cuando veía a la gente, tocaba, preguntaba cómo estaba la familia... Esa sensación no la podemos olvidar.
–En un país gigantesco de más de mil millones de habitantes, ¿los derechos básicos de un niño que hoy nazca en la India dependen de la zona o la familia que le toquen en suerte?
–Los que nacen en Anantapur, donde está la Fundación, son más afortunados que los de otras zonas. Estamos trabajando desde hace muchos años para ellos, para que tengas estudios, para que puedan acceder a la sanidad, a la vivienda. Todo esto ha provocado un cambio, que la gente tenga más esperanza en el futuro.
–En los grandes foros internacionales se augura que la India, como China, será una de las grandes potencias económicas del futuro. ¿El supuesto progreso se está construyendo una vez más obviando la igualdad social?
–Seguro que sí. El problema es que en la India la mayor parte de la sociedad vive en el mundo rural, casi un 60 por ciento. Llevar el desarrollo allí cuesta tiempo. En un país tan grande tardará, pero llegaremos.
–En España llevamos años enredados en la crisis. ¿Es minúscula comparada con la que sufren países donde ni siquiera la supervivencia está garantizada?
–Es cierto que hemos escuchado mucho hablar de la crisis de España. Se ha notado en la reducción de fondos, pero el compromiso de la gente española no se ha notado. La mayoría de la gente esta comprometida con la Fundación y gracias a ello podemos trabajar. La solidaridad española es muy importante y nos permite abarcar muchas más zonas.
–También se ha popularizado aquí el concepto “casta”, uno de los poderes fácticos de su país...
–Sí. En las comunidades de la India hay categorías, como los sacerdotes, los comerciantes, los diferentes oficios... Nosotros trabajamos, por ejemplo, con los llamados intocables, que no tienen acceso a todo. Eso está arraigado, pero seguro que saldremos de ello. Tardará mucho tiempo porque somos un país de 1.200 millones de habitantes en el que cada estado tiene su propia cultura, sus vestimentas, sus costumbres... Cuestión de tiempo...
–¿Cómo es su día a día en la Fundación?
–Yo trabajo en Anantapur, en el departamento de apadrinamientos. Suele venir mucha gente de España: nos visitan al año entre 1.500 y 2.000 personas. Les enseñamos durante unos días el proyecto, cómo nos beneficia su colaboración en forma de proyectos con niños, con mujeres... Eso ocurre durante tres o cuatro días, y en la última jornada de su estancia los llevamos a ver al niño apadrinado.
–¿Hay solución definitiva a la pobreza, a la desigualdad?
–Sí, quiero creer que se conseguirá. Tardará, pero seguro.
–¿Es un orgullo contar en las vitrinas de la Fundación con el Premio Convivencia de Ceuta?
–Sí. Tenemos que dar muchas gracias a Ceuta por ese reconocimiento, y esperamos que esa colaboración continúe en el tiempo.
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